
En Madrid, cuando la mañana amanece con ese frío que no muerde pero insiste, las radios parecen sonar más alto. Hay una forma particular de empezar el día en esta ciudad: el murmullo del tráfico en la Castellana, el vapor de los cafés a pie de barra, el tintinear de las cucharillas en los vasos de cristal, y una voz —siempre una voz— poniendo orden en el desorden. A veces es una voz tranquila; otras, una voz que ya viene crispada, como si las noticias le hubieran apretado la garganta antes de salir al aire.
Aquella mañana, la política nacional no entró por la puerta grande, sino por un detalle: un asunto que se colaba en el debate sobre la polémica, como una espina escondida en el pan.
El Partido Popular había difundido un vídeo. Y no era un vídeo cualquiera: era un vídeo con subtítulos, de esos que convierten un gesto en sentencia y una frase en un titular. Lo grave, sin embargo, no estaba en el formato, sino en el contenido. Se presentó como si en una reunión, Margarita Robles hubiese dicho: “Yo estoy con Trump”. Pero apenas pasó un rato —muy poco— y se demostró que aquello no era cierto.
Aun así, a esa hora, el Partido Popular no se había retractado.
—De momento no han rectificado —dijo Elena, con el tono de quien mira una pantalla y confirma que lo que ve sigue ahí—. De hecho, siguen esos mensajes, esas acusaciones, en sus cuentas oficiales.
Todo había empezado por la mañana. El Partido Popular difundía un vídeo del que ya se habían hecho eco algunos medios, y en el que se atribuía, a través de subtítulos, a Margarita Robles la frase “Yo estoy con Trump”. En aquella reunión con el embajador de Estados Unidos, Cuca Gamarra llegaba a pedir explicaciones al Gobierno por pasar —decía— del “no a la guerra” al “yo estoy con Trump”, por decir una cosa en privado y la contraria en público.
Incluso el popular Rafa Hernando se burlaba de los desmentidos de la ministra y remataba uno de sus mensajes en X con un “me gusta la fruta”, como si la ironía lo absolviera de la responsabilidad. Incluso el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, llegó a entrar en esa polémica, aunque con un tono más prudente que el de su número dos, Miguel Tellado.
Y ahí estaba la escena: un país con el pulso acelerado por un conflicto internacional, un Gobierno midiendo cada palabra para no romper un equilibrio frágil, y una oposición aferrada a un vídeo que, ya desmentido, seguía circulando como un billete falso que nadie quiere devolver por miedo a reconocer que lo aceptó.
—Es que el presidente del Gobierno tiene enfrente a un partido que ayer difundió un bulo que todavía no ha sacado de sus redes sociales —intervino una voz, como si enumerara hechos sobre una mesa—. La conversación de Margarita Robles con el embajador de Estados Unidos… y después, perdona, Edu, siguen manteniendo otro bulo: que mandar una fragata a Chipre —de la que el presidente tendría que informar al Parlamento— es un acto de guerra, que va a participar en la guerra.
Se dijo con ese énfasis seco que tienen algunas palabras cuando se repiten demasiado: “bulo”, “bulo”, “bulo”. La frase continuó, sin pausa, como si el hablante supiera que en cuanto respire alguien lo interrumpirá.
—Sigue vendiendo el bulo de que el envío de una fragata, con tareas defensivas de un Estado de la Unión Europea, es un acto de guerra. Es muy difícil el entendimiento con un partido así.
La conversación se desvió un instante hacia el personaje inevitable de la temporada: Donald Trump. En la mesa de análisis, alguien soltó una comparación como quien deja caer un fósforo encendido.
—Donald Trump de Portugal no ha dicho nada, pero de España sí, porque Donald Trump ya sabe usted que tiene como una fijación.
Se rieron por lo bajo, y enseguida se pusieron serios, como si el chiste hubiera durado demasiado.
—Sánchez está abrazándose a Trump para salvar su situación.
—Ya, pero es que Trump tiene una fijación también con Sánchez —replicó otro—. Dices: “Es que Sánchez le busca…”. Aunque tampoco hay que buscar mucho a Trump, porque él es muy de dejarse encontrar, ¿no?
La frase siguiente llegó con el ruido de una palabra importada, una etiqueta en inglés que, al aterrizar en castellano, sonaba aún más cruel.
—Ha dicho el presidente de los Estados Unidos que somos un país loser.
—¿Qué ha dicho? ¿Qué? —preguntó alguien, incrédulo.
—Que somos un país loser. Perdedor.
El comentario se estiró con una broma amarga.
—Si será por Eurovisión, ¿no? Porque este año no paramos… perdedor en general.
Nadie se rió del todo. En las mesas de análisis, el humor es a veces un modo de respirar antes de seguir corriendo. Y enseguida alguien intentó bajar el volumen del alarmismo.
—Tampoco hay que alarmarse mucho, porque Donald Trump ve así a casi todos los gobiernos. No te digo ya a los que no le bailan el agua, como es el caso del Gobierno de España. Y ve así también al noventa por ciento de las personas con las que ha tratado a lo largo de su vida como perdedor. Un triunfador como él, tan enamorado de sí mismo, tan echado para adelante, tan abusón… ¿cómo no va a despreciar a losers?
La voz que hablaba parecía dibujar el perfil del personaje con una mezcla de ironía y resignación, como quien describe un tiempo meteorológico que no puede cambiar.
Era ya el séptimo día de guerra en Irán. Cuarenta y ocho horas después del discurso sintético de Sánchez: “no a la guerra”. Veinticuatro horas después del anuncio de que se enviaba una fragata. Una actuación estrictamente defensiva, en el marco de la Unión Europea.
Y una vez que Margarita Robles había desmentido que ella estuviera con Trump —porque lo que le dijo al embajador era que ella estaba cómoda, no con Trump—, una vez corregida la frase real frente a la frase fabricada, Feijóo, por cierto, había querido ser tan sintético como Pedro Sánchez. Su resumen se condensaba en cuatro palabras, como si la brevedad fuera la prueba: “como siempre, Sánchez miente”.
Y ya estaría, en lo que se refería al debate español sobre cómo está el mundo, Oriente Medio, la crisis que se vive, los riesgos… Ya estaría. Sería un poco esto, ¿no? España entregándose a lo que más le gusta: debatir con verdadera pasión cuál es la verdad de la verdad de la verdad, cuando en realidad todos saben qué hay y qué no hay, y qué se sabe.
—Pues mira —dijo alguien, intentando fijar un suelo firme bajo tanto ruido—. Sabemos que el Gobierno español no comparte y no participa en lo que están haciendo Israel y Estados Unidos en Irán. Sabemos que ni Israel ni Estados Unidos nos han pedido nunca ni que participáramos ni que aplaudiéramos.
La enumeración continuó, como un listado de certezas para no perderse.
—Sabemos que el Gobierno denegó el uso de las bases para marcar posición y que eso le convirtió, a ojos de Donald Trump, no en un crítico a su ataque, sino en un saboteador de su intervención en Irán. Sabemos que criticar la intervención estadounidense no convierte al Gobierno español ni en aliado, ni en defensor, ni en blanqueador del régimen opresor iraní.
Se subrayó lo que parecía obvio y, por eso mismo, era necesario decirlo.
—Sabemos que desmarcarte de Donald Trump no te convierte en insensible al sufrimiento de las mujeres de Irán. Sabemos que movilizar militares para neutralizar misiles susceptibles de impactar en suelo europeo —o sea, para derribar misiles— no equivale a participar en el bombardeo de otro país, es decir, lanzar los misiles.
Hubo un pequeño silencio, como cuando alguien termina de ordenar un cuarto y se queda mirando, esperando a que los demás reconozcan el esfuerzo. Luego, una pregunta directa, con nombre propio, para pasar el testigo.
—¿Cómo lo ves, Ferra?
La respuesta no tardó. Tenía un tono de oportunidad desperdiciada, de enfado más por la torpeza que por la maldad.
—Veo que el Partido Popular está perdiendo una oportunidad de oro para ser serio, para mostrarse como partido de Estado, para ganar posiciones en una opinión pública que parece interpretar los hechos de forma mucho más inteligente que este partido que lidera Feijóo.
Y entonces llegó el golpe más duro, porque no era una opinión general: era una acusación concreta.
—¿Y por qué lo digo? Porque está aireando este bulo incluso después de que haya sido desmentido. Lo cual tiene delito. Igual un traductor automático dijo eso… me resulta difícil de creer. Pero es que han mantenido el bulo, y Tellado lo ha aireado y se ha reído de Margarita, a la que no concede ni siquiera un apellido ahora que estamos ante el 8M.
El discurso giró hacia el Parlamento, hacia las explicaciones que se reclaman en momentos de gravedad, hacia lo económico que siempre llega después como una factura inevitable.
—Pedro Sánchez debe comparecer, debe explicarnos la inflación que vamos a sufrir, las ayudas que debe poner en servicio el Estado para los ciudadanos si hay afectados por esos nuevos embargos o aranceles de Trump, etcétera. La fragata lo debe explicar.
La frase siguiente fue una advertencia con memoria histórica.
—Pero voy a recordar que las credenciales del Partido Popular incluyen, por ejemplo, que Aznar tardó diez meses en comparecer ante el Congreso de los Diputados. Compareció días antes de la declaración de guerra de Estados Unidos a Irak, y no volvió a comparecer hasta diez meses después, tras la muerte de varios agentes del CNI en Irak.
Se oyó una pausa breve, como si la sala entera necesitara tragar esa fecha.
—Lecciones, por favor, las justas. Porque no puede darnos lecciones alguien que hizo la guerra de forma contraria a la opinión pública española, contraria al derecho internacional, al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, etcétera, etcétera. Entonces, qué lástima de pérdida de oportunidad por parte del Partido Popular.
Otra voz, más inclinada al análisis del clima mental que a la acusación política, intentó describir el fenómeno del bulo con una metáfora.
—Yo creo que el sainete, por llamarlo de alguna manera, del bulo, es como esas ilusiones auditivas en las que uno siempre lee o escucha lo que quiere leer. En esos juegos en los que te ponen diferentes frases y al final el cerebro termina adaptándose a lo que quieres leer… que es lo que probablemente le pasó ayer al Partido Popular.
La frase buscaba suavizar sin justificar. Seguir el hilo sin romperlo. Y, de paso, recuperar una idea central: que, más allá del vídeo, había un problema de fondo.
—Entiendo que cuando critica el uso del barco para ir a defender a Chipre, lo que hace es criticar que no pase antes por el Congreso, y que no haya una explicación clara a la ciudadanía de cuáles van a ser las consecuencias de este proceso en el que estamos. Sobre todo, consecuencias económicas y consecuencias defensivas. Quiero entenderlo.
Y la petición, casi ruego, apareció con tono de urgencia.
—En cualquier caso, estaría bien que dejáramos a un lado los garrotazos domésticos en un momento en el que las dificultades y las consecuencias van a ser gravísimas para España y para el mundo. No ponernos las gafas de ver de lejos en la política en este momento va a tener graves consecuencias. Eso implica, por ejemplo, levantar un teléfono para llamar al principal jefe de la oposición y contarle cuáles son tus planes.
Se añadió una crítica también hacia el Gobierno, para no dejar el foco en un solo lado.
—Ese acercamiento no se ha producido tampoco. Yo insisto: hablo de garrotazos de un lado y de otro.
La réplica fue inmediata, tajante, como un portazo.
—Ya, pero es que no es un lado y de otro. Es que cuando tú difundes un bulo y se contrasta, eso ya no es un sainete. Eso es una intención premeditada para difundir un contenido falso que se alinee a la posición de España en boca de… Acabo de decirlo: cada uno lee o cada uno escucha lo que quiere leer. Pero es que en este caso además tenemos el bruto y sabemos exactamente lo que ha dicho.
La tensión subió otra vez, enlazando lo doméstico con lo internacional, lo inmediato con lo estratégico.
—¿Tú no crees de verdad que, en el momento de gravedad extrema en el que estamos, con las consecuencias económicas que vamos a tener y que vamos a sufrir en Europa, teniendo en cuenta que la estrategia de Irán pasa por extender el conflicto para que sean los terceros países los que se interpongan y hagan presión a Trump, y eso va a incluir a la Unión Europea…?
Hubo un intento de cortar la escalada, de volver al punto esencial.
—Vamos, a ver, un segundo: ¿no habría que rectificar el bulo? ¿No habría que rectificar el bulo? Sin más. Digo: oiga, no hay mala intención.
Pero el otro no cedió.
—El Partido Popular rectifica el bulo después de lanzarlo por boca de su jefe, el líder de la oposición, por boca de su secretario de organización, a través de sus redes sociales. Aquí se rectifica el bulo y se acabó.
La conversación giró entonces hacia una voz de autoridad técnica, como quien llama a un árbitro para que el partido no se convierta en pelea.
—No sé si le pregunto a Juanjo Álvarez por esto, catedrático de derecho internacional. Por este bulo que se ha difundido y que implica una reunión del embajador de Estados Unidos en España y de la ministra. ¿A ti qué te parece, Juanjo?
La respuesta llegó con serenidad, con esa distancia diplomática que, en la radio, se agradece como se agradece una mesa firme.
—Me parece que, en el trabajo diplomático, las rectificaciones se hacen con declaraciones diplomáticas. Habló el presidente del Gobierno, como responsable último de la política exterior, a cuyas indicaciones está todo el cuerpo diplomático español, y marcó postura. Por tanto, frivolizar dialécticamente con esa cuestión cuando existe una postura de Gobierno clara me parece incorrecto, porque ya ha hablado el presidente del Gobierno.
El catedrático concedió, sin embargo, un punto clave: el debate institucional.
—Yo creo que es cierto que, en una cuestión tan trascendental como esta, debe abrirse el debate al Parlamento. Y de la misma manera no me parece muy responsable buscar la zancadilla del supuesto error a través del bulo con algo tan relevante como esto.
La idea quedó clara, como una frase subrayada.
—Las posiciones diplomáticas de un Estado no se adoptan en una reunión privada entre la ministra de Defensa y el embajador americano, sino en toma de declaración. Y mucho más cuando, eventualmente, como parecen dar a entender, estuviera rectificándose la postura anteriormente marcada. A partir de ahí entramos en el chapapote político lamentable con un tema tan relevante, tan trascendental y tan importante como este.
Otra intervención, breve, añadió un principio de realidad incómodo: el cálculo de costes, la razón por la que algunos actores no corrigen.
—¿Cuáles son los costes de rectificación y los costes de mantener un bulo, sabiendo que es un bulo, en los tiempos en los que vivimos? Yo creo que los costes de rectificación son mayores y, por tanto, los actores políticos acaban no rectificando.
Y, como si la historia española se colara por la rendija de una hipótesis, apareció Aznar como espejo.
—A mí, el hecho de si fuera… ojalá hubiese sido verdad esta declaración… A mí me gustan estas declaraciones de políticos diciendo: “A mí no me gusta eso, pero la opinión pública me obliga”. Imaginaros que Aznar hubiese hecho lo mismo en su momento: “A mí me gusta George Bush, pero la opinión pública me obliga a no meterme en una guerra”.
La frase se cerró con una defensa de la democracia como freno.
—A mí me gusta muchas veces ver a políticos no tan firmes en sus convicciones y más volubles ante las demandas de la opinión pública. Para eso tenemos la democracia: para coaccionar a nuestros políticos.
La mañana siguió avanzando con esa sensación de tren que no se detiene. Y entonces, en medio del debate sobre bulos, guerra y Estado, entró una voz institucional: Ana Redondo, ministra de Igualdad. El tono cambió. En la radio, cuando habla una ministra, hasta el silencio se coloca recto.
—Muy buenos días.
—Muy buenos días, Silvia.
La pregunta fue directa, sin rodeos, como si ya no hubiera tiempo para cortesías.
—¿A usted qué le parece que el Partido Popular no rectifique, mantenga el bulo horas después, muchas horas después de que se haya constatado que es mentira?
Ana Redondo respondió con la palabra que en política suena como una alarma.
—Una irresponsabilidad. Una falta de postura de Estado, de política de Estado. Y yo creo que va contra la ciudadanía española, porque mayoritariamente la ciudadanía española está a favor de la paz. Y, por supuesto, todos estos elementos que distorsionan, sobre bulos y mentiras, lo que hacen es perjudicar el sentido de la paz y el sentido de la ciudadanía española, que quiere y mantiene ese compromiso con la paz.
Sin elevar el tono, dejó caer una acusación histórica.
—Lamentablemente, el Partido Popular siempre ha estado en el otro lado, en el lado de la guerra. Lo estamos recordando ahora con la guerra de Irak en 2003. Y lo que no se da cuenta el Partido Popular es que la ciudadanía española no está ni en la guerra, ni en el conflicto, ni en el bulo, ni en la mentira.
Y, como si la palabra “Estado” volviera a ponerse en el centro de la mesa, añadió una exigencia.
—Tiene que ser muy coherente el Partido Popular con su posición de partido de Estado. Al menos lo ha sido hasta hace poco, pero creo que esos pactos de la vergüenza con Vox, ese dejarse arrastrar por la extrema derecha, le está llevando a posiciones muy difíciles de reconciliar con la mayoría de este país.
La ministra recordó algo que en España es memoria reciente, no teoría.
—La guerra de Irak tuvo consecuencias nefastas para España y para la ciudadanía española en forma de ataques. Por lo tanto, las consecuencias de una guerra son impredecibles, pero siempre son terribles para la ciudadanía, son terribles para las personas.
Lo dijo como quien mira a una cámara invisible, sabiendo que hay oyentes que asienten en silencio.
—Lo estamos viendo en todos los países que están siendo atacados y que están integrándose en el conflicto. Pero creo que para España el recuerdo está muy fresco. Es un recuerdo en forma de terrorismo, es un recuerdo en forma de muerte, es un recuerdo que lo tenemos muy fresco. Y precisamente por eso la ciudadanía española rechaza, como no puede ser de otra manera, la guerra.
La frase final se apoyó en una idea de respaldo popular.
—Afortunadamente, en esta ocasión hay un Gobierno que respalda esa inmensa mayoría de opiniones contra la guerra y por la paz.
La pregunta siguiente entró como un cambio de carril: qué pedirle a la oposición en un contexto tan delicado, cuando el conflicto había escalado un peldaño más.
—¿Qué le reclamaría usted a la oposición, ministra, en un contexto tan delicado como en el que nos encontramos hoy?
Ana Redondo enumeró, sin adornos, tres cosas. Y en su tono había algo de profesora que repite por última vez lo básico antes del examen.
—Tres cosas. En primer lugar, sentido de Estado. Sentido de Estado. Es España la que tiene que fijar la posición y, en este momento, España es el Gobierno de España. Por lo tanto, sentido de Estado.
Siguió con la ciudadanía, con el termómetro del país.
—Responsabilidad con la ciudadanía, estar cerca de los ciudadanos, escuchar a la ciudadanía también de su propio partido. La inmensa mayoría de la ciudadanía quiere la paz y no está dispuesta a avalar la guerra.
Y cerró con una advertencia sobre la deriva de la desinformación.
—Y en tercer lugar, creo que el Partido Popular tiene que huir del bulo, de la mentira, de la desinformación a la que le ha arrastrado la extrema derecha, porque creo que es incompatible, irreconciliable, querer ser un partido de gobierno, querer ser un partido de Estado y estar jugando con la extrema derecha.
Quedó una frase, casi como un resumen del panorama.
—Sabemos dónde está: está a favor de la guerra, está a favor del trampismo y está en contra de la inmensa mayoría de la ciudadanía de este país.
En España, la opinión de los ciudadanos sobre Oriente Próximo no tardó en entrar en forma de números. Se hablaba de una amplísima mayoría: casi el setenta por ciento en contra de la guerra en Irán. Un sondeo elaborado por 40dB para la SER y El País. Y de él se extraía algo que, escuchado en voz alta, parecía un retrato del momento: los ciudadanos se oponían claramente a la intervención de Estados Unidos e Israel. Más de la mitad apoyaban la posición del Gobierno: no apoyar militarmente y no permitir el uso de las bases de Morón y Rota para operaciones vinculadas a esa guerra.
Un analista volvió al aire, listo para desgranar los detalles. Y, mientras tanto, en la ciudad, los cafés se llenaban, las manos pasaban páginas de periódicos, y en los móviles se repetían vídeos con subtítulos como si la verdad dependiera de una tipografía.
La mañana aún no había terminado. Y lo que faltaba por entrar —la fotografía de una encuesta que retrataba a líderes y electorados, y un caso de acoso digital que convertía la política en miedo doméstico— todavía estaba a punto de caer sobre la mesa, con el peso de lo real.
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