En política hay errores, hay exageraciones y hay interpretaciones interesadas. Pero luego está el bulo puro y duro. El que se lanza sabiendo que no es cierto, con el único objetivo de generar ruido, indignación y desgaste. Y eso es exactamente lo que ocurrió con el último ataque del Partido Popular contra el ministro de Transportes, Óscar Puente, aprovechando la tragedia del accidente ferroviario de Adamuz.
La protagonista del nuevo episodio es Ana Vázquez Blanco, diputada del PP, que decidió usar su cuenta de X (antes Twitter) para lanzar una acusación directa contra el ministro. Su mensaje no dejaba lugar a dudas: “Nuevamente parados, nuevamente con más restricción de velocidad a 80 km/h donde antes íbamos a 300 km. Un día más tirado en la ruleta rusa de Puente”. Una frase demoledora, diseñada para generar miedo y enfado, y para presentar a Puente como un irresponsable que estaría jugando con la seguridad de los pasajeros.
El problema es que era falso. Y no un poco falso. Era completamente falso.
El vídeo que lo desmonta todo
La propia realidad se encargó de desmontar el bulo en cuestión de minutos. Porque el vídeo del interventor del tren, grabado desde cabina, explicaba con total claridad lo que estaba ocurriendo realmente.
El tren se encontraba detenido porque debía dejar pasar a otro convoy en un tramo de vía única entre Medina del Campo y Zamora. Además, circulaba a 80 km/h debido a limitaciones temporales de velocidad impuestas en ese tramo concreto, lo que podía ocasionar un retraso de unos 30 minutos. Nada de “ruleta rusa”, nada de caos provocado por el ministro, nada de decisiones improvisadas del actual Gobierno.
Era una incidencia técnica normal en una infraestructura que arrastra problemas estructurales desde hace más de una década.
El detalle clave que Ana Vázquez ocultó
Aquí llega el dato que deja en evidencia la manipulación. El tramo de vía única entre Medina del Campo y Zamora fue inaugurado durante el Gobierno de Mariano Rajoy, con el Partido Popular en el poder. Y se hizo sin el sistema ERTMS, el estándar europeo de control y gestión del tráfico ferroviario de alta velocidad.
Es decir: la infraestructura que hoy genera retrasos y limitaciones fue diseñada y ejecutada por el propio PP.
Lo que Ana Vázquez hizo fue culpar a Óscar Puente de una decisión política y técnica tomada hace más de diez años por su propio partido. Un ejemplo de manual de lo que en comunicación política se llama “proyección de culpa”: atribuir al adversario los efectos de tus propios errores pasados.
Tragedia como arma electoral
Lo más grave no es solo el bulo, sino el contexto en el que se lanza. El ataque se produce pocos días después del accidente de Adamuz, una tragedia real, con víctimas reales, que todavía estaba siendo investigada.
En lugar de esperar a los informes técnicos, en lugar de mantener un mínimo de respeto institucional, el PP optó por convertir el dolor en munición política. Usar el accidente como excusa para desgastar al Gobierno. Como si cada incidente ferroviario fuera automáticamente culpa personal del ministro de turno.
Aquí es donde entra el análisis de fondo que hicieron Esperanza Gómez y el catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo. Su diagnóstico fue demoledor: estamos ante un uso espurio de las tragedias para obtener rédito político.
No se trata de exigir responsabilidades legítimas, sino de fabricar culpables antes incluso de conocer los hechos.
El Senado como escenario de la cacería
Según Pérez Royo, lo que estamos viendo en esta legislatura es una estrategia clara del PP: trasladar el conflicto al Senado, donde tiene mayoría absoluta, para simular un control político que en realidad no puede ejercer en el Congreso de los Diputados.
Y aquí hay un detalle fundamental que mucha gente desconoce: en el sistema constitucional español, el Senado no puede exigir responsabilidad política real al Gobierno. Esa función corresponde exclusivamente al Congreso.
El Senado puede pedir información, abrir debates, llamar a comparecencias. Pero no puede tumbar gobiernos, ni forzar dimisiones, ni plantear mociones de censura. Es una cámara subalterna, secundaria, con un papel muy limitado.
Sin embargo, el PP está utilizando su mayoría en el Senado como si fuera una especie de tribunal político paralelo. Convocando ministros, montando comisiones, generando titulares y escenificando una “cacería” permanente contra Pedro Sánchez y su Gobierno.
No buscan consecuencias jurídicas. Buscan ruido mediático.
Feijóo y el ridículo de los datos

En este contexto, el papel de Alberto Núñez Feijóo resulta especialmente llamativo. Porque mientras acusa al Gobierno de ocultar información, se queja públicamente de que Óscar Puente da demasiados datos.
Literalmente, Feijóo llegó a decir que le estaban dando tantos datos que no era capaz de procesarlos.
Es difícil imaginar una confesión política más surrealista: el líder de la oposición se queja de exceso de transparencia.
Mientras tanto, Óscar Puente compareció durante más de siete horas, atendió todas las preguntas de los medios, ofreció dos ruedas de prensa de más de dos horas cada una junto a responsables de ADIF y Renfe, y explicó con detalle todo lo que se sabía hasta ese momento.
Pocas veces en la política española un ministro ha dado la cara de forma tan directa, tan extensa y tan documentada.
El contraste con otros gobiernos
La comparación con otros episodios históricos resulta inevitable. Cuando ocurrió el accidente del Alvia en Angrois, Feijóo era presidente de la Xunta de Galicia. No hubo comisiones de investigación en el Parlamento gallego. No hubo comparecencias maratonianas. No hubo transparencia sistemática.
Con la DANA, ocurrió algo similar: meses y meses sin explicaciones claras, con jueces intentando reconstruir los hechos sin colaboración institucional suficiente.
Y si hablamos de tragedias, basta recordar las residencias de mayores en Madrid durante la pandemia: más de 7.000 fallecidos sin derivación hospitalaria, bajo el gobierno de Isabel Díaz Ayuso. Ninguna asunción de responsabilidad política real.
El contraste es brutal: antes, silencio. Ahora, exceso de información.
La política del ruido
Lo que se repite en todos estos casos es el mismo patrón: el Partido Popular no busca esclarecer los hechos, sino mantener un estado permanente de confrontación. Crear una sensación de caos. Alimentar la idea de que el Gobierno es ilegítimo, incompetente y peligroso.
No importa si los datos contradicen el relato. No importa si los hechos son otros. Lo importante es mantener el ruido, el escándalo, la indignación constante.
Como explica Pérez Royo, es una estrategia de desgaste psicológico: confundir a la ciudadanía, saturarla de mensajes contradictorios, hacerle creer que “todo es un desastre”, aunque la realidad sea mucho más compleja.
El daño a la democracia
El problema de fondo no es Ana Vázquez, ni siquiera Feijóo. El problema es el modelo de oposición que se está consolidando en España: una oposición basada en el bulo, la exageración, la manipulación emocional y el uso instrumental del dolor.
Una oposición que prefiere el titular al informe técnico.
El tuit al dato contrastado.
La acusación al argumento.
Y eso tiene consecuencias. Porque erosiona la confianza en las instituciones, convierte cada tragedia en una batalla partidista y transmite a la ciudadanía la idea de que todo vale con tal de desgastar al adversario.
Al final, el mayor perjudicado no es Óscar Puente. Ni siquiera el Gobierno. Es la democracia misma, que se ve reducida a un campo de batalla de gritos, sospechas y mentiras.
Una pillada que resume una época
El bulo de Ana Vázquez no es un caso aislado. Es un símbolo. Un ejemplo perfecto de cómo funciona hoy gran parte del discurso político: primero se lanza la acusación, luego —si eso— se comprueba la realidad. Y si la realidad contradice el relato, se ignora.
Pero esta vez la pillada fue demasiado evidente. El vídeo existía. Los datos históricos también. La responsabilidad real estaba documentada.
Y lo que quedó fue una imagen demoledora: una diputada mintiendo, un líder de la oposición quejándose de exceso de transparencia, y un ministro dando explicaciones durante siete horas.
No es solo un ridículo político. Es el retrato de una estrategia: gobernar desde el ruido, aunque para ello haya que convertir una tragedia en un arma y una mentira en titular.
Y ese, quizá, sea el mayor peligro de todos. Porque cuando la mentira se convierte en método, ya no estamos hablando de errores. Estamos hablando de una forma de hacer política. Y de una democracia cada vez más fatigada de tanto bulo.
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