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En Castilla y León el aire tiene otra densidad cuando hay campaña. No es solo el frío: es esa manera de mirar de reojo los carteles, de escuchar la radio como si cada cuña escondiera una amenaza, de comentar en voz baja en la panadería lo que anoche se dijo en un mitin. Valladolid, Burgos, León… la comunidad entera parece un tablero enorme en el que las fichas se mueven sin hacer ruido, pero dejando rastro.

En un pabellón con eco de voces y sillas arrastradas, un candidato de Podemos decidió hablar como si no fuera a quedar registro. O quizá precisamente por eso: porque estaba seguro de que aquel discurso, por la vía habitual, no iba a “salir” en pantalla.

—La corrupción, compañeras, compañeros, explica por qué el Partido Popular gana las elecciones. Y la principal rama de ese entramado es la corrupción mediática.

No lo dijo como consigna. Lo dijo como quien abre una carpeta delante de todos y, en vez de gráficos, enseña nombres propios.

—Hay dos grandes grupos de comunicación —continuó—. Ya he citado a esos empresarios: el señor Méndez Pozo y el señor Ulibarri.

A su alrededor hubo un murmullo breve, como cuando alguien pronuncia apellidos que normalmente se evitan. Él lo remató con una frase que, en campaña, tiene el filo de una navaja: “nadie más”.

—Nadie más dice sus apellidos. Nadie más está diciendo en esta campaña que tenemos un problema de corrupción mediática. Esos dos empresarios han sido condenados por corrupción y son dueños de la televisión autonómica que recibe más de veinticuatro millones de euros al año a dedo.

Enumeró medios como quien recita una lista interminable de puertas por las que se entra al mismo edificio.

—Son dueños de los principales diarios de Castilla y León: el Diario de León, el Correo de Burgos, el Diario de Burgos, el Diario de Castilla y León, la agencia Ical… Es interminable la lista de medios de comunicación que tienen.

Lo que siguió fue casi una confesión, o una advertencia:

—Estoy seguro de que este discurso no va a ser televisado. Pero alguien tiene que decir la verdad. Alguien tiene que decir la verdad en Castilla y en León.

La palabra “verdad” cayó pesada. Y enseguida cambió de carril, hacia otra cifra que no se discute con ideas sino con contabilidad.

—Hay un problema escandaloso con la publicidad institucional. El otro día leíamos en Diario Red que, en el periodo 2022–2024, el gobierno de Mañueco había dado más de veinte millones de euros a medios de derecha y de extrema derecha.

No lo presentó como un detalle: lo presentó como el sistema.

—Ese es el problema que tenemos en Castilla y León. Esa es la corrupción sistémica. Y por eso necesitamos estar en las Cortes de Castilla y León: para hacer cumplir la ley de publicidad institucional y para avanzar en la lucha contra la corrupción mediática.

Afuera, la campaña seguía con sus sonrisas y sus fotos. Dentro, aquel discurso se quedaba colgado como una chaqueta mojada: incómodo, visible, difícil de ignorar.

En otro punto del mapa, con traje oscuro y sonrisa de prudencia, Alfonso Fernández Mañueco respondía en una entrevista. Le lanzaron una propuesta que, sobre el papel, suena a tranquilidad: que gobierne la lista más votada y que el otro partido facilite la investidura. Un pacto para quitarle a Vox la llave.

La pregunta llegó limpia:

—Si está usted seguro de que va a ganar las elecciones, ¿por qué no le toma la palabra al candidato del PSOE, al señor Martínez, que le ha propuesto esto de firmar un papel que diga que el que gane las elecciones gobierna Castilla y León y el otro partido facilita la investidura? Si usted sabe que va a ganar, pues lo tiene hecho.

Mañueco no quiso dar el sí. Tampoco quiso dar un no corto. Empezó por lo único incontestable:

—Saber, saber, nadie lo sabe. Eso lo deciden los castellanos y leoneses el 15 de marzo. Esa es mi aspiración, mi ambición. Estoy confiado en ello…

Y luego, como quien se agarra a una barandilla para no caer en el vacío, giró la pregunta hacia el PSOE y hacia Sánchez:

—Le voy a decir una respuesta. Primera: oiga, si el señor Martínez cree que debe gobernar la lista más votada, ¿por qué no va a Sánchez a visitarle a la Moncloa? O cuando coincide en los actos de campaña y le dice: “Por favor, dime”.

Se rió alguien. O se rieron por dentro. Porque en campaña, la ironía sirve para no decir lo que se piensa.

Cuando el entrevistador insistió, Mañueco dejó de jugar a la ambigüedad y eligió una frase que suena a cierre definitivo:

—Y ya hablando más en serio y más en profundidad… Con este Partido Socialista no voy a pactar ningún gobierno ni ningún acuerdo. Ningún acuerdo de ningún tipo.

La palabra “ningún” se repitió como un martillo.

—Dialogar, dialogaré. Pero un acuerdo de esta naturaleza como el que nos está planteando… que se olviden. Lo he dicho ya públicamente en varias ocasiones, lo vuelvo a reiterar y le agradezco que me haga esta pregunta.

Le devolvieron la cuestión con otra formulación, más directa, más difícil de esquivar:

—¿Qué tiene de malo el acuerdo que se está planteando? ¿Qué tiene de malo plantear como punto de partida que el que gane las elecciones gobierna y así le quitamos a Vox la llave del gobierno autonómico?

Mañueco respondió con un argumento que era menos sobre Vox y más sobre el PSOE, como si el adversario principal estuviera siempre al otro lado:

—Con el socialismo de Castilla y León —que es el modelo de gestión de Óscar Puente, de Ana Redondo, de tantas personas— con ese socialismo no vamos ni a la vuelta de la esquina. No hay acuerdo posible.

Y remató, con un tono de desprecio hacia la propuesta:

—Esto es una ocurrencia. Que lo diga una persona que ha estado hace tres días con Sánchez mitineando, cuando Sánchez perdió… me parece que se lo está tomando a broma a todas las personas de nuestra tierra.

La entrevista se volvió una especie de interrogatorio circular: “¿no tomar posición es tomar posición?”. Mañueco se defendió con una claridad casi obstinada:

—No, no. Estoy tomando una posición muy clara. No quiero saber nada en un acuerdo con el Partido Socialista.

Y, de repente, soltó un comentario que parecía ir por otro camino, pero que en realidad estaba en el centro del miedo de la calle Génova:

—Yo no creo… fíjate, te lo digo… que Zapatero haya incurrido en ninguna ilegalidad. No creo que haya incurrido en un caso ni de corrupción ni de ocultamiento de dinero, porque no le va al personaje por lo que yo sé de él. Pero igual al final comparezco aquí dentro de tres semanas y digo: “Me equivoqué”.

Esa frase quedó flotando. No era una defensa, pero tampoco era un ataque. Era, sobre todo, una manera de abrir la puerta a la sospecha sin entrar del todo. La campaña, a veces, funciona así: se insinúa y se espera.

Cuando le preguntaron por Vox, respondió con el clásico “somos distintos”, como quien intenta separar colores que en la práctica se mezclan en el mismo cubo.

—Somos formaciones políticas distintas. Ellos quieren la eliminación del Estado de las autonomías. Nosotros creemos en el Estado de las autonomías.

Alguien le pinchó con una observación incómoda:

—Yo sé —y lo hemos visto— que hay gente que preside autonomías que no cree en el Estado de las autonomías, ¿no?

Y el mapa volvió a girar, esta vez hacia Madrid. Hacia el Senado. Hacia un monográfico en el que Zapatero “lo dio todo” en la comisión sobre el caso Coldo. Lo llevó el Partido Popular. Y con él llegó la promesa de una ofensiva parlamentaria para acorralarlo, para que no pudiera esconder “la verdad” de sus negocios.

La frase que se escuchó —y que sonaba a desafío— era brutal por su forma:

“Si no tiene nada que esconder, que lo demuestre.”

Era la inversión del mundo: demostrar la inocencia. La probatio diabólica. El aire del Senado se llenó de esa teatralidad antigua que aún conserva el Parlamento cuando se olvida de la prudencia.

Zapatero apareció con una energía extraña, como si hubiera decidido ser “más Zapatero que nunca”. Y, en cuanto abrieron el turno, el tono se tensó entre lo serio y lo sarcástico, entre el honor y la caricatura. Se habló de “cejas” como si fueran arma electoral, de “talante” como si fuera una reliquia, de sonrisas como máscaras.

—Qué obsesión con mis cejas —soltó, en un momento—. ¿No se han olvidado cómo les gané con las cejas las elecciones?

Hubo risas. Hubo murmullos. Y alguien recordó aquel gesto viejo —la ceja levantada— como símbolo de apoyo de otros tiempos. No era solo anécdota: era una forma de decir “yo ya he pasado por esto”.

Zapatero también se permitió la frase grandilocuente, casi de personaje:

—He perdido facultades parlamentarias en el debate, seguro. Estoy desentrenado, pero el talante lo retengo, seguro. Mi talante es infinito, no cabe en vuestras cabezas.

Después, con una teatralidad que parecía ensayada, remató:

—Y lo que también retengo es mi sonrisa de Joker.

La sala se agitó. Lo siguiente fue menos broma y más herida. Porque cuando le preguntaron por la acusación de “chivatazo”, Zapatero se enfadó con una indignación que ya no era postureo:

—¿Cómo no voy a enfadar si el líder de la oposición, que aspira a ser presidente del Gobierno, acusa a un expresidente del Gobierno de dar un chivatazo a un delincuente? ¿Cómo no voy a enfadar? ¿Usted cree que esto es tolerable? No. Es mentira. Es una calumnia.

Algunos dijeron que se enfadaba tanto que parecía capaz de coger a la gente “por las orejas”. Zapatero lo negó con una mezcla de cansancio y orgullo, como si el rumor fuera parte del peaje:

—¿Cuál es el objetivo? Dañar mi imagen pública, mi dignidad, mi honor.

Y añadió, como quien enumera disparates para que se vean como disparates:

—Luego llegan aquí y dicen que yo cogí a Sánchez de las orejas, le dije “rescata Plus Ultra”… No, no, no. Ni cogí a Sánchez por las orejas ni nada.

También afirmó su lealtad, sin matices, con un entusiasmo que, dicho en una comisión, sonaba a mitin:

—Si usted me pregunta si apoyo al gobierno de Pedro Sánchez, sí. Si me pregunta si soy leal al Partido Socialista, hasta el último día de mi vida. Si voy a estar en las próximas campañas electorales, a tope. A tope.

Hubo quien lo narró como una fusión casi cómica: dos hombres y un mismo destino. Pero el Senado, como siempre, no tarda en volver a lo que duele de verdad: los nombres propios, los viajes, las empresas, los informes.

Llegaron preguntas sobre el viaje de Delcy Rodríguez a España. Zapatero respondió con una escena doméstica, como quien baja la tensión a propósito:

—Yo estaba seguramente en mi casa viendo una serie con mi mujer, que es lo que hago por las noches.

Y, sin venir a cuento, recomendó una serie venezolana —Almas en pena— como si el título fuera una indirecta. El humor, en su boca, era un paraguas.

Luego llegó Plus Ultra. Y la conversación se volvió un juego de negaciones tajantes, casi musicales:

—Trabajo, nunca para Plus Ultra.

—¿Entonces nunca en su vida, ninguna relación?

—Cero.

Se habló de testaferros, de cuántos, de dónde. Y Zapatero insistió:

—Cero.

En mitad de ese intercambio, entre ironías y repeticiones, se deslizó una frase que cambió el aire de la comisión, porque sonaba a autoabsolución total:

—He dudado mucho decir esto. Lo voy a decir. Creo que soy el único presidente de Gobierno de España que, en su etapa, no tuvo ni un solo escándalo.

Ahí, de golpe, la sala se dividió en dos: los que escucharon la frase como provocación y los que la escucharon como desafío.

Desde el Partido Popular, Carmen Fúnez habló sobre Zapatero, pero cambió pronto el foco hacia Sánchez y sus relaciones. Dijo que Sánchez parecía atrapado por sus socios. Se permitió un sarcasmo sobre el “grupo de WhatsApp” de la izquierda, como si la política exterior fuera una lista de contactos.

En Génova, decían algunos, ya estaban contratando guionistas. Y no se sabía si de los buenos.

Fúnez insistió: que a ellos no les preocupaba lo que opinara Susan Sarandon. Pero, al mismo tiempo, utilizó el episodio como arma arrojadiza. Y remató con una frase diseñada para quedarse:

—Tanto Susan Sarandon como Pedro Sánchez tienen algo en común: actúan mejor que gestionan.

La cámara del Senado, sin embargo, no perdona los excesos. Porque allí, cada exageración tiene réplica, y cada réplica acaba en un aviso del presidente para guardar silencio.

En la siguiente intervención, la discusión se volvió áspera. Apareció el “se dice, se comenta, se rumorea”, apareció la mención a recortes de medios, apareció el reproche de convertir la Cámara Alta en una segunda sede de Génova. Se cruzaron acusaciones, se interrumpieron, se llamó al orden.

Y entonces, como si el Senado no soportara demasiado tiempo el teatro sin consecuencias, el presidente intervino con autoridad seca: recordando el reglamento, el objeto de la comisión, el límite de las alusiones.

Una senadora —Carla Delgado Gómez— quiso terminar no con una pregunta, sino con un reconocimiento a Zapatero por avances en derechos civiles: leyes que colocaron a España a la vanguardia y que, recordó, el PP recurrió sistemáticamente aunque luego fueron de los primeros en usar.

Enumeró: interrupción voluntaria del embarazo en norma de plazos, igualdad de trato, dependencia, violencia de género, matrimonio igualitario, identidad de género. Dijo su propio nombre completo, con la gravedad íntima de quien está hablando de su vida y no de una consigna:

—Una norma, esta última, por la que esta senadora figura en su DNI como Carla Delgado Gómez.

Habló de salir de las esquinas y de los márgenes para ocupar todos los espacios, incluidos los de máxima representación parlamentaria. Y justo cuando la emoción parecía abrir un hueco de humanidad en la comisión, el presidente la cortó:

—Sí, de hecho se lo impido. Si sigue por ese camino, le quito la palabra.

—¿Usted me va a impedir hacerle un reconocimiento al presidente?

—De hecho, se lo impido.

La tensión subió como sube el agua en una olla. Y Delgado, sin retroceder, cerró con una frase que no era para el presidente ni para el PP: era para el país, para el espectáculo, para esa sensación de barro que se pega a todo.

—Me avergüenzo de que un hombre con su trayectoria hoy se le quiera mancillar y ensuciar su currículum. De verdad, les digo una cosa, señorías: ni vencerán ni convencerán. Muchas gracias.

(Continúa en la Parte 2)