
La comparecencia de Alberto Núñez Feijóo en la comisión de investigación del Congreso sobre la gestión de la DANA ha terminado convertida en uno de los episodios más incómodos de su carrera política. Lo que debía ser una sesión para aclarar responsabilidades institucionales acabó siendo un auténtico interrogatorio político, con Gabriel Rufián y Óscar Matute desmontando, una a una, las versiones del líder del Partido Popular.
Lejos de salir reforzado, Feijóo quedó atrapado en un laberinto de contradicciones, silencios y ataques defensivos que evidenciaron un patrón ya habitual: cuando no puede responder, recurre al barro, al ruido y al comodín de ETA.
La comparación que encendió la sala
Todo estalló cuando Feijóo intentó equiparar la tragedia de la DANA —un fenómeno meteorológico extremo que causó muertos y miles de damnificados— con un accidente ferroviario. Rufián no tardó en saltar:
“Usted está comparando un hecho meteorológico sin precedentes con una negligencia ferroviaria continuada. Eso es una barbaridad”.
Pero el momento más duro llegó cuando el portavoz de ERC acusó directamente a Feijóo de haber encubierto durante un año a responsables políticos que no estaban donde tenían que estar, mientras se producían muertes evitables por falta de decisiones y órdenes.
La tensión fue máxima. Rufián no se limitó a la crítica técnica, sino que entró de lleno en el terreno político y moral:
“Escucharle a usted hablar de mentiras, de verdades y de divisiones es un insulto. Usted aspira a gobernar este país y no asume ninguna responsabilidad”.
Las seis mentiras según Rufián

Rufián estructuró su intervención como un auténtico acta de acusación, enumerando lo que definió como “seis mentiras flagrantes” de Feijóo.
Que la Confederación Hidrográfica no había avisado.
Falso. Según Rufián, hubo avisos a las 11:45 y a las 12:20.
Que no hubo comunicación con el Gobierno central.
Imposible de verificar porque, según se expuso, el jefe de gabinete de Mazón formateó su móvil.
Que nunca había cambiado de teléfono.
Desmentido por el propio Feijóo minutos después en una rueda de prensa.
Que quería saber la verdad.
Pero tardó un año en entregar mensajes solicitados por una jueza, y lo hizo en Nochebuena.
Que el CECOPI funcionó con normalidad.
Se contradijo en la misma intervención sobre si había o no miembros del Gobierno estatal.
Que la Generalitat había pagado el 90% de las indemnizaciones.
Según Rufián: cero euros a las víctimas por responsabilidad civil.
El golpe político fue demoledor: se acusó a la Generalitat de no reconocer siquiera oficialmente a los familiares como víctimas, lo que impediría cualquier indemnización real.
Matute y la promesa que persigue a Feijóo
Óscar Matute añadió otro elemento explosivo: recordó una frase de Feijóo en un mitin de 2025:
“Si miento, echadme del partido. Empeño mi palabra en que jamás engañaré a los españoles”.
Matute fue directo:
“Usted dijo que estaba informado en tiempo real. A la jueza le dijo que no. A los ciudadanos les mintió durante meses”.
La pregunta final quedó flotando en el hemiciclo:
¿Cuándo piensa dimitir?
El comodín de ETA: cuando se acaba el argumentario
Sin capacidad para responder a las preguntas de fondo, Feijóo recurrió a una vieja táctica: sacar a ETA en mitad del debate, acusando a sus interlocutores de pertenecer o simpatizar con entornos terroristas.
Una estrategia que provocó indignación incluso entre diputados de otros grupos. Bildu recordó que ETA dejó de existir hace años y que el propio Matute fue históricamente crítico con la violencia.
El presidente de la comisión tuvo que intervenir para frenar la deriva del debate y recordar que el objeto de la sesión era la gestión de la DANA, no la guerra ideológica de hace veinte años.
El contexto: una derecha cada vez más radicalizada
Lo ocurrido en el Congreso no es un hecho aislado. Se inscribe en un contexto más amplio de radicalización del discurso del PP, cada vez más cercano al tono de Vox.
La semana anterior, una concejala del PP interrumpió un mitin de Pedro Sánchez en Teruel gritándole “hijo de puta”. El partido no solo no condenó el insulto, sino que sectores mediáticos lo justificaron como “protesta ciudadana”.
La normalización del insulto, del ataque personal y del ruido mediático se ha convertido en estrategia política central.
El caso de Alicante: vivienda protegida para las élites
Mientras Feijóo hablaba de mentiras y responsabilidad, salía a la luz otro escándalo: una promoción de vivienda protegida en Alicante adjudicada a cargos del PP y familiares directos.
Pisos de lujo, con piscina, gimnasio y jacuzzi, en primera línea de playa. Entre los beneficiarios:
la concejala de urbanismo
el arquitecto municipal
los hijos de la directora de contratación pública
Viviendas de más de 400.000 euros vendidas a precio subvencionado. Todo ello tras modificar los límites de renta para poder acceder.
El resultado: dinero público para urbanizaciones de lujo destinadas a las mismas élites que gestionan los contratos públicos.
Un liderazgo en crisis
Lo ocurrido en la comisión de la DANA no es solo un mal día parlamentario. Es el síntoma de algo más profundo: Feijóo no logra construir un liderazgo creíble, ni en gestión, ni en ética, ni en discurso.
Acorralado por las cifras, por los mensajes, por las pruebas y por sus propias palabras del pasado, recurre al ataque personal, a la victimización y al miedo.
Rufián lo resumió en una frase que ya circula en redes:
“Escucharle hablar de verdad es un insulto”.
Y quizá ahí esté la clave: no fue una humillación puntual, sino la confirmación pública de que el líder de la oposición ya no controla el relato, ni el tiempo, ni la credibilidad. En política, eso suele ser el principio del fin.
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