Ramoncín, colaborador, en 'La Sexta Xplica'

A sus 70 años, Ramoncín habla con la serenidad de quien ya no necesita gustar y con la contundencia de quien ha visto demasiado. No habla desde la nostalgia ni desde la épica, sino desde la memoria. Una memoria incómoda, áspera, poco compatible con los discursos simplificados que hoy circulan con facilidad por las redes sociales. El cantante y colaborador televisivo no alza la voz para provocar: lo hace para advertir.

En una entrevista reciente, Ramoncín se mostró profundamente alarmado por un dato que no deja indiferente: casi uno de cada cinco jóvenes españoles entre 18 y 24 años considera que el franquismo fue “bueno” o “muy bueno”, según un estudio del CIS. Para alguien que fue detenido durante la dictadura, que vivió la vigilancia, el miedo y la censura, esa percepción no es solo errónea: es peligrosa.

La dictadura no era un concepto: era una experiencia

“Los de mi generación vivimos el franquismo, sabíamos lo que era”, recuerda Ramoncín. No habla de libros de historia ni de documentales, sino de noches enteras detenido en la Dirección General de Seguridad, de una universidad vigilada, de la sensación constante de que algo podía pasar en cualquier momento. Bajar del metro y caminar hacia la Complutense no era un gesto rutinario: era una incógnita.

La dictadura no era un debate ideológico, era una forma de vida impuesta. No había libertad de expresión, ni derecho real a disentir, ni garantías básicas. Todo estaba condicionado por el miedo. Un miedo que no siempre dejaba huellas visibles, pero que modelaba comportamientos, silencios y renuncias.

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El espejismo de una dictadura “ordenada”

Ramoncín no logra comprender cómo jóvenes que no vivieron esa realidad pueden llegar a idealizarla. Para él, ese fenómeno no nace del análisis histórico, sino de la desinformación y de una peligrosa banalización del autoritarismo. “Las redes están normalizando barbaridades”, advierte.

El problema no es solo que se desconozca el pasado, sino que se reconstruya de forma interesada. La dictadura se presenta como sinónimo de orden, estabilidad o seguridad, omitiendo sistemáticamente la represión, la violencia institucional y la ausencia de derechos fundamentales. Es una versión edulcorada que borra a las víctimas y convierte el sufrimiento en una nota a pie de página.

Violencia, impunidad y discursos normalizados

En sus reflexiones, Ramoncín conecta este blanqueamiento del autoritarismo con otros comportamientos que le resultan igualmente inquietantes. Habla de violencia juvenil extrema, de actitudes misóginas y de una pérdida de referentes éticos. No establece una relación directa y simplista, pero sí señala un caldo de cultivo común: la normalización de lo inaceptable.

Cuando se relativiza la violencia, cuando se justifica el abuso de poder o se trivializa el daño al otro, se está erosionando el suelo democrático. Y eso, según Ramoncín, no ocurre por casualidad. Ocurre porque hay discursos que encuentran altavoces masivos y pocas resistencias.

Dictaduras de ayer y de hoy

Lejos de caer en una defensa acrítica de la izquierda, Ramoncín es especialmente duro con sus propias filas. No duda en afirmar que a la izquierda le cuesta condenar con claridad a figuras como Stalin, del mismo modo que se condena a Hitler. Tampoco ahorra calificativos para líderes actuales que se autodenominan de izquierdas mientras ejercen el poder de forma autoritaria.

Para él, no hay excusas ideológicas que justifiquen una dictadura. Da igual el color político: la ausencia de libertades, la persecución del disidente y la manipulación del poder son siempre inadmisibles. Esa ambigüedad, sostiene, ahuyenta a muchos ciudadanos y contribuye al descrédito de proyectos que deberían centrarse en mejorar la vida de la gente.

La España real frente al ruido político

Ramoncín describe una España mayoritariamente moderada, situada entre el centro-izquierda y el centro-derecha, con aspiraciones muy concretas y compartidas: trabajo, seguridad, sanidad, educación y vivienda. A su juicio, la polarización extrema que se percibe no refleja a la sociedad real, sino un enfrentamiento amplificado, más agresivo y cínico.

En ese contexto, considera que se exageran interesadamente los errores y se ocultan sistemáticamente los avances. Eso obliga, dice, a ser más curioso, más crítico, más incómodo. Algo que, paradójicamente, ya vivieron quienes crecieron bajo la dictadura, cuando buscar información era un acto casi subversivo.

Un balance incómodo del Gobierno actual

Artículos escritos por Arantza Furundarena | El Diario Vasco - Página 3

Sobre el Gobierno presidido por Pedro Sánchez, Ramoncín ofrece una visión matizada. Reconoce avances legislativos importantes, como la subida del salario mínimo, la mejora de las pensiones o las políticas de transporte público. Medidas que, en su opinión, han tenido un impacto real en la vida cotidiana de muchas personas.

Sin embargo, no oculta su escepticismo sobre el futuro inmediato del Ejecutivo. Considera que el desgaste es evidente y que el clima político hace casi imposible sostener la legislatura. No lo plantea como un juicio moral, sino como una constatación de la dificultad extrema de gobernar negociándolo todo desde el primer día.

Memoria como antídoto

Más allá de la coyuntura política, el mensaje central de Ramoncín es claro: sin memoria no hay democracia sólida. Olvidar, relativizar o distorsionar el pasado abre la puerta a repetirlo. Y cuando una sociedad empieza a mirar con indulgencia a las dictaduras, algo esencial se ha roto.

La memoria no es venganza ni nostalgia. Es una herramienta de prevención. Recordar lo que fue el franquismo no es anclarse en el pasado, sino proteger el futuro. Porque las dictaduras no suelen volver con el mismo rostro, pero siempre regresan con la misma lógica: prometer orden a cambio de libertad.

Una advertencia desde la experiencia

Ramoncín no se presenta como un profeta ni como un salvador. Habla como alguien que estuvo allí, que sintió el peso del silencio impuesto y que hoy observa con inquietud cómo ese silencio se transforma en ignorancia voluntaria. Su advertencia no es apocalíptica, pero sí urgente.

Cuando el pasado deja de doler, cuando se convierte en meme o en consigna vacía, empieza a perderse la capacidad de reconocer el peligro. Y entonces, como un espectro que nadie quiso escuchar, la historia vuelve a llamar a la puerta.