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Lo que debía ser una comparecencia para aportar claridad, consuelo y responsabilidad política terminó convirtiéndose en una de las sesiones más tensas, agresivas y simbólicas de los últimos años en el Congreso. La comisión de investigación sobre la gestión de la DANA, con 230 muertos, acabó convertida en un juicio político sin precedentes contra Alberto Núñez Feijóo, señalado directamente por los diputados valencianos como protagonista de una “cadena de mentiras”, un relato construido a base de evasivas, contradicciones y mensajes privados que hoy pesan como una losa sobre su credibilidad.

Desde el primer intercambio, el ambiente fue irrespirable. La palabra que más se repitió en la sala no fue “emergencia”, ni “reconstrucción”, ni siquiera “responsabilidad”. Fue otra mucho más dura: “mentiroso”. Un término que se lanzó una y otra vez contra el líder del Partido Popular, en una sesión donde la paciencia se agotó y la indignación de los representantes valencianos se hizo explícita.

“¿Por qué votó en contra de las ayudas?”

La comparecencia arrancó con una pregunta directa, incómoda, sin rodeos:

—¿Por qué votó la semana pasada en contra de las ayudas para los afectados por la DANA?

La cuestión no era menor. En pleno duelo nacional, con familias aún buscando respuestas y recursos para rehacer sus vidas, el PP había votado contra un paquete de medidas de apoyo a los damnificados. Para muchos diputados, ese gesto simbolizaba algo más profundo: la desconexión entre el discurso público del PP y sus actos reales en el Parlamento.

Feijóo intentó esquivar el golpe, asegurando que él no había votado ese día, que no estaba presente, que se trataba de una acusación falsa. Pero la réplica fue inmediata: no importaba solo su voto personal, sino la posición política de su grupo, de su partido, de la organización que él dirige.

Y ahí apareció la primera gran grieta: Feijóo se defendía como individuo, mientras se le juzgaba como líder político.

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El segundo impacto fue aún más duro. Se le recordó que, mientras ya se contabilizaban decenas de víctimas, el PP había priorizado un movimiento político clave: el asalto institucional a RTVE y el nombramiento del nuevo Consejo.

—Las víctimas, ¿qué opinan de eso?

La pregunta no buscaba respuesta técnica, sino moral. Y la sala lo entendió así. Porque la imagen que se dibujaba era devastadora: un país en shock por una catástrofe, y el principal partido de la oposición concentrado en una batalla de poder mediático.

Feijóo volvió a negarlo. Insistió en que él no se había quedado, que era una tergiversación. Pero el daño ya estaba hecho: el relato estaba instalado y la percepción pública era clara. El PP estaba en otra cosa mientras la gente moría.

La comisión se convierte en un tribunal político

A partir de ese momento, la comisión dejó de ser una investigación parlamentaria y pasó a funcionar como un auténtico tribunal político. Las intervenciones ya no eran preguntas, eran acusaciones. No se buscaban datos, se exigían responsabilidades morales.

Uno de los diputados fue especialmente contundente:

“Lo ocurrido en la DANA no es un caso aislado. Responde al modus operandi del Partido Popular: minimizar la gravedad, retrasar decisiones, cerrar filas y convertir la responsabilidad política en un problema de orden y control.”

La crítica no iba dirigida solo a Feijóo, sino a toda una cultura política. Una tradición, según sus palabras, que viene “de Manuel Fraga”, basada en la autoridad por encima de la escucha, el partido por encima de la ciudadanía, la disciplina interna por encima de la verdad.

Frente a eso, se reivindicó otra forma de hacer política, asociada a Julio Anguita: dar la cara, escuchar a las víctimas, asumir errores, pedir perdón cuando corresponde.

Y ahí llegó una de las frases más demoledoras de toda la sesión:

“Esta comisión no le ha pedido épica ni discursos. Le ha pedido soluciones, perdón y verdad. Y no ha dado ninguna de las tres.”

Los WhatsApps que lo cambiaron todo

Pero el momento clave, el punto de no retorno, llegó con la lectura pública de los mensajes privados entre Feijóo y Carlos Mazón, el presidente valenciano.

Mensajes enviados la misma noche de la tragedia. Mensajes que demostraban que Feijóo estaba informado desde el primer momento. Mensajes que contradecían directamente su relato público durante meses.

Uno de ellos fue especialmente impactante:

Mazón: “No lo hemos hecho público aún, pero ya están apareciendo muertos en Utiel.”
Feijóo: “Lógico. Ánimo, amigo. Lleva la iniciativa en la comunicación.”

La sala quedó en silencio.

Ni una palabra de condolencia. Ni una mención a las familias. Ni un gesto de empatía. Solo una recomendación política: controlar el relato, dominar la comunicación.

Para muchos diputados, ese mensaje lo resumía todo. No era solo una cuestión de información, era una cuestión de prioridades. Mientras había gente muriendo, el principal consejo del líder del PP era cómo gestionar la imagen pública.

“¿Es usted amigo de Mazón?”

La tensión alcanzó su máximo nivel cuando se le preguntó directamente:

—¿Es usted amigo del señor Mazón?

Feijóo respondió que no, que solo eran compañeros de partido. Que los amigos los elige él, que no se los impone nadie.

Entonces le leyeron otro mensaje:

“Ánimo, amigo Carlos.”

La contradicción era evidente. Feijóo intentó justificarlo como una forma genérica de hablar, como una expresión habitual. Pero el daño ya estaba hecho. La comisión había entrado en terreno personal. La palabra “amigo” ya no era anecdótica, era simbólica: representaba la relación política, emocional y estratégica entre ambos.

Y con ello surgía otra pregunta aún más grave:
Si Mazón era su amigo, ¿por qué lo protegió hasta el final?
Si no lo era, ¿por qué actuó como si lo fuera?

La noche de Nochebuena y los mensajes ocultos

Otro punto especialmente sensible fue el momento en que Feijóo entregó sus WhatsApps a la jueza: el 24 de diciembre, Nochebuena.

Los diputados le acusaron directamente de haber retrasado la entrega para que pasaran desapercibidos, para diluir el impacto mediático en pleno contexto navideño.

—Usted los tenía el día 22 y los entregó el 24 por la tarde. ¿Por qué no el mismo día?

Feijóo habló de plazos legales, de prontitud, de procedimientos. Pero la réplica fue demoledora:

—Su prontitud fue estratégica, no jurídica. Usted quería que pasara desapercibido porque no le deja bien ni como persona ni como dirigente.

La acusación era clara: no se trataba de cumplir la ley, sino de gestionar el escándalo.

“Pida perdón a las víctimas”

Quizá el momento más emocional de toda la sesión llegó cuando se le lanzó una pregunta que parecía simple, pero que encerraba todo el drama:

—¿Qué le dice usted a las familias de las víctimas?

La respuesta fue técnica, fría, distante. Se habló de responsabilidades compartidas, de colaborar con la justicia, de competencias administrativas.

Pero nadie escuchó lo que esperaba escuchar: “perdón”.

Y eso fue lo que se le reprochó una y otra vez. Que había tenido la oportunidad histórica de pedir perdón al pueblo valenciano, de reconocer errores, de mostrar humanidad. Y que no lo había hecho.

Uno de los diputados lo resumió con una frase que quedó flotando en el aire:

“Hoy tenía la oportunidad de comportarse como un líder de Estado. Y ha elegido comportarse como un hooligan político.”

La reunión con las víctimas que nunca llegó

Otro dato estremecedor salió a la luz: la principal asociación de víctimas de la DANA había intentado reunirse con el PP en marzo de 2025. Fueron al Congreso. Nadie las recibió. Llamaron a la policía. Se quedaron fuera.

La escena era devastadora: familiares de fallecidos, bloqueados en la puerta del Parlamento.

Ante eso, se le lanzó un reto directo a Feijóo:

—¿Se compromete a reunirse con las víctimas? ¿Sí o no?

Tras muchas evasivas, Feijóo terminó aceptando que no tendría problema en hacerlo. Pero la respuesta llegó tarde. Muy tarde. Casi un año y medio después de la tragedia.

Y la pregunta que flotaba era inevitable:
Si no lo hizo antes, cuando más falta hacía, ¿por qué lo haría ahora?

 

Un líder atrapado por su propio relato

Al final de la sesión, el balance era demoledor. Feijóo había acudido a la comisión para defenderse, pero salió de ella mucho más cuestionado de lo que entró.

No por una sola mentira, sino por una acumulación:

Mintió sobre si estaba informado o no.

Mintió sobre su relación con Mazón.

Mintió sobre el momento en que entregó los mensajes.

Mintió sobre su presencia política en los días clave.

Cada contradicción no hacía más que reforzar una imagen: la de un líder atrapado por su propio relato, incapaz de sostenerlo cuando los hechos, los documentos y los WhatsApps hablan por sí solos.

La gran pregunta: ¿y ahora qué?

Más allá del ruido político, la comparecencia dejó una pregunta inquietante:

¿Puede alguien aspirar a gobernar España después de una sesión así?

Porque lo que se juzgó en esa comisión no fue solo la gestión de una catástrofe. Se juzgó el modelo de liderazgo. La forma de entender el poder. La relación entre política y verdad.

Y el veredicto simbólico de muchos diputados fue claro:
Feijóo no suspendió por ideología. Suspendió por falta de humanidad.

En una comisión marcada por 230 muertos, el mayor error no fue una mala decisión técnica. Fue algo mucho más grave: haber convertido una tragedia humana en una estrategia de comunicación.

Y eso, para muchos, es imperdonable.