Una televisión al borde del colapso
La televisión española vive uno de los momentos más convulsos de su historia reciente. No es solo la política, no es solo la polarización: es la combinación explosiva de tragedia, redes sociales, tertulias agresivas y un país que parece haber perdido la capacidad de escuchar.
El accidente ferroviario de Adamuz ha sido el detonante. Pero lo que ocurrió este jueves en ‘En boca de todos’, el programa matinal de Cuatro presentado por Nacho Abad, fue la prueba definitiva de que la tensión ha alcanzado niveles nunca vistos.
El presentador, visiblemente superado, acabó levantándose de su asiento, gritando a sus colaboradores y lanzando una frase que ya es historia de la televisión:
“Si queréis, me levanto y me voy, coño, y haced lo que os salga de las narices”.
Un plató convertido en campo de batalla
Todo comenzó como tantas otras veces: una tertulia política sobre el accidente de Adamuz, las declaraciones del ministro Óscar Puente y las responsabilidades del Gobierno.
Pero lo que debía ser un debate terminó en una guerra abierta entre Antonio Naranjo y Sarah Santaolalla, dos de los analistas más enfrentados ideológicamente del programa.
La discusión no giraba solo en torno a datos técnicos o políticos. Giraba alrededor de algo mucho más delicado: la culpa moral de una tragedia con 43 muertos.
Sarah Santaolalla defiende la gestión
Sarah Santaolalla trató de poner en valor la comparecencia del ministro de Transportes, Óscar Puente, que había dado una rueda de prensa de más de dos horas, respondiendo a preguntas sin límite de medios.
En un momento especialmente tenso, lanzó una comparación que incendió el plató:
“Recordad que esto que está haciendo Óscar Puente había otro señor que durante toda una tarde y al día siguiente estaba de copas y en un parking de citas”.
La referencia al pasado, implícitamente dirigida a gobiernos anteriores, fue interpretada por Naranjo como una provocación política inadmisible en pleno luto nacional.

Naranjo contraataca con furia
Antonio Naranjo no tardó en reaccionar.
“Según Sarah habría que ponerle todavía a Óscar Puente un busto en Atocha”.
Pero no se quedó ahí. Naranjo lanzó una de las intervenciones más duras que se recuerdan en la televisión española reciente, vinculando el accidente de Adamuz a años de corrupción, mala gestión y escándalos en el Ministerio de Transportes:
“Este ministerio se ha caracterizado por ser el Ministerio de José Luis Ábalos… el de las obras públicas a los amigos de Cerdán… el de Koldo como asesor… el del chantaje de Puigdemont… y es el ministerio que ha acabado con 43 muertos”.
La frase fue una bomba.
Santaolalla explota
Sarah Santaolalla, indignada, no dejó pasar esa afirmación.
“Juntar a Ábalos y Koldo y meter la mano en la caja con 43 muertos…”
Pero Naranjo no aflojó.
“Tú defiende a quien quieras, Sarah”.
Lo que estaba ocurriendo ya no era un debate. Era una pelea personal, ideológica y emocional en directo.
Nacho Abad pierde el control
Mientras los dos tertulianos se gritaban, Nacho Abad trataba desesperadamente de cumplir con la escaleta del programa. Tenía que dar paso a un experto y marcharse a publicidad.
Pero nadie le hacía caso.
Fue entonces cuando explotó.
“¡Que me voy a publicidad!”
No sirvió de nada.
Y llegó el momento que nadie esperaba:
“¿Les podéis bajar los micrófonos? De verdad, es que no me podéis reventar el programa. Si queréis me levanto y me voy, coño, y haced lo que os salga de las narices”.
Abad se levantó de la silla.
El plató quedó en silencio.
Un gesto que lo dice todo
Que un presentador abandone físicamente su puesto en directo no es solo un enfado. Es una señal de que algo se ha roto.
Abad no estaba defendiendo a un tertuliano ni a otro. Estaba defendiendo algo mucho más básico: el control del programa.
Sin él, el espacio se convertía en una pelea sin árbitro.
El experto ignorado
Mientras el caos se apoderaba del plató, Nacho Abad logró conectar con el ingeniero de caminos Salvador García-Ayllón, que debía analizar técnicamente las palabras de Óscar Puente.
Pero ni siquiera eso pudo frenar la tensión.
“Me espero la publicidad y yo me tomo una tila que no aguanto más”, dijo Abad antes de irse a anuncios.
Lo que realmente pasó
Lo que vimos en ‘En boca de todos’ no fue un simple rifirrafe. Fue el choque de dos formas de entender España:
La de quienes creen que el Gobierno debe ser señalado inmediatamente tras una tragedia.
La de quienes creen que hay que esperar a la investigación antes de repartir culpas.
Y en medio, un presentador atrapado entre el espectáculo y la responsabilidad.
La televisión como espejo de la polarización
‘En boca de todos’ es hoy uno de los programas más vistos de la mañana. Y eso no es casualidad. Representa una España crispada, agotada, nerviosa.
La tragedia de Adamuz ha actuado como un catalizador: ha sacado a la superficie rencores políticos, desconfianza institucional y una guerra cultural que ya no se disimula.
El peligro de mezclar dolor y política
Cuando se habla de 43 muertos, no se habla de ideología. Se habla de vidas humanas.
Pero la televisión española ha convertido incluso eso en un campo de batalla.
Y cuando eso ocurre, los presentadores dejan de ser comunicadores para convertirse en bomberos apagando incendios imposibles.
Nacho Abad, el árbitro cansado
El estallido de Abad no fue teatral. Fue el de alguien superado por una dinámica que se repite día tras día.
Un presentador puede gestionar debate.
No puede gestionar gritos permanentes, acusaciones de muerte y conspiraciones sin freno.
Una escena que quedará para la historia
El momento en el que Abad se levanta de su silla ya forma parte de los grandes episodios de la televisión española.
No por lo que dijo, sino por lo que simboliza:
una televisión al límite, una política sin frenos y una sociedad que discute incluso sobre los muertos.
Lo ocurrido en ‘En boca de todos’ no es un escándalo aislado. Es el síntoma de una enfermedad más profunda: la imposibilidad de hablar con calma en un país herido.
Mientras se investigan las causas del accidente de Adamuz, otra investigación debería estar en marcha:
¿qué nos está pasando cuando ni siquiera en una tragedia somos capaces de bajar la voz?
Y quizá, como dijo Nacho Abad, todos necesitamos una tila.
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