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1. Una frase que intenta cerrar un debate… y acaba abriéndolo

«No es un problema de falta de mantenimiento, ni obsolescencia ni falta de inversión».

En política, pocas cosas son tan reveladoras como aquello que alguien siente la necesidad de negar tres veces seguidas. Porque cuando un responsable público insiste, con tanta vehemencia, en lo que no es el problema, inevitablemente despierta una sospecha:
¿por qué esa urgencia por apartar ciertas hipótesis del foco?

La frase no se lanza al vacío. Aparece tras una semana marcada por un accidente grave, por la inquietud social, por el miedo y por la demanda de explicaciones. En ese contexto, negar que el origen esté en el mantenimiento, en la obsolescencia o en la inversión no es una afirmación técnica: es una toma de posición política.

Es, en esencia, una forma de decirle a la ciudadanía:

“No miren ahí. Miren en otro lado.”


2. El poder de marcar el marco

Cuando el portavoz afirma:

“Puede ser un debate, un debate a abrir y a reflexionar, pero yo sí pediría en este caso que se desvincule de lo que hemos vivido esta semana…”

está haciendo algo muy concreto: separar artificialmente dos cosas que la gente percibe como conectadas.

Porque para cualquier ciudadano común, cuando ocurre un accidente en una red de transporte, la primera pregunta es lógica:
¿estaba bien mantenida?,
¿era demasiado antigua?,
¿se había invertido lo suficiente?

Eso no es ideología. Es sentido común.

Por eso, pedir que ese debate se “desvincule” de lo ocurrido no es neutral. Es una operación discursiva: redefinir qué preguntas son legítimas y cuáles no.


3. La triple negación como escudo político

El mensaje se repite con una insistencia casi ritual:

“No ha sido el mantenimiento, no ha sido la obsolescencia ni la falta de controles…”

“No estamos ante un problema de falta de mantenimiento, no estamos en problema de obsolescencia, y no estamos en un problema de falta de inversión.”

Tres veces. Tres conceptos. Tres muros.

La repetición no es casual. En comunicación política, repetir es intentar fijar una idea en la mente del público. Pero también revela ansiedad: cuando algo es indiscutible, no hace falta repetirlo tanto.

Aquí, la estrategia es clara: blindar a la gestión pública de cualquier sospecha estructural. Porque admitir que el accidente puede tener que ver con inversión, con mantenimiento o con envejecimiento de la red sería admitir una posible responsabilidad política.

Y eso es exactamente lo que se quiere evitar.


4. “Si no, sería bastante más sencillo”: una frase que lo dice todo

Una de las frases más reveladoras es esta:

“Si no, sería bastante más sencillo de entender qué es lo que ha pasado y también de resolverlo.”

Es decir: si fuera mantenimiento, inversión u obsolescencia, sería fácil. Bastaría con arreglar, renovar o invertir.

Pero no es eso, dice el discurso oficial. Es algo mucho más complejo. Algo inédito. Algo casi misterioso.

Aquí aparece una táctica clásica: trasladar el problema del terreno de la gestión al terreno de lo excepcional. Si el problema es normal, hay responsables. Si es extraordinario, casi nadie tiene culpa.

Óscar Puente comparece sobre la situación ferroviaria


5. La construcción del accidente como “fenómeno único”

“Estamos ante otro problema que tendremos que determinar, me temo que mucho más complejo de lo que nos estamos en este momento imaginando.”

“Probablemente un problema que nunca hemos vivido antes en nuestra red, que nunca se ha manifestado de esta forma…”

Estas frases hacen algo muy concreto: convierten el accidente en un evento casi irrepetible, una anomalía histórica.

No es una avería.
No es una negligencia.
No es un fallo del sistema.

Es algo “singular”, “nunca visto”, “inédito”.

Y cuando algo es presentado así, la pregunta deja de ser “¿quién falló?” y pasa a ser “¿cómo pudo pasar algo tan raro?”. Es un desplazamiento sutil, pero poderoso.


6. La política del misterio

Al decir:

“cuando al final lo hayamos esclarecido, tendremos que pensar muy bien cómo evitar que en el futuro se pueda producir algo tan singular…”

se introduce otra idea clave: aún no sabemos nada, y cuando sepamos, ya veremos.

Eso genera una sensación de:

proceso,

investigación,

prudencia.

Pero también de dilación.

Mientras tanto, el debate incómodo —el de la inversión, el del mantenimiento, el del estado real de la red— queda en pausa.


7. ¿Por qué es tan importante negar el mantenimiento y la inversión?

Porque esas palabras tienen consecuencias políticas.

Si el problema es falta de inversión, alguien decidió no invertir.
Si es mantenimiento, alguien decidió no mantener.
Si es obsolescencia, alguien decidió no renovar.

En cambio, si el problema es algo “nunca visto”, entonces:

no hay precedentes,

no hay culpables claros,

no hay decisiones pasadas que revisar.

Es una diferencia enorme.


8. El choque entre la lógica técnica y la lógica política

Desde un punto de vista técnico, los accidentes en infraestructuras complejas suelen tener causas múltiples:
material,
procedimientos,
formación,
sistemas,
presupuestos,
supervisión.

Negar de entrada tres de las variables más importantes —mantenimiento, obsolescencia e inversión— no es una conclusión científica. Es una conclusión política.

Es una manera de decir:

“El sistema, tal como está diseñado y financiado, no está en cuestión.”


9. El riesgo de cerrar el debate antes de abrirlo

El propio discurso reconoce:

“Puede ser un debate, un debate a abrir y a reflexionar…”

Pero inmediatamente después pide que no se vincule a lo ocurrido.

Eso crea una paradoja:
se invita a debatir,
pero se limita sobre qué se puede debatir.

Es como decir:
“hablemos de lo que queráis, excepto de lo que la gente realmente quiere saber.”


10. La ciudadanía frente al relato oficial

Para quien ha vivido la semana con miedo, incertidumbre y preocupación, este tipo de discurso puede sonar distante. La gente no piensa en “fenómenos inéditos”. Piensa en si el tren era seguro, en si estaba bien cuidado, en si alguien recortó donde no debía.

Por eso, cuando se insiste tanto en que no es mantenimiento ni inversión, muchos oyentes no sienten tranquilidad. Sienten sospecha.


11. El lenguaje de la complejidad como cortina de humo

Hablar de un problema “mucho más complejo” tiene un efecto psicológico:
aleja el tema del terreno de lo comprensible.

Si algo es muy complejo,
si nunca ha pasado antes,
si es casi único,

entonces solo los expertos pueden entenderlo, y la ciudadanía queda relegada al papel de espectadora.

Eso reduce la presión política.


12. El futuro como promesa

“Cuando al final lo hayamos esclarecido…”

Toda la narrativa se apoya en un tiempo futuro. La verdad vendrá después. Las respuestas, más tarde. Las medidas, algún día.

Mientras tanto, lo único que se fija con claridad es lo que no fue el problema.


13. Un relato que protege al sistema

En conjunto, el discurso construye una idea muy concreta:
el sistema no falló,
la inversión no falló,
el mantenimiento no falló,
la red no está obsoleta.

Falló algo extraño, raro, excepcional.

Ese es un relato que protege al sistema político y administrativo. No necesariamente protege a la verdad.


Entre la prudencia y la negación

Es razonable pedir calma tras un accidente.
Es razonable no precipitar conclusiones.

Pero no es razonable cerrar puertas antes de abrirlas.

Negar de entrada que el mantenimiento, la obsolescencia o la inversión puedan estar relacionados con lo ocurrido no es prudencia. Es control del relato.

Y en una democracia sana, cuando ocurre algo tan grave, el relato no debería proteger primero al sistema, sino a la verdad.