
Alberto Núñez Feijóo salió de su declaración como testigo más débil de lo que entró. No hubo esposas, no hubo imputación, no hubo reproche penal directo. Pero sí hubo algo políticamente devastador: la demolición pública de su relato sobre la Dana de Valencia. Un relato construido durante meses, repetido en ruedas de prensa, entrevistas y actos de partido, y que este martes se vino abajo entre fechas cruzadas, conceptos falseados y una definición imposible de “tiempo real”.
La escena fue tan elocuente como inquietante. Feijóo no acudió presencialmente al juzgado de Catarroja. Declaró por videoconferencia desde su despacho. Y, al salir, intentó explicar lo inexplicable: que estar informado “en tiempo real” empieza a las ocho de la tarde, cuando la tragedia llevaba horas desbordando pueblos enteros y ya había muertos.
Lo que siguió fue un striptease político involuntario.
El origen del problema: una frase que lo persigue
Todo este terremoto tiene un punto de partida claro y documentado. Tras la catástrofe de la Dana, Feijóo afirmó públicamente:
«El presidente de la Generalitat desde el pasado lunes me ha venido informando en tiempo real».
Esa frase no era retórica. Era una afirmación concreta. Y es precisamente esa afirmación la que lo ha llevado a declarar ante la jueza.
Porque los hechos, fríos y verificables, dicen otra cosa.
Los mensajes aportados al juzgado acreditan 23 comunicaciones entre Feijóo y Carlos Mazón desde las 19:59 hasta las 23:30 del martes 29. No antes. No el lunes. No “en tiempo real”.
Cuando Feijóo tuvo el primer contacto con Mazón, Valencia llevaba horas bajo el agua. Ya había desaparecidos. Ya se hablaba de víctimas mortales. Y el sistema de emergencias estaba completamente desbordado.
“Tiempo real” según Feijóo: una redefinición imposible
En su comparecencia posterior, Feijóo insistió:
«Estuve informado en tiempo real, absolutamente».
Y acto seguido precisó:
«Desde las 19:59 del día 29».
Ese es el núcleo del escándalo político. Porque nadie en España entiende “tiempo real” como enterarse ocho horas después de que estalle una emergencia.
Como subrayaron varios analistas, cuando a la una del mediodía ya se conocían inundaciones, rescates y llamadas masivas al 112, presentarse como informado “en tiempo real” a partir de las ocho de la tarde no es un matiz: es una falsedad.
El lío de los días: martes, miércoles, jueves… y el colapso
A partir de ahí, todo se descompone.
Feijóo intenta rectificar. Se corrige a sí mismo. Mezcla martes con miércoles, luego con jueves. Dice “ayer” cuando quiere decir “el martes”. Asegura que el día 31 estaba en Valencia, pero el 31 era jueves. Se enreda en un laberinto temporal que ni él mismo parece controlar.
Lo que debía ser una aclaración se convierte en una demostración en directo de lo que implica mentir de forma sostenida: cada corrección exige otra corrección, cada matiz abre una nueva grieta.
Como resumió uno de los tertulianos:
«Mentir es difícil. Mentir durante meses, muchísimo más».
Ekáizer lo define: el impostor

Ernesto Ekáizer puso nombre a lo que estaba ocurriendo:
«Estamos ante un impostor».
Un impostor político que se presenta como informado cuando no lo estaba. Que presume de control cuando los mensajes muestran desconcierto. Que intenta liderar el relato mientras la emergencia se le escapa por completo.
Ekáizer fue más allá y añadió un dato demoledor: Feijóo estuvo más de dos horas en un acto social en Madrid mientras Mazón intentaba contactar con él y le hablaba de desaparecidos y desbordamiento.
Dos horas y cuarto sin responder.
Ese vacío temporal —esas dos horas y cuarto— se han convertido en un símbolo. No de responsabilidad penal, pero sí de prioridades políticas.
El WhatsApp que lo retrata
Los mensajes revelados son el reverso exacto del discurso público del PP.
Mientras Feijóo acusaba al Gobierno de no llamar, los propios WhatsApps muestran que el Ejecutivo estaba en contacto y que la UME ya estaba desplegada.
Mientras denunciaba falta de información de la AEMET y de la Confederación Hidrográfica del Júcar, la jueza y la Audiencia de Valencia han dejado claro que sí hubo avisos, y que por eso se mantiene investigada a Salomé Pradas.
La realidad judicial choca frontalmente con el relato político.
El intento de desviar: culpar al Gobierno
Ante la jueza, Feijóo volvió a su refugio habitual: señalar al Ejecutivo central.
Dijo que debería haberse declarado la emergencia nacional. Que hubo un déficit de información por parte de organismos estatales. Que el Estado falló.
Pero la jueza cortó esas derivas. No era el objeto de la declaración. Y además, esas tesis ya han sido descartadas por instancias superiores, incluido el Tribunal Supremo, que ha rechazado querellas contra Pedro Sánchez y varios ministros.
El contraste es brutal: cuando los hechos no acompañan, el PP insiste en el bulo.
Mazón y Feijóo: dos planos, una misma estrategia

Nadie discute que Mazón tenía las competencias y Feijóo no. Nadie sostiene que el líder del PP tenga responsabilidad penal en la gestión de la Dana.
Pero políticamente, ambos aparecen unidos por una misma estrategia: negar, retrasar, reescribir.
Mazón desaparece del centro de mando.
Feijóo aparece tarde y mal.
Uno oculta.
El otro presume de una información que no tuvo.
El daño real: la credibilidad
La declaración de Feijóo puede ser jurídicamente irrelevante. Pero es políticamente letal.
Porque demuestra algo esencial: el líder del primer partido de la oposición mintió al país. Dijo que estaba informado cuando no lo estaba. Y cuando los mensajes lo desmienten, no asume el error: se enreda, se contradice y vuelve a señalar a otros.
Ese es el problema de fondo.
No es un lapsus aislado. Es una forma de hacer política basada en el relato antes que en los hechos.
Conclusión: el shock no fue judicial, fue político
La jueza no imputó a Feijóo. No era su papel.
Pero lo dejó expuesto.
Expuesto como alguien que confundió propaganda con verdad. Como alguien que creyó que repetir una frase bastaría para convertirla en realidad. Como alguien que no midió que, frente a un juzgado, los mensajes pesan más que los discursos.
Feijóo salió temblando no por miedo penal, sino porque su coartada política quedó al desnudo.
Y cuando eso ocurre, no hay videoconferencia que lo arregle.
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