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**LAS DOS CARAS DE ÓSCAR PUENTE:

DE LA AGRESIVIDAD POLÍTICA AL LAVADO DE IMAGEN INSTITUCIONAL**


1. Cuando la política deja de ser debate y se convierte en combate

“En las redes se juega duro y si no juegas duro pasas desapercibido y eres irrelevante.”

Esta frase, que podría parecer una simple observación sobre cómo funcionan hoy los algoritmos de X, Facebook o TikTok, es en realidad una confesión. Una confesión de que la política contemporánea ha dejado de basarse en el intercambio de ideas para convertirse en una lucha permanente por la visibilidad, donde gana quien grita más alto, quien humilla mejor y quien logra que el adversario quede reducido a un meme.

Bajo esa lógica, el espacio público deja de ser una plaza donde se dialoga y pasa a ser un ring. En ese ring, Óscar Puente se ha construido una reputación: la del político que no rehúye el choque, que responde con ironía, que ridiculiza y que convierte cada enfrentamiento en un espectáculo.

Pero ese es solo uno de sus rostros.

Porque existe otro Óscar Puente, mucho más pulido, mucho más cuidadoso, que aparece cuando las cámaras ya no son las de las redes sociales, sino las de los medios de comunicación tradicionales, cuando no se trata de humillar a un adversario sino de tranquilizar a una sociedad golpeada por una crisis.

Ahí empieza la contradicción.


2. El lenguaje como arma: cuando la agresividad se normaliza

“Incompetente y de dudoso equilibrio mental.”

“Lamiéndole el dobladillo del pantalón.”

“Testaferro con derecho a roce.”

“Callos a sueldo.”

“Sinvergüenzas. Saco de panfleto.”

Estas expresiones no describen políticas públicas. No analizan decisiones. No cuestionan argumentos. Son etiquetas diseñadas para degradar, para ridiculizar y para deshumanizar al adversario.

Ese tipo de lenguaje pertenece más al terreno del acoso que al de la crítica política. Y, sin embargo, se ha ido filtrando en el discurso institucional a través de las redes sociales, donde el límite entre lo privado, lo público y lo político se ha vuelto cada vez más borroso.

Cuando un cargo público utiliza ese tipo de palabras, no solo está atacando a una persona concreta. Está legitimando una forma de hablar, una forma de tratar al otro. Está enviando el mensaje de que la humillación es una herramienta política válida.

Por eso la frase incluida en el texto que nos ocupa resulta tan importante:

“Este es el bullying elevado ya a la política y es un pésimo ejemplo, además para la sociedad.”

Porque ahí se nombra algo que a menudo se quiere ocultar: la violencia verbal no es inocua. Tiene consecuencias culturales, sociales y democráticas.


3. La hipocresía moral: cuando el discurso progresista se vacía

“Que usted diga que esto es muy socialista, que el partido de los volquetes hable de señoritas de compañía, es un sarcasmo.”

Esta frase pone el dedo en una de las heridas más profundas del debate político contemporáneo: la distancia entre los valores que se proclaman y las palabras que se usan.

Hablar de justicia social, de igualdad y de respeto mientras se utilizan expresiones que cosifican a las mujeres o que recurren a insinuaciones sexuales como forma de desprestigio es una contradicción evidente. No se puede defender una cosa y practicar la contraria sin que el discurso pierda credibilidad.

Aquí no se trata de ideología, sino de coherencia. Un lenguaje que reproduce estereotipos, que ridiculiza y que degrada no es progresista ni conservador: es simplemente violento.

Y cuando ese lenguaje lo utiliza alguien que se presenta como referente moral, el daño es doble.


4. La escena mediática: del ataque al tono institucional

De pronto, el tono cambia.

“Los medios de comunicación en este momento no sois lo más importante y a vuestra disposición para intentar sobre todo ofrecer información y evitar las especulaciones que creo que no ayudan nada.”

Aquí aparece otro Óscar Puente. Un Óscar Puente que habla con calma, que reconoce la importancia de informar, que se muestra dispuesto a colaborar con la prensa.

“Me pongo en la piel, sobre todo desde el punto de vista humano de quien hace trabajo y entiendo la zozobra.”

“Vamos a intentar atender sus reivindicaciones sin dañar a los usuarios que no se lo merecen y menos después de lo que ha pasado.”

“Nosotros entendemos el estado de ánimo de los maquinistas y lo respetamos.”

“Gracias por la labor de información que hacéis.”

Este discurso es casi el opuesto del anterior. Aquí no hay insultos ni sarcasmos. Hay empatía, reconocimiento, lenguaje institucional. Hay un esfuerzo evidente por transmitir serenidad y responsabilidad.

Y ahí surge la pregunta inevitable: ¿cómo pueden convivir estas dos voces en la misma persona?

Así estoy": la reacción de Óscar Puente tras la condena al fiscal general  del Estado | Política | Cadena SER


5. Dos narrativas, un mismo actor

No estamos ante una simple evolución de estilo. Estamos ante una estrategia.

En las redes, el lenguaje agresivo genera atención. Provoca reacciones, polariza, convierte a quien lo usa en una figura central del conflicto. Es una forma de ocupar espacio.

En los medios tradicionales y en las comparecencias oficiales, en cambio, se exige otro registro: el de la autoridad que gestiona, que explica y que tranquiliza.

El problema no es que un político adapte su tono al contexto. El problema es cuando esos tonos son moralmente incompatibles.

No se puede ser, al mismo tiempo, el que humilla y el que pide respeto. No se puede fomentar el desprecio y luego reclamar comprensión. Esa contradicción erosiona la credibilidad de la institución que se representa.


6. El lavado de imagen como ritual

“Trataremos de explicar, trataremos de entender y trataremos de aprender.”

Estas palabras son casi un mantra en la comunicación de crisis. Expresan voluntad de diálogo, de mejora, de escucha. Pero cuando se pronuncian después de una cadena de ataques verbales, suenan menos a compromiso y más a maquillaje.

El llamado “lavado de imagen institucional” consiste precisamente en eso: en cubrir con palabras amables un fondo de prácticas agresivas. No se niega lo ocurrido, pero se intenta diluirlo en un discurso de buena voluntad.

Es una técnica eficaz a corto plazo, pero peligrosa a largo. Porque no resuelve la raíz del problema: la normalización de la violencia verbal.


7. El impacto social de un mal ejemplo

La política no solo produce leyes. Produce modelos de comportamiento.

Cuando un ministro o un dirigente utiliza un lenguaje degradante, ese lenguaje se filtra hacia abajo: a las tertulias, a las redes, a las conversaciones cotidianas. Lo que antes habría sido considerado inaceptable se vuelve normal.

Así se construye una cultura de confrontación permanente, donde el adversario ya no es alguien con quien se discrepa, sino alguien a quien hay que destruir simbólicamente.

Ese es el verdadero coste de la agresividad política: no el escándalo del día, sino la erosión lenta de la convivencia.


8. ¿Quién es el verdadero Óscar Puente?

La pregunta no tiene una respuesta simple. Quizá el verdadero Óscar Puente sea precisamente la suma de sus dos caras: el provocador digital y el gestor institucional.

Pero una democracia sana no puede permitirse líderes que jueguen a ser dos personas distintas según la cámara que tengan delante. La coherencia no es un lujo; es una necesidad democrática.

Si el respeto es importante en una comparecencia oficial, también debería serlo en un tuit. Si la empatía es un valor cuando hay una crisis, también debería serlo cuando se debate en redes.


Un espejo de nuestra época

Las dos caras de Óscar Puente no son solo un rasgo individual. Son el reflejo de una política atrapada entre el espectáculo y la responsabilidad.

Una política que insulta para ganar visibilidad y que pide calma para conservar legitimidad.

Mientras esa contradicción no se resuelva, el problema no será solo de un político concreto, sino de todo un sistema que ha aprendido a convivir con la agresividad como si fuera una herramienta más.

Y quizá esa sea la pregunta final que deberíamos hacernos como sociedad:
¿queremos una política que grite, o una política que piense?