
En plena recta final de la campaña electoral en Extremadura, una frase lanzada desde un mitin ha acabado convirtiéndose en algo mucho más que una provocación retórica. Las palabras de Santiago Abascal sobre la necesidad de “desinfectar” Plasencia —pronunciadas apenas un día después del homenaje a Robe Iniesta— han detonado un enfrentamiento frontal entre el líder de Vox y uno de los rostros más reconocibles del periodismo televisivo español: Iñaki López.
Lo que comenzó como una declaración incendiaria en clave ideológica terminó mutando en una batalla pública por el control del relato, la memoria cultural y el papel de los medios de comunicación en una democracia cada vez más polarizada. El choque no fue casual ni improvisado: fue la colisión de dos modelos de país, dos lenguajes políticos y dos formas irreconciliables de entender la libertad de expresión.
Una frase que no cayó en el vacío
“Aquí hay que desinfectar, ¿no? O echar agua bendita, depende de cómo se mire”. La frase, pronunciada por Abascal en Plasencia, fue recibida por sus seguidores entre risas cómplices y aplausos. Sin embargo, fuera del mitin, el eco fue muy distinto. Para muchos, aquellas palabras no eran una simple metáfora electoral, sino una alusión cargada de desprecio cultural, dirigida no solo a una ciudad sino a todo un imaginario asociado a la música, la contracultura y la identidad extremeña que Robe Iniesta representó durante décadas.
Robe Iniesta no era un símbolo neutral. Fue, para varias generaciones, una voz incómoda, libre, ajena a los dogmas y profundamente crítica con el poder. Precisamente por eso, el homenaje celebrado tras su fallecimiento adquiría una dimensión casi sagrada para buena parte de la ciudadanía. Y precisamente por eso, la frase de Abascal fue interpretada como una profanación simbólica.
Iñaki López entra en escena
Iñaki López no tardó en reaccionar. Desde su cuenta en X, el presentador de Más Vale Tarde respondió con un mensaje que, lejos de rebajar el tono, elevó el enfrentamiento a un plano personal, cultural y político.
“Robe Iniesta será para siempre uno de los mayores representantes de la cultura extremeña. Un creador que vivió de su trabajo”, escribió López, antes de lanzar el dardo que desató la tormenta: “A Abascal solo le conocemos el mérito de vivir de chiringuitos sin función conocida y a la sombra de partidos políticos varios desde su mocedad”.
No fue una réplica tibia ni diplomática. Fue una bofetada retórica directa, diseñada para desmontar no solo el mensaje del líder de Vox, sino su autoridad moral para hablar de cultura, trabajo y mérito.

De la crítica política al ataque personal
La respuesta de Abascal no se hizo esperar. Y, como es habitual en su estrategia comunicativa, optó por desplazar el foco del contenido hacia el mensajero. Iñaki López dejó de ser un periodista para convertirse, en palabras del líder de Vox, en “un personaje siniestro”, un “embustero” que habría “blanqueado a Otegi” y que utilizaba “el fallecimiento de una persona para fabricar un bulo asqueroso”.
La acusación no era casual. Era un intento deliberado de deslegitimar profesionalmente al presentador, erosionar su credibilidad y situarlo en el mismo plano que los enemigos políticos tradicionales de Vox. En una sola frase, Abascal mezcló terrorismo, manipulación mediática y conspiración política, una fórmula conocida y eficaz para movilizar a su electorado.
“Claro que hay que desinfectar todo lo que habéis contaminado, Pedro e Iñaki”, remató Abascal, incorporando a Pedro Sánchez al ataque y consolidando la idea de un bloque homogéneo: medios, Gobierno y “élite progresista”.
La guerra contra los medios como estrategia
Este enfrentamiento no es un episodio aislado. Forma parte de una ofensiva más amplia de Vox contra determinados medios de comunicación, especialmente aquellos que no se alinean con su discurso. La Sexta, y en particular sus programas de actualidad, se han convertido en uno de los blancos preferidos.
Para Vox, la crítica periodística no es fiscalización democrática, sino persecución ideológica. El periodista deja de ser un intermediario para convertirse en un actor político, un enemigo al que hay que desacreditar, señalar y, si es posible, expulsar del espacio simbólico de la “España legítima”.
La palabra “desinfectar” no es inocente. Remite a una lógica de purga, de limpieza moral y cultural. No se trata de debatir ideas, sino de erradicar aquello que se considera impuro, tóxico o degenerado. En ese marco, el periodismo crítico pasa a ser una amenaza.
Cultura, memoria y batalla simbólica
El nombre de Robe Iniesta actúa aquí como detonante emocional. No es solo un músico: es un símbolo de una España periférica, inconformista y ajena al relato nacionalista clásico. Defender su figura es, en cierto modo, defender una idea plural de país.
Iñaki López entendió eso y situó su respuesta en ese terreno. No habló solo de Abascal. Habló de cultura, de trabajo, de mérito y de memoria. Al hacerlo, obligó al líder de Vox a abandonar el terreno cómodo del mitin y a entrar en una discusión que le resulta incómoda: la de la legitimidad cultural.
La reacción en redes: dos Españas frente a frente
Las redes sociales ardieron. De un lado, quienes celebraban la contundencia de Iñaki López, viendo en su respuesta un acto de dignidad profesional y defensa de la cultura frente al desprecio. Del otro, los seguidores de Vox, que replicaron el discurso de Abascal, acusando al periodista de manipulación, sectarismo y militancia encubierta.
El enfrentamiento se convirtió en trending topic. No por lo que se dijo, sino por lo que representaba. Una vez más, España parecía partida en dos relatos irreconciliables, incapaces de escucharse.
¿Periodismo o militancia?
Una de las preguntas que subyace a todo este episodio es recurrente: ¿puede un periodista opinar con tanta contundencia sin perder su legitimidad? Para Vox, la respuesta es no. Para muchos ciudadanos, es precisamente esa contundencia la que devuelve al periodismo su función crítica.
Iñaki López no habló desde un editorial ni desde un comunicado institucional. Habló como ciudadano, como comunicador y como figura pública consciente de su impacto. Y lo hizo asumiendo el coste.
El riesgo de normalizar el señalamiento
Más allá del cruce de insultos, hay un elemento preocupante: la normalización del señalamiento personal a periodistas. Cuando un líder político llama “siniestro” y “embustero” a un profesional por ejercer la crítica, se cruza una línea peligrosa.
No es solo una discusión en redes. Es un mensaje dirigido a la audiencia: desconfíen de estos medios, de estas caras, de estas voces. Es una estrategia de erosión lenta, pero efectiva.
Un síntoma del clima político actual
El choque entre Iñaki López y Santiago Abascal es, en realidad, un síntoma. Un reflejo de una política cada vez más emocional, más simbólica y más hostil. Donde las palabras no buscan convencer, sino movilizar; no dialogar, sino vencer.
En ese contexto, los medios dejan de ser árbitros para convertirse en campo de batalla. Y los periodistas, quieran o no, pasan a ser combatientes involuntarios.
Epílogo: mucho más que un tuit
La “bofetada” de Iñaki López no fue solo un tuit viral. Fue un gesto cargado de significado en un momento de alta tensión política. Un recordatorio de que la cultura también es política, de que las palabras importan y de que el periodismo crítico sigue siendo incómodo para quienes aspiran a “desinfectar” el espacio público.
El enfrentamiento continuará. Porque no se trata de Robe Iniesta, ni de Plasencia, ni siquiera de Extremadura. Se trata de quién tiene derecho a definir qué es España y quién sobra en ese relato.
Y esa batalla, lejos de cerrarse, acaba de empezar.
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