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Durante años, Pedro Sánchez ha construido su relato político sobre una idea central: resistir. Resistir a la derecha, a la extrema derecha, a los poderes mediáticos, a los barones territoriales, incluso a su propio partido. La resistencia como épica. La supervivencia como virtud.

Pero hoy, tras los resultados electorales en Extremadura y el desgaste acumulado en comunidades clave como Andalucía, la pregunta que formula Àngels Barceló ya no es retórica, sino existencial:

¿Cree Sánchez que puede ganar unas elecciones generales después de haber desmantelado el PSOE?


El mensaje que ya no basta

En las elecciones generales del 23 de julio, el mensaje funcionó.
“El único muro frente a la extrema derecha soy yo”.

Y funcionó… a medias.
Porque Sánchez no ganó. Resistió. Aguantó. Siguió en pie gracias a una aritmética parlamentaria extremadamente frágil y a alianzas tan complejas como volátiles.

Hoy, ese mismo mensaje empieza a mostrar grietas.

La advertencia es clara: ya no basta con decir “yo freno a la ultraderecha”. No cuando la gestión no está en el centro. No cuando los territorios caen uno a uno. No cuando el partido se vacía por dentro.


Extremadura: el síntoma, no la excepción

Lo ocurrido en Extremadura no es un accidente.
No es una anomalía local.
Es un síntoma.

Allí, el mensaje no funcionó.
El PSOE sufrió un resultado devastador.
El PP salió reforzado.
Vox consolidó su posición.

Y la pregunta inevitable surge sola:
si no funciona en Extremadura, ¿por qué iba a funcionar a escala nacional?

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El efecto dominó territorial

Barceló lo dice con claridad quirúrgica:
“irán cayendo una detrás de otra las comunidades autónomas”.

Extremadura hoy.
¿Andalucía mañana?
¿Castilla-La Mancha?
¿Aragón?

Cada derrota no es solo un escaño menos.
Es una federación debilitada.
Un aparato que se vacía.
Una militancia desmovilizada.


¿Se puede ganar sin Andalucía?

La pregunta parece brutal, pero es real:
¿se puede ganar unas elecciones generales sin Andalucía?

Históricamente, no.
Andalucía ha sido el gran granero electoral del PSOE.
Su columna vertebral.
Su músculo demográfico y simbólico.

Perder Andalucía no es perder votos:
es perder identidad política.


¿Y sin Extremadura?

Extremadura representa algo más que escaños.
Representa el PSOE rural, histórico, estructural.
El PSOE que gobernaba desde la cercanía, desde el territorio, desde la fidelidad orgánica.

Perder Extremadura es perder el relato de partido arraigado.
Es convertir al PSOE en un proyecto excesivamente centralizado y urbano.

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Cataluña no basta

Barceló lo formula con crudeza:
“no se pueden ganar unas generales solo con Cataluña”.

Y tiene razón.

Cataluña es clave, sí.
Pero no es suficiente.
No sostiene una mayoría por sí sola.

Además, depender en exceso de Cataluña alimenta el relato contrario:
el de un Sánchez sostenido por alianzas periféricas mientras pierde el corazón del país.


El desmantelamiento silencioso del partido

Aquí aparece el núcleo del problema:
el desmantelamiento interno del PSOE.

En nombre de la disciplina.
En nombre del control.
En nombre de la estabilidad.

Se han debilitado federaciones.
Se han neutralizado liderazgos territoriales.
Se ha sustituido debate por obediencia.

El partido ya no discute: asiente.

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De partido a maquinaria electoral

El PSOE ha pasado de ser un partido con vida interna a una maquinaria electoral al servicio de una estrategia presidencial.

Eso funciona… hasta que deja de funcionar.

Porque cuando llegan las derrotas, no hay red.
No hay barones fuertes.
No hay estructuras autónomas capaces de resistir.


Ganar sin ganar: el precedente del 23J

Sánchez no ganó el 23J.
Gobernó después.

Eso marca un precedente peligroso:
la idea de que no hace falta ganar para seguir.

Pero repetir esa fórmula exige condiciones muy específicas:
fragmentación extrema, aliados disponibles, desgaste del adversario.

Nada de eso está garantizado hoy.


La extrema derecha como comodín agotado

El miedo moviliza… hasta que deja de hacerlo.

El “viene la ultraderecha” ya no provoca el mismo impacto.
En muchos territorios, la ultraderecha ya está dentro de gobiernos autonómicos.

El miedo se normaliza.
Pierde eficacia.


La gestión, fuera del foco

Barceló lo señala con precisión:
la gestión no está en el centro.

Y cuando la gestión desaparece del discurso, el relato se vacía.
Se convierte en pura épica defensiva.
En resistencia sin proyecto.


¿Alianzas sin votos?

Otra pregunta clave:
¿qué le hace pensar a Sánchez que puede conseguir los votos suficientes para tejer alianzas?

Porque las alianzas no se construyen desde la debilidad absoluta.
Se negocian desde una posición mínima de fuerza.

Un PSOE reducido territorialmente pierde capacidad de negociación.


El riesgo de una victoria pírrica

Incluso si Sánchez lograra repetir una fórmula similar, el precio sería alto:

Gobierno aún más dependiente

Legislatura aún más frágil

Conflicto permanente

Desgaste acelerado

¿Es eso gobernar?
¿O simplemente resistir?


El partido como víctima colateral

El PSOE parece estar pagando el precio de una estrategia personalista.

Se sacrifica estructura por control.
Territorio por relato.
Pluralidad por cohesión artificial.

Pero un partido sin alma no moviliza.


El electorado cansado

Hay otro factor silencioso: el cansancio.

Cansancio del conflicto permanente.
Cansancio de la polarización constante.
Cansancio de votar “para que no gane el otro”.

Ese cansancio se traduce en abstención.
Y la abstención castiga más a la izquierda.


La pregunta final que nadie quiere responder

Àngels Barceló no ataca.
Pregunta.

Y la pregunta queda flotando, incómoda, sin respuesta clara:

¿De verdad cree Pedro Sánchez que puede ganar unas elecciones generales habiendo desmantelado el PSOE?

Porque resistir no siempre es avanzar.
Y sobrevivir no siempre es ganar.


Epílogo: cuando el poder se queda sin suelo

Un líder puede resistir muchas tormentas.
Pero ningún líder puede gobernar eternamente sin suelo territorial, sin partido vivo y sin relato de futuro.

La historia política está llena de supervivientes que confundieron resistencia con victoria.

Y la política, como la gravedad, siempre termina pasando factura.