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GABRIEL RUFIÁN MACHACA A FEIJÓO POR LAS MENTIRAS DE LA DANA: EL DÍA QUE EL CONGRESO SE CONVIRTIÓ EN UN JUICIO POLÍTICO

La escena parecía sacada de una serie política de alto voltaje, pero era el Congreso de los Diputados. Sin música, sin montaje, sin guion. Solo micrófonos abiertos, cámaras encendidas y un ambiente eléctrico. Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana, no acudió a la comisión para hacer preguntas suaves ni para dejar titulares tibios. Fue directo al choque. Frente a él, Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular, intentaba sostener un discurso cada vez más frágil sobre la gestión política de la DANA que arrasó Valencia y dejó decenas de víctimas.

Lo que ocurrió durante esa sesión no fue un simple cruce de reproches parlamentarios. Fue, en la práctica, un interrogatorio político en el que Rufián enumeró lo que calificó como “seis mentiras flagrantes” del compareciente. Se habló de avisos ignorados, de mensajes ocultos, de teléfonos formateados, de víctimas no reconocidas oficialmente y de una estrategia deliberada de encubrimiento.

Y, sobre todo, se habló de algo que en política suele ser más devastador que cualquier escándalo económico: la falta de empatía con los muertos.


El contexto: la DANA que lo cambió todo

La DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) que golpeó la Comunidad Valenciana fue una de las catástrofes meteorológicas más graves de los últimos años. Inundaciones, pueblos incomunicados, decenas de fallecidos, familias enteras destruidas. Desde el primer momento, la gestión política se convirtió en un campo de batalla.

Carlos Mazón, entonces presidente de la Generalitat Valenciana por el PP, quedó en el centro de las críticas. Retrasos en activar los protocolos, ausencia en los momentos clave, versiones contradictorias sobre dónde estaba y qué hizo durante las horas más críticas.

Pero el foco se desplazó rápidamente hacia Madrid. Hacia Feijóo. Porque el líder del PP no solo defendió a Mazón, sino que lo hizo con una vehemencia que sorprendió incluso dentro de su propio partido.

Ahí es donde entra Rufián.


“Ha mentido muchas veces”: el inicio del asalto

Rufián no empezó con rodeos. Lo dijo sin anestesia:

“El compareciente ha mentido muchas veces, pero hay cinco o seis mentiras flagrantes que conviene destacar”.

Y a partir de ahí, fue desplegando una por una.

Primera mentira: “No hubo avisos”

Feijóo había sostenido que la Confederación Hidrográfica no avisó a tiempo de la gravedad de la situación. Rufián lo desmintió con datos concretos:

“Avisaron a las 11:45 y a las 12:20 del mismo día. Cinco horas después se activó el CECOPI, que es responsabilidad exclusiva de la Generalitat”.

La pregunta era demoledora:
¿Qué habría pasado si se hubiera actuado cuando llegaron los avisos?

The only politician who knows my son is Gabriel Rufián."


Segunda mentira: los mensajes imposibles

Feijóo dijo que quería conocer los mensajes entre Mazón y el presidente del Gobierno. Rufián respondió con ironía amarga:

“Imposible, porque durante cinco o seis horas Mazón estaba donde estaba. Y su jefe de gabinete, el señor Cuenca, formateó el móvil. Sorpresa”.

La palabra “formatear” resonó en la sala como un martillazo político. En un país traumatizado por escándalos de mensajes borrados, móviles destruidos y discos duros desaparecidos, aquello sonaba demasiado familiar.


Tercera mentira: “Nunca cambié de teléfono”

Rufián recordó que Feijóo dijo públicamente que nunca había cambiado de móvil, para admitir cinco minutos después que sí lo había hecho porque “se le había estropeado”.

La coincidencia resultaba demasiado conveniente.

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Cuarta mentira: los WhatsApps de Navidad

Uno de los momentos más duros llegó cuando Rufián habló de la entrega de mensajes a la jueza.

“Ha tardado un año en entregar sus mensajes y lo hace en plena Nochebuena. Vaya regalito para las víctimas”.

No era solo una crítica técnica. Era una crítica moral: entregar pruebas clave cuando el país está celebrando la Navidad, mientras las familias siguen de luto.


Quinta mentira: el CECOPI fantasma

Feijóo aseguró primero que había miembros del Gobierno central en el CECOPI por videoconferencia. Luego dijo que no. En la misma intervención.

Rufián lo resumió con una frase que se viralizó:

“Lo ha dicho y lo ha negado en el mismo minuto”.


Sexta mentira: las indemnizaciones inexistentes

Quizá la más grave. Feijóo afirmó que la Generalitat había pagado más del 90% de las indemnizaciones a las víctimas.

Rufián lo negó con rotundidad:

“Es mentira. Ha pagado cero euros en indemnizaciones por las muertes. Solo gastos materiales: coches, casas. Pero no reconoce a los familiares como víctimas porque no ha aprobado el decreto correspondiente”.

Es decir: para la administración valenciana, oficialmente, muchos muertos no existen como víctimas.


Ayuso entra en escena: las “plataformas de frustrados”

Cuando Feijóo intentó defender que el PP respetaba a todas las víctimas, Rufián lanzó un misil directo a Madrid:

“¿Se refiere también a las víctimas de las residencias de Madrid, a las que su presidenta, la señora Ayuso, llamó plataformas de frustrados?”

El silencio en la sala fue espeso. No era una anécdota. Era un recordatorio de que el PP arrastra un patrón: confrontación con colectivos de víctimas cuando no encajan en su relato político.


El contraste: Puente versus Mazón

Uno de los ejes centrales del discurso de Rufián fue la comparación entre dos crisis:

El accidente ferroviario por el que Feijóo pidió la dimisión inmediata de Óscar Puente.

La DANA, por la que defendió durante un año a Mazón.

Rufián lo formuló así:

“Puente dio 17 entrevistas, cuatro ruedas de prensa y dos plenos monográficos. Mazón estaba de copas, o en un reservado, mientras la gente moría. Y usted encubriéndolo”.

La palabra “encubrir” se repitió como un martillo. No era solo negligencia. Era protección política deliberada.


Los WhatsApps: “Ánimo, amigo”

Uno de los momentos más incómodos para Feijóo fue cuando se le leyeron mensajes suyos dirigidos a Mazón:

“Lógico. Ánimo, amigo. Lleva la iniciativa en la comunicación. Es la clave”.

No había una sola palabra de condolencia. Ni una. Solo estrategia de comunicación.

Para Rufián, aquello lo decía todo:

“Ni una sola palabra de empatía con las familias. Ni una”.


La pregunta que nunca respondió

Rufián lanzó una pregunta simple, directa, casi cruel por su sencillez:

“¿Se sigue sintiendo orgulloso de Mazón, sí o no?”

Feijóo nunca respondió de forma clara.

Y en política, no responder es casi siempre la peor respuesta.


La acusación más dura: encubrir a un negligente

En el clímax de su intervención, Rufián fue más allá del lenguaje parlamentario habitual:

“Usted ha encubierto durante un año a alguien que no estaba donde tenía que estar y por eso murió gente. La historia les juzgará”.

No era una metáfora. Era una sentencia política.


El Congreso como espejo de un país

Lo que ocurrió ese día no fue solo un enfrentamiento entre dos diputados. Fue el reflejo de un país dividido entre dos formas de entender la política:

Una, basada en el control del relato, la comunicación estratégica y la protección del partido.

Otra, basada en asumir errores, pedir perdón y poner a las víctimas en el centro.

Rufián lo resumió con una frase que parecía dirigida no solo a Feijóo, sino a toda una generación política:

“No se les pide épica. Se les pide verdad, perdón y soluciones”.

 

El miedo de fondo: la memoria colectiva

Quizá lo más peligroso para Feijóo no fue ninguna de las seis mentiras concretas. Fue algo más profundo: la sensación de que el relato del PP sobre la DANA se está desmoronando.

Porque los datos existen.
Los mensajes existen.
Las versiones contradictorias existen.
Las víctimas existen.

Y la memoria colectiva también.

En un país donde aún pesan tragedias como el 11M, el Yak-42 o las residencias durante la pandemia, cada catástrofe no gestionada correctamente deja una cicatriz política que dura décadas.


Epílogo: cuando el poder se queda sin excusas

Feijóo salió de la comisión sin dimitir, sin pedir perdón explícito y sin asumir responsabilidades directas. Formalmente, nada cambió.

Pero políticamente, algo se rompió.

Porque desde ese día, cada vez que el líder del PP hable de responsabilidad, de transparencia o de ética pública, habrá una escena que volverá como un fantasma:

Un diputado señalándole con el dedo y diciendo, delante de todo el país:

“Ha mentido. Seis veces. Y las víctimas lo saben”.

Y en política, cuando las víctimas saben, el relato ya no basta.