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Madrid amaneció con un cielo de plomo, de esos que parecen apoyarse en los tejados, y una lluvia terca, insistente, que no caía: se desplomaba. En la Puerta del Sol, el agua convertía el granito en un espejo roto por cada gota. Las farolas encendidas a deshora, el murmullo de los paraguas chocando entre sí, el olor a café escapándose de algún portal cercano… y, sin embargo, el equipo de televisión estaba allí fuera, empapándose con una disciplina casi teatral, como si el aguacero fuera parte del guion.

El presentador, con la chaqueta oscura pegada a los hombros, intentaba mantener el temple mientras la lluvia le borraba el peinado. A su lado, un técnico resoplaba y ajustaba un cable como quien intenta domar una serpiente. La cámara, protegida por una funda plástica, parecía un animal paciente, esperando su momento. Al otro lado de la conexión, en estudio, la conversación ya estaba lista para saltar al aire.

—¿Qué tal? Buenos días. ¿Cómo estáis?

Hubo un segundo de silencio, ese pequeño vacío que siempre ocurre antes de que la voz encuentre la imagen. Luego el presentador, con una media sonrisa que quería ser cordial y también resistente, respondió mirando a la lente.

—Está jarreando en Madrid, ¿no? Y no había un sitio a resguardo donde ponernos para hacer esta conexión.

Desde el estudio, alguien intentó intervenir con un tono práctico, como si la realidad pudiera arreglarse con una frase breve.

—No, pero para… Espera.

El presentador alzó la mano, indignado con la dignidad de quien se sabe observado por miles.

—No, a la presidenta de la Comunidad de Madrid no le ha parecido bien que estuviéramos dentro. Oye, pues esto no puede ser. A ver, no… no, Isabel Díaz Ayuso, tenemos que poder hacer una conexión en directo sin mojarnos, o sea, no, eh… un poquito de cariño y solidaridad, que no… nada.

La lluvia le golpeó la frente y le resbaló por la ceja. El presentador parpadeó con fuerza, pero no se movió. El agua lo volvía más humano, más irritable, y también más dramático; el tipo de dramatismo que, en televisión, funciona como una verdad inmediata.

—Nosotros no le tenemos miedo, no le tenemos miedo ni a la lluvia ni a Isabel Díaz Ayuso. No os preocupéis, estamos bien.

Desde el estudio, la voz del conductor principal intentó recuperar el carril, con un tono conciliador, casi paternal.

—No, no, si yo no quiero que usted tenga miedo a nadie. Nadie tiene miedo a nadie. No creo que Isabel intente darle miedo a usted ni provocar su miedo. Pero bueno, vamos a lo que vamos. Venga.

Y, como si la lluvia hubiera sido sólo el prólogo de una obra más áspera, llegó el primer golpe.

—Es usted una feminista de salón. Va.

Aquella frase, lanzada como un guante a la cara, quedó suspendida un instante en el aire húmedo. En el plano, el presentador parecía más pequeño contra el edificio institucional; en el sonido, la acusación se agrandaba. La invitada, Manuela Bergerot, entró a la conversación con una calma que no era suavidad: era control. Su voz, firme, no buscaba gustar; buscaba sostenerse.

—El feminismo de salón, que se limita a poner lazos morados, tiene que tener algo que decir al feminismo real, que se juega la vida en las calles de Teherán.

La frase arrastró consigo imágenes: calles lejanas, velos, gritos, persecuciones. Y, con esa asociación, alguien intentó colonizar el debate, convertirlo en un campo de batalla ajeno para ganar una guerra propia.

—Las mujeres de Irán no quieren la paz del burca y la mortaja, quieren libertad.

La tensión creció como crece el agua en una alcantarilla atascada. En el estudio se hablaba de una cosa, en la calle se sufría otra, y en medio estaba la política, siempre dispuesta a apropiarse del dolor como argumento.

Cuando la derecha parecía que no podía hacer más el ridículo, llegaron a… y lo consiguieron. Desde el programa En Boca de todos de Cuatro, el presentador había conectado con Manuela Bergerot para hablar sobre la posición de su partido respecto al 8M, pero la conversación derivó hacia la guerra de Donald Trump, con el mismo mecanismo con que una discusión doméstica termina recordando heridas de hace diez años.

Abad usó a las mujeres iraníes para arremeter contra la posición del Gobierno y Manuela Bergerot se mantuvo firme, como una puerta que no cede aunque la empujen. El colaborador de Hoy Diario, Jaime González, entró en la conversación con un tono de indignación creciente, y ella, sin levantar la voz, le recomendó que se calmara, porque si tenía que ir al médico de la sanidad madrileña le darían cita muy tarde. Aquello provocó una risa nerviosa en el estudio, un carraspeo incómodo, un gesto de “esto se nos va de las manos”.

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Cuando parecía que el bochorno no podía aumentar, llegó Teresa Gómez y sacó coalición con la ley del solo sí es sí, como quien lanza una bengala al centro de una plaza oscura.

Bergerot, en medio de esa tormenta, no perdió el hilo, y lo condujo hacia donde quiso, o hacia donde pudo.

—Yo soy una feminista que defiende que, para que las mujeres sean libres, lo primero que hay que hacer es no bombardearlas. Yo soy una feminista que denuncia que lo que llevamos de año en España han sido asesinadas diez mujeres a manos de sus parejas o exparejas, mientras la derecha no ha tenido una sola palabra de condena, ni para las diez mujeres españolas que han sido asesinadas, ni para las ciento sesenta niñas iraníes que han sido asesinadas por los bombardeos de Netanyahu y de Trump, a los que la señora Ayuso ni Feijóo han tenido una sola palabra de condena, ¿vale?

La pregunta no tardó en llegar, cargada de cifras y de indignación selectiva, como si se tratara de una contabilidad moral.

—Eh, no quiere usted que las mujeres sean bombardeadas. Eh, ¿sabe usted que la teocracia islamista de Irán ha matado a cuarenta mil personas, entre ellas mujeres y niños, en los últimos meses? No le he visto condenar eso. Es decir, si condenamos una cosa, condenamos otra. ¿Qué le parece a usted que la teocracia islamista de Irán cuelgue a mujeres y a homosexuales de grúas?

En la calle, la lluvia continuaba, indiferente a la retórica. En el plano, el presentador apretaba los labios. En el estudio, se escuchó ese ruido tenue de papeles moviéndose, de manos inquietas. Bergerot respondió con una claridad que no pretendía complacer al que pregunta, sino desarmar el mecanismo.

—Porque el feminismo no se elige por bandas. Es muy fácil, es muy fácil entenderlo. Las bombas no van a librar a las mujeres del régimen de los ayatolás. Es muy fácil entender que no estamos ni del lado del régimen de los ayatolás, ni del lado de Netanyahu, ni de… Es muy sencillo. Las bombas nunca han traído la paz, la libertad y la democracia de nadie. Nunca en ningún sitio. Nunca.

Alguien, desde el otro lado, intentó una comparación histórica, un argumento que suele aparecer cuando se quiere justificar la violencia con el relato de una violencia “necesaria”.

—Y la Segunda Guerra Mundial, ¿qué nos trajo? ¿Qué nos trajo la Segunda Guerra Mundial? ¿No nos quitó a un dictador como era Hitler y no permitió que Inglaterra, Francia recuperen su libertad y sus democracias?

Bergerot no esquivó, pero tampoco aceptó el marco. En su tono había un cansancio de explicarlo todo por enésima vez, y una determinación de no dejarse arrastrar.

—De verdad, ¿habéis escuchado de todas estas declaraciones por parte de Feijóo y de Ayuso alguna palabra de condena a las ciento sesenta niñas iraníes asesinadas en esa escuela femenina? ¿Lo habéis escuchado? De verdad, así es como la derecha quiere defender los derechos de las mujeres iraníes. No es tan difícil. No es tan difícil, ¿eh?

Desde el estudio, el conductor intentó matizar, como quien busca un puente para que la discusión no se convierta en griterío.

—Vale, si yo estoy de acuerdo con lo que usted dice, hay que condenarlo todo, pero es que usted condena a las ciento treinta niñas, pero no la he oído condenar —y por eso la invitaba— las más de cuarenta mil mujeres y niños y seres humanos que han… en los últimos meses.

El tono subió y bajó, como un ascensor nervioso. Bergerot, sin dejarse descolocar, fue a lo concreto de su propia acción política, a los gestos y a las reuniones, a lo que puede anotarse en acta.

—Yo creo que hay que condenarlo todo, por favor. Estamos del lado del pueblo iraní, estamos del lado de las mujeres iraníes y así lo hemos demostrado a lo largo de los dos últimos años en los que nos hemos reunido con ellas, a las que hemos llamado a comparecer en la Asamblea de Madrid y donde el Partido Popular quería vetarlas y donde no quería participar. Nosotras estamos del lado de las mujeres iraníes, estamos del lado de las mujeres palestinas a las que también Netanyahu está asesinando. Estamos al lado de todas las mujeres que sufren violencias a lo largo y ancho de todo el país.

Y, como si no bastara con lo internacional, la conversación regresó a casa, a lo inmediato, a los nombres y apellidos españoles.

—Me gustaría que se le ha vuelto a olvidar hablar… de… hubiera tenido una palabra de apoyo a las mujeres españolas que han sido asesinadas en los dos meses que llevamos de año.

En el estudio, un colaborador intentó recuperar el tema de “medidas”, de “acciones”, de “coherencia”, con el mismo gesto con que se endereza una corbata antes de un funeral.

—¿Sabes lo que pasa? Yo lo que no le… seguid… el… que es el único dique de contención contra el machismo. A mí me gustaría saber qué medidas ha impulsado su formación para intentar combatir lo que es un régimen que es absolutamente abyecto y que tritura la libertad individual de su pueblo, que particularmente contra las mujeres y contra los homosexuales se ha cebado de manera miserable. A mí me gustaría haberles visto a ustedes salir a echarse a la calle, a manifestarse contra eso con la misma vehemencia que se están manifestando contra la presidenta de la Comunidad de Madrid. De verdad, porque yo me conmuevo por la muerte de las niñas el otro día víctimas de las bombas de Estados Unidos. Pero es que a usted se le olvida los antecedentes de hecho. Y es que los antecedentes de hecho es que ese régimen al que ustedes han estado mirando con los brazos cruzados ha sido un régimen como pocos, triturador de los más elementales derechos humanos ante la aquiescencia de una izquierda absolutamente… Que responda la señora Bergerot, mansa.

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El presentador, empapado, miró un segundo hacia un lateral, tal vez buscando en el equipo una señal de “cortamos”, tal vez buscando refugio donde no lo había. Y entonces Bergerot dijo lo que diría cualquiera que conoce Madrid por dentro: que hay cosas que no se arreglan con discursos, y que el miedo, a veces, es el de enfermarse en un sistema colapsado. Lo dijo con un filo irónico que atravesó la pantalla.

—Sí. Bueno, lo primero, no se ponga así, que le va a dar algo y la sanidad madrileña está muy mal y no va a poder conseguir cita. Si le llega a pasar algo, cálmese, cálmese, que la madrileña está muy mal y no le dan cita en quince días.

En el estudio, alguien soltó una risa breve, enseguida reprimida. No era un chiste, era una bofetada con guante de datos cotidianos.

—Mire, ¿sabes lo que pasa? Es que esos discursos están utilizando los derechos de las mujeres y los derechos de las personas LGTBI para apoyar, efectivamente, una guerra que se está haciendo de agresión, de Netanyahu y de Trump contra el pueblo iraní. No me vale. No me vale que estén utilizando a las mujeres y a las personas LGTBI para justificar esos bombardeos. Lo siento, no lo voy a permitir.

Hubo un intento de reconducir la discusión hacia símbolos culturales, hacia prendas, hacia debates que suelen funcionar como humo.

—Porque la derecha nos está queriendo poner a hablar del burca y del nicab. Se están escondiendo detrás del burca para no hablar precisamente de que las violencias machistas son la principal causa de inseguridad de las…

La frase quedó cortada por el caos inevitable de una tertulia.

—Acabamos de perder treinta segundos, tío, porque hablamos tres a la vez. Venga.

Entonces Jaime González, con su tono de indignación al borde del desborde, apretó de nuevo por un lado distinto: el de la coherencia interna, el de la ley polémica, el de los casos que arden en titulares.

—Yo, eh… como dice que defiende el feminismo, me gustaría saber, eh… efectivamente, si defiendes a esas mujeres que se han manifestado en contra del gobierno, que muchas de ellas han sido asesinadas y lapidadas por el simple hecho de no llevar el velo. Si defiendes el feminismo, eh… hoy, por ejemplo, hemos conocido cómo, aplicando la ley del solo sí es sí de Irene Montero, se le ha rebajado la pena a un violador que estaba condenado a doce años de prisión, se le ha rebajado a cinco años. O también esas mujeres desprotegidas por el Ministerio de Igualdad a las que le fallaron las pulseras telemáticas. Es decir, eh… si realmente defiende los derechos de las mujeres, independientemente de la política.

Bergerot escuchó sin precipitarse. En su respuesta había una declaración de identidad, y también una acusación directa al poder autonómico. No era sólo defensa: era contraataque, pero de los que se hacen sin gritar.

—Yo no defiendo el feminismo, yo lo practico como una forma de vida en la que es la única herramienta, y también en política, para luchar contra el machismo, contra todas las violencias que sufrimos las mujeres.

Afuera, la lluvia seguía marcando el ritmo. El presentador se llevó una mano al pinganillo, como si la tormenta pudiera entrar por ahí. Bergerot continuó, aterrizando sus palabras en la Comunidad de Madrid, en presupuestos y decisiones, en recortes que se convierten en historias.

—Y precisamente en la Comunidad de Madrid tenemos un ejemplo de un gobierno antifeminista presidido por Ayuso. Recordemos que es una presidenta no solo que está recortando las medidas de prevención en los institutos de cuatrocientos setenta… a setenta, que no hay un plan de igualdad, que no hay… perdón, perdón, es que me gustaría acabar con esto.

Era el tipo de frase que no pide permiso: lo toma. Bergerot apretó el paso, como quien sabe que le van a cortar por publicidad.

—Tenemos a una presidenta que ella misma ha dejado abandonada a una compañera del Partido Popular, que es la concejala del Partido Popular en Móstoles, que le pidió ayuda a Ayuso por el acoso sexual y laboral que estaba recibiendo por parte de Manuel Bautista, el alcalde de Móstoles, y la han dejado sola.

El presentador, ya con la expresión de quien está contando segundos, intervino con urgencia profesional.

—Vamos, ahí, que tengo publicidad y me multan. Usted no querrá que me multen.

Y, en esa mezcla extraña de cortesía y cierre abrupto que caracteriza a la televisión en directo, concluyó:

—Gracias, señora Bergerot. Le agradezco enormemente que haya participado con nosotros.

La conexión se apagó como se apaga una luz en un portal: de golpe, sin ceremonia. Pero la lluvia siguió cayendo, y Madrid siguió siendo Madrid, con sus discusiones que se estiran hasta tocar lo internacional, con su política convertida en conversación de barra y plató, con su gente caminando rápido para escapar del agua.

En la calle, el equipo recogió cables, dobló trípodes, cargó con la cámara como quien carga con un animal cansado. El presentador, empapado, miró hacia la fachada del edificio institucional y negó con la cabeza, entre la incredulidad y la rutina. En el estudio, los tertulianos siguieron hablando de otra cosa, porque la televisión no espera, y porque la actualidad siempre tiene la prisa de un tren que no mira atrás.

Y, sin embargo, en algún lugar entre el ruido del agua y el eco de las frases, quedaba una sensación pegada al aire: la de una conversación donde nadie había logrado tender un puente, pero alguien había evitado caer en una trampa. En Madrid, bajo la lluvia, eso ya era bastante para que el día pareciera una escena escrita con tinta oscura, como si la ciudad, una vez más, hubiera decidido convertir la política en novela.