
Durante años, una expresión ha sido repetida hasta la saciedad por dirigentes políticos, medios alineados con la derecha internacional y plataformas de propaganda: el Cártel de los Soles. Un nombre con resonancias criminales, diseñado para provocar miedo, indignación y rechazo inmediato. Un concepto que ha servido para señalar, criminalizar y deshumanizar no solo al Gobierno venezolano, sino a todo aquel que no encaje en el tablero geopolítico de Washington y sus aliados.
Hoy, sin embargo, esa narrativa empieza a resquebrajarse por donde más duele: por la admisión del propio Departamento de Justicia de Estados Unidos, que reconoce que el llamado “Cártel de los Soles” no es una organización real, sino una etiqueta utilizada históricamente para describir casos dispersos de corrupción dentro de sectores del ejército venezolano. No una estructura jerárquica, no un grupo terrorista, no una red criminal internacional dirigida por Nicolás Maduro.
La pregunta es inevitable: ¿cómo una ficción terminó funcionando como verdad oficial durante tanto tiempo?
El origen de una etiqueta útil
El término Cártel de los Soles no nació como una investigación judicial ni como el resultado de pruebas concluyentes. Surgió hace décadas en el argot interno para referirse, de manera informal, a prácticas corruptas dentro de mandos militares venezolanos, llamados así por los soles que adornan sus insignias.
No hablaba de una organización cohesionada. No tenía estatutos, líderes identificados ni estructura operativa. Era, como hoy admite el propio Departamento de Justicia estadounidense, una descripción cultural y genérica, no una entidad criminal concreta.
Sin embargo, durante la administración Trump, ese término fue reformulado, amplificado y resignificado. De pronto, dejó de ser una expresión coloquial para convertirse en una “organización narcoterrorista” supuestamente dirigida desde la cúpula del poder venezolano.
La utilidad política era evidente.
De concepto difuso a enemigo absoluto
Convertir una noción ambigua en un “cártel” permitía algo fundamental: fabricar un enemigo absoluto. No un adversario político, no un gobierno incómodo, sino una estructura criminal comparable a Al Qaeda o el ISIS.
Bajo esa lógica, cualquier acción quedaba legitimada: sanciones, bloqueos, amenazas militares e incluso la posibilidad de una intervención directa. No se atacaría a un Estado soberano, sino a una “organización terrorista”.
El relato se repitió hasta convertirse en mantra. Funcionarios estadounidenses, líderes de la derecha latinoamericana, eurodiputados conservadores y medios afines lo difundieron como un dogma incuestionable. Se citaban unos a otros, cerrando un círculo perfecto de propaganda autorreferencial.
Las pruebas, curiosamente, nunca aparecieron.

El testimonio que lo sostuvo todo
Durante años, la única “evidencia” central fue la declaración de Hugo “el Pollo” Carvajal, exmilitar venezolano detenido y posteriormente extraditado. Sus acusaciones señalaban, sin documentos verificables, que el narcotráfico venezolano financiaba a la izquierda mundial: desde Podemos hasta el kirchnerismo, pasando por Gustavo Petro, Rafael Correa o movimientos europeos.
Muchas de esas declaraciones fueron archivadas o desestimadas por tribunales españoles y europeos. En algunos casos, medios que las publicaron tuvieron que rectificar o pagar multas por difamación.
Aun así, el daño ya estaba hecho. El relato había calado.
Cuando los datos no cuadran
Si Venezuela fuera el epicentro de un gigantesco cártel internacional, las cifras deberían respaldarlo. Pero ocurre justo lo contrario.
Los informes internacionales muestran que:
El fentanilo, responsable de la mayoría de muertes por sobredosis en EE. UU., no procede de Venezuela.
Las principales rutas de cocaína hacia Estados Unidos pasan por Colombia, México, Ecuador y Centroamérica.
Venezuela tiene un papel marginal en comparación con otros países de la región.
Incluso organismos multilaterales como la ONU han señalado reiteradamente que no existe evidencia de una estructura narcotraficante estatal venezolana de las dimensiones que se describen.
Cada vez que estos datos salían a la luz, eran descalificados. “No importa lo que diga la ONU”, llegó a afirmar más de un portavoz estadounidense.
El giro silencioso del Departamento de Justicia
Y entonces llegó el momento incómodo. Sin ruedas de prensa grandilocuentes ni titulares destacados, el Departamento de Justicia de EE. UU. retiró la afirmación de que el Cártel de los Soles fuera una organización real.
Maduro sigue acusado de delitos relacionados con narcotráfico, sí. Pero ya no es descrito como líder de un cártel internacional. El concepto que justificó años de presión extrema desaparece, discretamente, del lenguaje oficial.
Un bochorno político de proporciones mayúsculas.
¿Y ahora qué pasa con todo lo construido?
Porque el “Cártel de los Soles” no se usó solo contra Maduro. Fue un comodín universal:
Para acusar a Zapatero de vínculos criminales.
Para señalar a Podemos, al peronismo, al correísmo.
Para justificar querellas mediáticas sin pruebas.
Para alimentar campañas electorales basadas en el miedo.
Para pedir la inclusión de Venezuela en listas de terrorismo internacional.
Incluso se utilizó para normalizar discursos de violencia, bombardeos “preventivos” y secuestros políticos, bajo la excusa de combatir una amenaza inexistente.
Hoy, todo ese castillo narrativo se queda sin cimientos.
La gran paradoja
Mientras se insistía en una organización ficticia, casos reales y documentados de narcotráfico en otros países recibían una atención mínima o directamente eran silenciados. Incautaciones, condenas judiciales, pruebas materiales… todo quedaba en segundo plano frente a una historia más rentable políticamente.
La posverdad no necesita hechos: necesita repetición, enemigos claros y un público predispuesto a creer.
Más que Venezuela: un método
Lo ocurrido con el “Cártel de los Soles” no es una excepción. Es un método. El mismo que históricamente ha servido para justificar golpes de Estado, invasiones, sanciones masivas y operaciones encubiertas en nombre de la “democracia”.
Primero se deshumaniza.
Luego se criminaliza.
Después, todo está permitido.
Epílogo incómodo
Hoy sabemos que el Cártel de los Soles, tal como fue presentado al mundo, no existe. Lo dice el mismo sistema judicial que lo convirtió en dogma.
La pregunta que queda flotando no es solo qué pasará con Venezuela, sino algo mucho más inquietante:
👉 ¿Cuántas decisiones políticas, mediáticas y humanas se tomaron sobre la base de una mentira repetida como verdad?
Y, sobre todo,
👉 ¿quién asume la responsabilidad cuando el relato se cae… pero el daño ya está hecho?
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