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Las Navidades en Zarzuela, que tradicionalmente representan un momento de unión y celebración familiar, este año se han visto marcadas por tensiones, silencios incómodos y decisiones que evidencian un nuevo mapa de poder en la familia real española.
Mientras el público observa con curiosidad y los medios especulan, la reina Letizia Ortiz parece haber quedado en una posición marginal dentro de los eventos navideños, eclipsada por los movimientos de las hijas de Juan Carlos y las decisiones estratégicas de Felipe VI.
El 22 de diciembre, considerado por muchos como el pistoletazo de salida para las celebraciones navideñas, no solo marca la lotería de Navidad, sino también el inicio de un período cargado de simbolismos y tensiones dentro de Zarzuela.
Las recientes semanas han estado dominadas por la repercusión del libro de memorias de Juan Carlos, cuya publicación ha generado una atención sin precedentes, convirtiéndose rápidamente en uno de los regalos más codiciados de estas fechas.
Este libro, que incluye reflexiones críticas sobre su hijo Felipe y, en menor medida, sobre Letizia, ha reabierto viejas heridas y tensiones familiares que parecían dormidas.
Las hijas de Juan Carlos, Elena y Cristina, han asumido un papel protagonista durante estas Navidades.

Según fuentes de Vanitatis, ambas viajarán a Abu Dhabi para estar junto a su padre en su 68º cumpleaños, acompañadas de sus hijos, en un gesto que se interpreta como un apoyo explícito y una manera de marcar distancia frente a la política interna de Felipe y Letizia.
La ausencia de Leonor y Sofía en estos encuentros subraya, aún más, la creciente desconexión entre la línea directa de sucesión y la rama emérita de la familia real.
La situación se agrava cuando se analiza la dinámica interna de Zarzuela en relación con la seguridad y la tradición. Desde la llegada de Letizia, ha habido cambios significativos en la forma en que se presentan y operan los cuerpos de seguridad dentro de la residencia real.
La Guardia Real, históricamente un símbolo de continuidad y solemnidad, ha visto reducido su protagonismo en favor de la Guardia Civil, más funcional y menos escenográfica, siguiendo la visión modernizadora que Letizia ha impulsado junto a Felipe.
Esta modificación, aunque presentada como una cuestión de eficacia y modernidad, ha generado incomodidad entre quienes forman parte del círculo más cercano a la reina y del personal histórico de la institución.
Los uniformes históricos, que antes eran un símbolo de prestigio y tradición, ahora se han visto reemplazados por atuendos más discretos, negros y funcionales, que eliminan cualquier componente ceremonial.
Según testimonios de guardias reales, esta decisión no solo afecta la estética, sino que también limita su capacidad de desempeñar funciones de manera visible y reconocida.
No pueden portar armas ni utilizar equipos de comunicación habituales en su trabajo diario, generando un malestar que refleja el choque entre la modernización impulsada por Letizia y la tradición de la monarquía española.
Mientras tanto, Felipe VI se encuentra atrapado en un delicado equilibrio. Por un lado, busca mantener la autoridad institucional y la imagen de la monarquía; por otro, se ve limitado por la influencia de su esposa y por los movimientos estratégicos de las hijas de Juan Carlos.
La reciente publicación del libro del rey emérito, en la que se cuestiona directamente la ternura, la compasión y la capacidad de Felipe para liderar la corona, ha sido un golpe mediático que evidencia la vulnerabilidad de la actual gestión real.
La narrativa de Juan Carlos, narrada en primera persona incluso en el audiolibro, permite al público escuchar directamente su versión, aumentando el impacto y la controversia alrededor de la figura del rey actual y de Letizia.
El contraste es evidente: mientras Elena y Cristina refuerzan su vínculo con su padre y participan activamente en gestos de apoyo público, Letizia se encuentra marginada y eclipsada en su propia casa, con un rol cada vez más discreto y limitado.
Las tensiones se perciben no solo en la organización de los eventos y reuniones familiares, sino también en la gestión simbólica de la institución, donde cada gesto, cada uniforme y cada aparición pública transmite un mensaje implícito de poder y control.

Las Navidades de 2025 en Zarzuela reflejan, así, un verdadero choque de generaciones y estrategias: la tradición frente a la modernidad, el emérito frente al rey actual, y la influencia de Letizia frente a la consolidación de las hijas de Juan Carlos como actores centrales en los actos familiares y mediáticos.
En este contexto, la reina parece más enfocada en humanizar y modernizar su entorno privado, limitando la presencia de uniformes y símbolos que considera rígidos, mientras que la rama emérita apuesta por reforzar la continuidad histórica y la visibilidad mediática de su autoridad y legado.
Este conflicto, que en otras circunstancias podría haberse mantenido en el ámbito privado, se ha filtrado inevitablemente a los medios y a la opinión pública, generando un interés sin precedentes por conocer no solo la dinámica interna de la familia real, sino también los posibles efectos que estos enfrentamientos y decisiones tendrán en la percepción de la monarquía en España.
La Navidad, momento de aparente paz y celebración, se convierte así en un escenario donde se ponen a prueba lealtades, estrategias y prioridades familiares, dejando a Letizia en una posición cada vez más delicada y observada.

Además, los movimientos de Felipe y Letizia respecto a la seguridad y la representación ceremonial tienen implicaciones que van más allá de lo estético.
La reducción del protagonismo de la Guardia Real y el aumento del papel funcional de la Guardia Civil no solo modifican la percepción pública de la monarquía, sino que también reflejan una reconfiguración de poder y control dentro de Zarzuela.
La reina, en su deseo de privatizar y modernizar su espacio, ha impuesto decisiones que afectan directamente a quienes históricamente eran un pilar de la tradición y de la protección real, generando un malestar que, aunque silencioso, no pasa desapercibido.
En este contexto, la Navidad de 2025 no es solo un periodo de celebración, sino un espejo donde se reflejan las tensiones de una monarquía en transformación: la sombra del rey emérito, el control de Letizia sobre la residencia, y la lucha de Felipe por equilibrar tradición, modernidad y legitimidad.
La percepción pública, sensible a cada gesto, cada ausencia y cada declaración, observa con atención cómo se desarrollan estos movimientos, mientras Letizia enfrenta silenciosamente una denigración simbólica que pocos se atreven a verbalizar, pero que los detalles de la tradición y los uniformes evidencian de manera inequívoca.
En conclusión, las Navidades en Zarzuela de 2025 muestran a una Letizia Ortiz que, aunque reina consorte, vive un eclipse silencioso frente a las hijas de Juan Carlos y a las tensiones históricas de la monarquía española.
Entre libros polémicos, decisiones de seguridad controvertidas y gestos simbólicos, la reina se enfrenta a una marginación que, aunque sutil, no deja de ser visible para los ojos atentos de la prensa y del público.
La Navidad, que debería ser un momento de unión y celebración, revela así el delicado equilibrio de poder y la lucha por el control simbólico en la familia real española.
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