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PÁNICO EN GÉNOVA: TRUMP, FEIJÓO Y LA DERECHA EUROPEA ANTE UN ESPEJO INCÓMODO
Europa despierta con vértigo. Las cancillerías murmuran, los partidos conservadores contienen la respiración y en la sede del Partido Popular, en la madrileña calle Génova, la sensación es clara: algo se ha descolocado. Donald Trump vuelve a marcar el ritmo del tablero internacional y, una vez más, obliga a sus supuestos aliados a retratarse. Esta vez, el epicentro no es Washington ni Caracas, sino una derecha europea atrapada entre el aplauso instintivo y el miedo al ridículo político.
La escena es tan simbólica como inquietante. Mientras Trump declara en una entrevista que no ve necesario intervenir directamente en Venezuela porque “ya manda a distancia”, en España se multiplican los titulares, las editoriales y los gestos nerviosos. El detonante: el respaldo explícito de Alberto Núñez Feijóo a la captura de Nicolás Maduro, celebrada como “una buena noticia sin matices”. Una frase que ha resonado como un disparo en los pasillos de Génova y que ha abierto una grieta incómoda dentro y fuera del PP.
Trump vuelve a descolocar a todos

No es la primera vez que Trump sacude a sus aliados. Lo hizo con la OTAN, lo hizo con Ucrania y ahora lo hace con América Latina. La operación que culmina con la detención de Nicolás Maduro —presentada como un golpe decisivo contra un régimen dictatorial— ha provocado reacciones dispares incluso entre líderes ideológicamente cercanos a Washington.
Marine Le Pen fue de las primeras en expresar reservas, alertando de una posible vulneración de la soberanía venezolana. Viktor Orbán, habitual aliado de Trump en Europa, optó por una prudencia calculada. Javier Milei, en cambio, celebró eufóricamente la “llegada de la libertad” horas antes de que el propio Trump confirmara que Delcy Rodríguez asumiría el control interino del país, dejándolo expuesto a una escena que muchos califican ya de bochorno diplomático.
En este contexto, el respaldo entusiasta de Feijóo ha sido interpretado por algunos sectores como valentía política y por otros como una peligrosa alineación automática con Trump. La pregunta que flota en el ambiente es inevitable: ¿ha medido Génova el coste europeo de este aplauso?
Editoriales, silencios y nervios en Génova
La Razón dedicó una editorial a celebrar la posición del líder del PP, destacando su desprecio explícito a cualquier continuidad del chavismo bajo otro nombre. Sin embargo, otras cabeceras han optado por subrayar las contradicciones. ¿Cómo se concilia la defensa del derecho internacional con el respaldo a una operación que genera dudas jurídicas evidentes?
Puertas adentro, el nerviosismo es palpable. Fuentes del entorno popular admiten en privado que la palabra “Trump” provoca hoy más incomodidad que entusiasmo. Nadie quiere aparecer como un subordinado político de un líder que, aunque popular en ciertos sectores, genera escalofríos en Bruselas.
La sensación de pánico no es gratuita. Europa observa con preocupación cómo Estados Unidos parece dispuesto a actuar de forma unilateral incluso contra países aliados. El caso de Groenlandia, territorio clave de Dinamarca y miembro indirecto del entramado de la OTAN, ha vuelto a la portada de varios periódicos europeos. La idea de que un socio de la Alianza Atlántica pueda sentirse amenazado por otro socio no deja indiferente a nadie.
Venezuela como espejo moral
Para el Partido Popular, Venezuela se ha convertido en un símbolo. Un espejo donde proyectar valores democráticos, pero también un campo minado. El discurso de Cuca Gamarra, vicesecretaria de Regeneración Institucional, ha sido claro y reiterativo: Maduro es un dictador, su caída es una buena noticia y la legitimidad democrática pertenece a Edmundo González y María Corina Machado, vencedores —según la oposición— de las elecciones de julio de 2024.
Sin embargo, la realidad se impone con crudeza. Delcy Rodríguez, figura clave del régimen chavista y sancionada por la Unión Europea, aparece ahora como la dirigente interina avalada de facto por Washington. Una paradoja que incomoda incluso a quienes celebran la caída de Maduro.
¿Puede hablarse de liberación democrática cuando el poder sigue en manos del mismo entramado político? ¿Es coherente celebrar el fin de un dictador mientras se acepta la continuidad de su mano derecha? Estas preguntas recorren los platós, las tertulias y los despachos políticos.
El dilema del derecho internacional
Gamarra ha reconocido abiertamente que existen dudas sobre la legalidad internacional de la operación estadounidense. Una admisión significativa. El PP insiste en que los valores del Estado de derecho y el respeto a las normas internacionales son irrenunciables, pero evita condenar explícitamente la actuación de Trump.
Esta ambigüedad ha sido aprovechada por el Gobierno de Pedro Sánchez para acusar a los populares de doble rasero. Desde Moncloa se subraya que no se puede defender la legalidad internacional solo cuando conviene. La sombra de antiguos contactos entre el Ejecutivo español y el régimen venezolano vuelve a ser utilizada como arma arrojadiza en un debate cada vez más agrio.
El recuerdo de la visita de Delcy Rodríguez a España, pese a tener prohibida su entrada en territorio europeo, sigue pesando como una losa en la discusión pública. Para el PP, ese episodio demuestra la connivencia del Gobierno con el chavismo. Para el PSOE, el entusiasmo popular ante la operación de Trump revela una peligrosa deriva hacia el seguidismo estadounidense.
Trump, el emperador incómodo
Hay una frase que se repite en círculos diplomáticos: “No hay mayor emperador que aquel del que todos anhelan ser súbditos”. Trump parece encarnar esa idea. Incluso cuando incomoda, incluso cuando genera rechazo, obliga a posicionarse.
Su mensaje es claro: Estados Unidos decide, aunque sea a distancia. Venezuela es solo un ejemplo. Cuba, Groenlandia y otros escenarios aparecen en su discurso como piezas de un tablero global donde la soberanía ajena se vuelve relativa.
Para Europa, y especialmente para la derecha europea, el dilema es profundo. Seguir a Trump implica asumir riesgos políticos y morales. Distanciarse puede significar perder el favor de un aliado poderoso y de un electorado que ve en él un símbolo de mano dura.
Feijóo ante su momento más delicado
Alberto Núñez Feijóo se enfrenta quizá a una de las decisiones más complejas de su liderazgo. Su apoyo a la caída de Maduro le permite presentarse como un defensor firme de la democracia frente a las dictaduras latinoamericanas. Pero ese mismo gesto lo coloca bajo el foco de Bruselas y de una opinión pública europea cada vez más recelosa de Trump.
En Génova saben que cualquier matiz, cualquier rectificación, será interpretada como debilidad. Pero también son conscientes de que una alineación sin matices puede convertirse en munición para sus adversarios políticos.
La pregunta que nadie formula en voz alta, pero que todos se hacen, es inquietante: ¿y si Trump vuelve a ir más lejos? ¿Y si la próxima “operación” afecta directamente a intereses europeos? ¿Dónde quedará entonces el aplauso inicial?
Europa contiene la respiración
Mientras tanto, Europa observa. Con escalofríos. Con alarma. El equilibrio internacional parece más frágil que nunca y la sensación de estar ante una nueva era de unilateralismo se extiende.
Venezuela ha dejado de ser solo un país en crisis para convertirse en un símbolo global. Un símbolo de cómo el poder se ejerce, de quién decide y de quién calla. Para la derecha española y europea, el espejo es incómodo. Refleja convicciones, contradicciones y miedos.
En Génova, el pánico no es solo por el qué dirán. Es por la sospecha de que este episodio no sea una excepción, sino un anticipo. Un aviso de que el tablero ha cambiado y de que Trump, una vez más, ha obligado a todos a retratarse.
El silencio, en política, rara vez es neutral. Y esta vez, cada gesto, cada tuit y cada palabra pesa más de lo que parece.
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