
En los últimos meses, el debate político en España ha entrado en una fase que va mucho más allá de la confrontación ideológica clásica. Ya no se trata solo de un pulso entre izquierda y derecha dentro de las fronteras del Estado, sino de una narrativa cada vez más extendida que apunta a una operación de desgaste internacional, con epicentro en Estados Unidos, destinada a criminalizar, demonizar y aislar políticamente a Pedro Sánchez, José Luis Rodríguez Zapatero y, en general, a la izquierda española.
Esta tesis, expuesta con crudeza por el periodista Ernesto Ekaizer, no habla de una conspiración al estilo de las novelas de espías, sino de algo mucho más realista y peligroso: una guerra cultural, mediática y geopolítica, en la que se combinan intereses económicos, estratégicos y electorales.
El objetivo no sería otro que construir un relato en el que el Gobierno español aparezca como un actor sospechoso, cómplice de regímenes “enemigos”, poco fiable para la OTAN y, en última instancia, moralmente ilegítimo para seguir gobernando.
La clave: criminalizar primero, gobernar después
Ekaizer lo resume con una frase demoledora:
“Cuando has logrado criminalizar a una persona, demonizarla y convertirla en la culpable de todo, ya no importa lo que haga después. El daño está hecho”.
Ese es el núcleo de la estrategia: no hace falta probar nada, basta con repetirlo. Repetir que Sánchez es “cómplice de Maduro”. Repetir que Zapatero es “conseguidor”. Repetir que el PSOE está “financiado por dictaduras”. Repetir que España es un país “poco fiable”.
No se trata de demostrar, sino de instalar la sospecha como estado mental permanente en la opinión pública.
Y aquí entra en juego un concepto fundamental: la política de la demonización. Una vez que un líder es presentado como peligroso, corrupto o criminal, cualquier hecho posterior —un accidente ferroviario, una crisis internacional, una negociación diplomática— se interpreta automáticamente como una prueba más de su culpabilidad.

Estados Unidos, Trump y la nueva presión geopolítica
Uno de los elementos más inquietantes de este escenario es el papel que juegan sectores de la política estadounidense, especialmente vinculados al entorno de Donald Trump y a su ala más dura.
Las declaraciones del secretario del Tesoro de EEUU, difundidas por medios de ultraderecha, en las que se acusa a Sánchez de ser complaciente con Maduro y se señala a Zapatero como “facilitador”, no son anecdóticas. Forman parte de una estrategia discursiva que coloca a España en el punto de mira.
El mensaje es claro:
España no cumple con el 5% de inversión militar.
España no es suficientemente alineada con los intereses estratégicos de Washington.
España mantiene relaciones incómodas con gobiernos “no deseados”.
En términos geopolíticos, esto equivale a decir: España es un problema.
El caso Delcy Rodríguez y el “relato Aldama”
Dentro de esta narrativa aparece una figura recurrente: Víctor de Aldama, convertido en personaje mediático omnipresente. Sus declaraciones sobre Delcy Rodríguez, supuestas cartas de PDVSA y financiación irregular del PSOE funcionan como combustible perfecto para el fuego mediático.
Lo relevante no es si esas afirmaciones son ciertas o falsas. Lo relevante es que:
Aldama no está en prisión.
Tiene acceso permanente a platós de televisión.
Sus declaraciones nunca se contrastan seriamente antes de difundirse.
El resultado es un fenómeno clásico de lawfare mediático: se construye una acusación en los medios antes de que exista cualquier proceso judicial sólido.
Feijóo y Ayuso: la derecha española como altavoz interno
Aquí es donde entra la política nacional. Según Ekaizer, Feijóo y Ayuso actúan como arietes internos de una operación más amplia. No generan el relato, pero lo amplifican, lo legitiman y lo adaptan al consumo electoral español.
La amenaza de citar a Zapatero en el Senado, el uso constante de comisiones de investigación como herramientas de desgaste, y la repetición obsesiva del marco “gobierno corrupto, gobierno criminal” forman parte de una estrategia clara: convertir el Parlamento en un tribunal político permanente.
El Senado, con mayoría del PP, se transforma así en lo que Ekaizer llama un “cajón desastre”, donde cualquier sospecha sirve para montar un espectáculo mediático.
El accidente ferroviario: cuando todo se convierte en culpa del Gobierno
El ejemplo más extremo de esta dinámica es el tratamiento del accidente ferroviario de Adamuz. Antes incluso de conocer las causas técnicas, ya existía un veredicto político: la culpa es de Pedro Sánchez.
No importan los informes, ni las investigaciones, ni los precedentes históricos (como el accidente de Angrois en 2013 bajo gobierno del PP). Lo único que importa es mantener la narrativa: este gobierno es irresponsable, incompetente y criminal.
En palabras de Ekaizer:
“Han decidido el veredicto antes de conocer los hechos. La investigación ya no importa”.
La demonización como arma de poder
Aquí aparece el concepto más profundo del análisis: la demonización no es un error, es una técnica de poder.
No busca informar, sino deslegitimar.
No busca explicar, sino destruir reputaciones.
No busca convencer, sino crear un clima emocional de rechazo permanente.
Una vez instalado ese clima, cualquier cosa es posible:
Un funeral se convierte en un acto antisanchista.
Una comisión parlamentaria se convierte en un juicio mediático.
Un periodista se convierte en fiscal.
Un tertuliano se convierte en juez.
Zapatero: la pieza a batir
Dentro de esta estrategia, Zapatero ocupa un lugar especial. No por su poder real actual, sino por su valor simbólico.
Zapatero representa:
El diálogo con América Latina.
La política exterior autónoma.
La izquierda institucional no alineada con Washington.
Por eso se convierte en el objetivo perfecto: si cae Zapatero, cae un modelo de política internacional. No se trata de una persona, sino de un paradigma.
El objetivo final: borrar la legitimidad
La conclusión de Ekaizer es tan simple como devastadora:
“Han logrado el objetivo. Pedro Sánchez es un criminal. Esa es la base mental desde la que opera ya gran parte de la sociedad”.
Y lo más grave es que, una vez alcanzado ese punto, ya no importa la verdad. Da igual lo que diga un juez, un informe técnico o una auditoría. El relato ya está instalado.
En términos de comunicación política, eso significa una cosa:
la izquierda ha perdido la batalla del marco mental.
No se discuten políticas públicas, se discute moralidad.
No se discuten datos, se discute legitimidad.
No se discute gestión, se discute culpabilidad.
Epílogo: cuando la democracia entra en zona de riesgo
Lo que describe Ekaizer no es solo un problema de imagen para Pedro Sánchez o Zapatero. Es un problema estructural para la democracia española.
Porque cuando un sistema político acepta que:
Se puede condenar sin pruebas.
Se puede acusar sin sentencias.
Se puede destruir sin responsabilidad.
Entonces el poder ya no reside en las urnas, sino en el relato dominante.
Y en ese escenario, la pregunta ya no es si caerá Sánchez.
La pregunta real es: ¿qué queda de la democracia cuando la verdad deja de importar?
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