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Hay algo que el teatro, el cine y la política tienen en común:
cuando alguien sobreactúa, todo se viene abajo.
La magia se rompe.
El pacto implícito entre quien cuenta la historia y quien la escucha desaparece.
Y lo que debía generar emoción, credibilidad o épica, acaba produciendo justo lo contrario: rechazo, incredulidad y hastío.
Eso mismo es lo que, según Francino, está ocurriendo en Extremadura. Y no con una obra de ficción, sino con algo mucho más serio: el ejercicio del poder y la credibilidad democrática.
Cuando la sobreactuación deja de ser metáfora y se convierte en síntoma
Francino lo explicó con una imagen tan sencilla como demoledora.
En el mundo de la interpretación, una de las peores cosas que le puede pasar a una obra —y a un actor o actriz— es sobreactuar. Porque el espectador lo nota. Y cuando lo nota, el hechizo se rompe.
La pregunta que él mismo se hace, casi con ironía, es inevitable:
¿Es aplicable esta lógica a la vida real?
¿Puede la política caer también en ese error fatal de exagerar tanto que termina siendo ridícula?
La respuesta, para él, es clara.
Y el ejemplo lo tenemos ahora mismo en Extremadura.
El “caso de libro” de la sobreactuación política

Francino no duda en calificar lo que está haciendo el Partido Popular —y en especial la presidenta de la Junta de Extremadura y candidata a revalidar su cargo, María Guardiola— como un caso de manual de sobreactuación burda.
No es una exageración retórica.
No es una metáfora suave.
Es una acusación directa: el relato que intenta construir el PP en torno a las elecciones ha cruzado la línea que separa la firmeza política del esperpento.
El episodio de las papeletas: cuando el guion no se sostiene
El núcleo de la polémica gira en torno al robo de algo más de 200 papeletas en una sede de Correos. Un hecho que, en circunstancias normales, habría quedado como un incidente menor, rápidamente aclarado.
Pero no.
Desde el PP se ha insistido, una y otra vez, en insinuar que detrás de ese robo existe una “mano negra” —o “mano roja”— dispuesta a manipular el resultado electoral del domingo.
Una insinuación grave.
Una acusación peligrosa.
Y, sobre todo, una narrativa que no resiste el más mínimo contraste con los hechos.
La Guardia Civil desmonta el relato… pero el PP insiste

Aquí es donde Francino sitúa el punto de inflexión.
Porque no se trata de una opinión periodística o de una interpretación ideológica. Se trata de hechos verificados.
La Guardia Civil ha sido clara:
los ladrones buscaban los 14.000 euros que había en la caja fuerte.
Por eso se llevaron la caja.
Por eso apareció más tarde.
Por eso aparecieron las papeletas.
Y por eso no apareció el dinero.
El robo tenía un móvil económico evidente.
No político.
No electoral.
No conspirativo.
Y, sin embargo, pese a esa evidencia, el PP ha seguido insistiendo. Ha seguido sugiriendo. Ha seguido dejando caer la sombra del pucherazo.
Cuando insistir se convierte en caricatura
Para Francino, ahí está el error fatal.
No es solo la acusación.
Es la insistencia.
Porque cuando una historia se repite sin pruebas, cuando se estira más allá de lo razonable, deja de parecer una denuncia legítima y empieza a sonar a parodia involuntaria.
El propio Francino lo resume con una imagen devastadora:
todo esto recuerda a las obras de fin de curso de un instituto.
Excesivas.
Mal ensayadas.
Forzadas.
Con actores que creen estar interpretando un drama épico cuando, en realidad, provocan vergüenza ajena.
El daño invisible: cuando se erosiona la confianza
Más allá del ridículo político, hay algo mucho más grave.
Porque cada vez que un partido insinúa fraude sin pruebas, no solo se desacredita a sí mismo. Desacredita el sistema.
La democracia se sostiene sobre un acuerdo básico:
podemos discrepar, perder, ganar, protestar… pero aceptamos las reglas del juego.
Cuando ese pacto se rompe, el daño no es inmediato, pero sí profundo.
Se instala la duda.
Se alimenta la sospecha.
Se normaliza la desconfianza.
Y eso, como advierten muchos analistas, es un terreno fértil para el crecimiento de discursos extremos.
Extremadura como laboratorio del ruido político
Lo ocurrido en Extremadura no es un episodio aislado. Es un síntoma de algo más amplio: la política del ruido, de la exageración constante, del relato victimista llevado al extremo.
Francino no habla solo de un error puntual, sino de una estrategia que parece apostar por la tensión permanente, incluso a costa de la credibilidad.
Una estrategia peligrosa, porque cuando todo se presenta como una amenaza existencial, nada lo es realmente. Y el electorado acaba desconectando.
María Guardiola y el papel más difícil

La figura de María Guardiola queda en el centro del debate. Como presidenta y candidata, su responsabilidad es doble. No solo se la juzga por lo que dice, sino por lo que representa.
Persistir en una narrativa que contradice las pruebas oficiales no la fortalece. Al contrario, la sitúa en una posición incómoda, atrapada en un papel que exige sobreactuar para mantener viva una tensión que ya no convence.
El riesgo de confundir firmeza con exageración
Uno de los grandes errores en política es confundir determinación con dramatización excesiva. Denunciar irregularidades es legítimo. Insinuar conspiraciones sin fundamento es otra cosa muy distinta.
Francino no niega el derecho a la crítica.
Lo que cuestiona es el tono, la insistencia y la falta de proporción.
Porque cuando el discurso se aleja tanto de la realidad, termina volviéndose contra quien lo emite.
El espectador político ya no es ingenuo
Hay una idea clave en la reflexión de Francino: el ciudadano ya no es un espectador pasivo. Está informado. Contrasta. Lee. Escucha.
Y cuando detecta que alguien sobreactúa, reacciona igual que en el teatro o el cine: se desconecta.
La historia deja de ser creíble.
La emoción se evapora.
Y lo que queda es una sensación de manipulación burda.
El efecto boomerang del victimismo
Paradójicamente, intentar presentarse como víctima de un complot inexistente puede acabar fortaleciendo justo a lo que se pretendía combatir.
Cuando los grandes partidos erosionan la confianza en el sistema, quienes mejor capitalizan ese desgaste suelen ser las fuerzas antisistema o extremas.
El resultado es conocido:
más polarización,
menos credibilidad institucional,
y una democracia cada vez más frágil.
Una advertencia que va más allá de Extremadura
Francino no lanza su crítica solo para comentar una anécdota. Su reflexión funciona como una advertencia de alcance nacional.
Si esta forma de hacer política se normaliza, si la sobreactuación se convierte en método, el coste será colectivo.
Porque la democracia no se destruye de golpe.
Se desgasta.
Se erosiona.
Se vacía de sentido.
Cuando el telón cae antes de tiempo
La sobreactuación tiene un efecto inevitable: el telón cae antes de que termine la función.
Y eso es lo que, según Francino, está ocurriendo con el relato del PP en Extremadura. Una historia que pretendía generar alarma ha acabado generando incredulidad. Un discurso que buscaba firmeza ha terminado pareciendo una caricatura.
Quizá no estemos ante el mayor escándalo político del año.
Pero sí ante una lección clara:
en política, como en el teatro, menos es más.
Y cuando se cruza la línea de lo creíble, el público deja de creer.
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