
La escena parecía sacada de un guion de serie política: un escritor consagrado, una periodista de referencia, un título aparentemente inocente y una guerra que, más de ochenta años después, sigue sin terminar del todo. El resultado ha sido una de las polémicas culturales más intensas de los últimos tiempos: Arturo Pérez-Reverte en el centro del huracán, acusado de blanquear el franquismo, y Àngels Barceló lanzando uno de los repasos más demoledores que se recuerdan en la radio pública.
Todo empezó con unas jornadas culturales en Sevilla. Lo que prometía ser un ciclo literario más, bajo el nombre de Letras en Sevilla, terminó convertido en un campo de batalla ideológico donde se cruzaron memoria histórica, libertad de expresión, cancelación cultural, revisionismo y viejas heridas que nunca llegaron a cerrarse.
El título que lo encendió todo
Las jornadas llevaban por título: “La guerra que perdimos todos”. Sin signos de interrogación. Una frase aparentemente conciliadora, casi humanista, que pretendía presentar la Guerra Civil española como una tragedia colectiva, sin vencedores ni vencidos.
Pero esa frase fue suficiente para detonar la polémica.
Para muchos historiadores, intelectuales y escritores, ese título no era neutral: era profundamente ideológico. Porque implicaba una equidistancia que, para una parte importante de la sociedad española, resulta inaceptable. La guerra no la perdieron todos por igual. Hubo un golpe de Estado, hubo un bando vencedor, hubo una dictadura de cuarenta años, hubo represión, exilio, fosas comunes y silencio.
Decir que “la guerra la perdimos todos” no es solo una frase literaria: es una reinterpretación política del pasado.
David Uclés rompe el cartel
El primer dominó en caer fue el escritor David Uclés. Invitado a participar en las jornadas, anunció públicamente que no acudiría al evento al descubrir quiénes compartían cartel con él.
Entre los nombres figuraban José María Aznar y Espinosa de los Monteros, vinculados directamente a la derecha y la ultraderecha española. Para Uclés, no se trataba de un simple desacuerdo ideológico: era una cuestión de principios.
Según explicó, no quería legitimar un espacio donde se mezclaban discursos que, en su opinión, atacaban derechos fundamentales, despreciaban la memoria histórica y relativizaban el franquismo.
Su renuncia fue solo el principio.
La cascada de ausencias
Tras Uclés, comenzaron a llegar más negativas: Carmen Calvo, dirigentes de Izquierda Unida, representantes del PSOE andaluz. Poco a poco, el cartel se vaciaba.
La Fundación Cajasol, organizadora del evento, terminó anunciando el aplazamiento de las jornadas hasta octubre. Oficialmente, no se cancelaban. Extraoficialmente, habían quedado heridas de muerte.
Y entonces llegó el comunicado más explosivo: Arturo Pérez-Reverte acusó directamente a la “ultraizquierda” de haber organizado una campaña sectaria para sabotear el evento.
Reverte contra la “cancelación”
En su comunicado, Reverte hablaba de censura, de dogmatismo, de intolerancia. Denunciaba que una minoría ideológica estaba impidiendo el debate, silenciando voces y secuestrando la cultura.
No era la primera vez que Reverte se situaba en este terreno. Desde hace años, el escritor ha construido un perfil público basado en la provocación, la crítica feroz a lo políticamente correcto y un discurso muy duro contra lo que él llama “la inquisición progresista”.
Pero esta vez, el golpe fue distinto. Porque no se trataba de una columna en prensa o de una polémica en redes sociales: se trataba de la Guerra Civil española, el núcleo emocional más sensible de la historia reciente del país.
Àngels Barceló entra en escena

Y ahí fue cuando apareció Àngels Barceló.
En su programa, la periodista desmontó punto por punto el relato de Reverte y de los organizadores. No desde el grito, sino desde la historia, la memoria y los hechos.
Barceló planteó la pregunta clave:
¿Cómo se puede hablar de “la guerra que perdimos todos” cuando hubo un bando vencedor que impuso una dictadura de cuarenta años?
Recordó que existe una Ley de Memoria Histórica que precisamente busca evitar el revisionismo. Que no se trata de opiniones, sino de hechos acreditados: hubo un golpe militar, hubo una República legítima, hubo una represión sistemática.
Y fue aún más lejos: cuestionó el propio marco intelectual del evento. No era un debate entre historiadores, sino un espacio híbrido entre literatura, política y espectáculo. Un escenario ideal para diluir responsabilidades históricas bajo una pátina cultural.
El problema no es la tipografía
Uno de los argumentos de los organizadores fue que el título llevaba signos de interrogación, que se trataba de una pregunta y no de una afirmación.
Pero el problema, como subrayó Barceló, no era tipográfico. El problema era conceptual.
Incluso formulado como pregunta, “¿la guerra que perdimos todos?” sigue siendo una trampa semántica. Porque desplaza el foco: en lugar de hablar de vencedores y vencidos, habla de sufrimiento compartido. En lugar de hablar de responsabilidades políticas, habla de tragedia colectiva.
Es el lenguaje clásico del revisionismo suave: no niega los hechos, pero los reordena emocionalmente.
Literatura contra historia
Uno de los ejes del debate fue la diferencia entre literatura e historia.
Algunos defensores de las jornadas argumentaron que se trataba de un evento literario, no científico. Que la literatura tiene derecho a la ambigüedad, al matiz, a la metáfora.
Pero ahí surgió una objeción fundamental: cuando se habla de la Guerra Civil, la literatura no es inocente. Las palabras construyen memoria. Las metáforas moldean la percepción social del pasado.
No es lo mismo decir “la guerra la sufrimos todos” que decir “la guerra la provocó un golpe militar”. La primera es una frase literaria. La segunda es una verdad histórica.
Y en España, esa diferencia no es estética: es política.
La herida que no cicatriza
La intervención de Javier Aroca fue todavía más contundente. Recordó que mientras Queipo de Llano estuvo enterrado con honores en la Macarena, Blas Infante seguía en una fosa común.
Recordó que Federico García Lorca fue asesinado y sigue sin tumba. Que miles de republicanos fueron fusilados y arrojados a cunetas. Que Chávez Nogales murió en el exilio en Londres.
Y lanzó una frase demoledora:
“Uno murió en la cama y el otro murió fusilado. ¿De verdad perdieron los dos lo mismo?”
Esa es la pregunta que atraviesa toda la polémica.
Cancelación o dignidad
Uno de los conceptos más utilizados por Reverte fue el de “cancelación”. Según su visión, los escritores que se negaron a acudir estaban practicando una forma de censura moderna: impedir el debate.
Pero los críticos respondieron con otra idea: no es cancelación, es dignidad política. Nadie prohibió el evento. Nadie censuró a Reverte. Simplemente, algunos invitados decidieron no participar en un marco que consideraban éticamente inaceptable.
La diferencia es fundamental. Cancelar es impedir que algo exista. Negarse a participar es ejercer la libertad individual.
El victimismo reaccionario
Uno de los elementos más llamativos fue el giro del relato: quienes históricamente han minimizado la memoria histórica pasaron a presentarse como víctimas de intolerancia.
Intelectuales y comentaristas subrayaron la paradoja: los mismos sectores que se oponen a exhumar fosas comunes, a retirar símbolos franquistas o a reparar a las víctimas, ahora se erigen en defensores de la libertad de expresión.
Para muchos, era un ejemplo clásico de victimismo reaccionario: convertir la crítica en persecución y la memoria en censura.
El marco es el mensaje
Uno de los conceptos más repetidos fue el del “marco”. No es lo mismo debatir sobre la Guerra Civil en un congreso de historiadores que en un ciclo cultural donde se mezclan políticos, escritores y provocadores mediáticos.
El marco condiciona el resultado. No es lo mismo ir a debatir que ir a legitimar.
Y aquí estaba el nudo del conflicto: ¿ir a estas jornadas era dar la batalla cultural o legitimar un espacio de blanqueamiento?
Debate o blanqueo
Algunos intelectuales, como el historiador Julián Casanova o la profesora Cira Box, defendieron que hay que ir a estos espacios precisamente para desmontar los discursos falsos desde dentro.
Otros sostuvieron lo contrario: que ciertos marcos son trampas, que no todo merece ser debatido y que hay discursos que no se combaten dialogando, sino desenmascarando.
No es una discusión nueva. Es la misma que se da con la ultraderecha en toda Europa:
¿se les enfrenta en debates públicos o se les aísla políticamente?
Reverte como símbolo
Más allá del caso concreto, Arturo Pérez-Reverte se ha convertido en un símbolo. No solo por lo que dijo, sino por lo que representa: un intelectual mediático, con enorme influencia, que se sitúa en una zona ambigua entre el escepticismo ilustrado y la provocación conservadora.
Para sus críticos, Reverte juega con fuego: utiliza la literatura como coartada para deslizar marcos ideológicos que relativizan el franquismo.
Para sus defensores, es un escritor incómodo que se atreve a decir lo que otros callan y que combate el dogmatismo de la izquierda cultural.
El verdadero campo de batalla: la memoria
En el fondo, todo gira alrededor de una sola palabra: memoria.
España es uno de los pocos países europeos que no ha cerrado su pasado traumático. No hubo una comisión de la verdad. No hubo juicios al franquismo. No hubo reparación real durante décadas.
La Transición se construyó sobre el silencio. Y ese silencio sigue pesando.
Cada vez que se habla de la Guerra Civil, no se discute solo historia: se discute identidad, justicia, legitimidad y poder.
La frase que lo resume todo
Una de las frases más citadas durante el debate fue de César Vallejo:
“Cuídate, España, de la propia España.”
Resume perfectamente el dilema: el mayor conflicto no es entre izquierda y derecha, sino entre memoria y olvido.
Entre quienes quieren cerrar heridas sin haberlas limpiado y quienes se niegan a pasar página sin haber leído el libro.
No es literatura, es política
Aunque se presente como un debate cultural, lo ocurrido en Sevilla es profundamente político.
No se trata de si Reverte tiene derecho a opinar. Lo tiene.
No se trata de si Uclés tiene derecho a negarse. Lo tiene.
No se trata de si Barceló puede criticar. Puede y debe.
Se trata de algo más profundo: quién tiene derecho a definir el pasado de un país.
La guerra sigue
Ochenta años después, la Guerra Civil sigue siendo una guerra simbólica. Ya no se lucha con fusiles, sino con palabras. No hay trincheras, hay tertulias. No hay balas, hay marcos discursivos.
Pero el conflicto es el mismo:
¿fue una tragedia inevitable o un golpe de Estado?
¿perdimos todos o ganaron unos y perdieron otros?
¿hay que recordar o hay que olvidar?
El jaque cultural
La polémica de Sevilla no es un episodio aislado. Es parte de una batalla cultural que atraviesa toda Europa: la lucha entre memoria democrática y revisionismo.
Y en esa batalla, figuras como Arturo Pérez-Reverte no son solo escritores: son actores políticos de primer nivel, aunque no se presenten a elecciones.
Àngels Barceló lo entendió perfectamente. Por eso su repaso no fue personal, sino estructural. No atacó al hombre, atacó al marco.
El final abierto
Las jornadas se han aplazado. Quizá se celebren en octubre. Quizá no. Pero el daño ya está hecho.
Porque la pregunta ya no es si hubo o no signos de interrogación en un cartel.
La pregunta es otra, mucho más incómoda:
¿Puede España permitirse seguir hablando de su pasado como si todos hubieran perdido lo mismo?
Mientras esa pregunta no tenga una respuesta clara, la guerra, en realidad, no habrá terminado nunca.
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