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La escena no fue casual ni improvisada. Desde Bruselas, con el telón de fondo de una Europa cada vez más tensionada por el avance de la ultraderecha, Pedro Sánchez decidió lanzar un mensaje que iba mucho más allá de una simple comparecencia ante los medios. No habló solo como presidente del Gobierno español, sino como actor consciente de una batalla ideológica que, según advirtió, ya no es coyuntural, sino estructural.
Lo que estaba en juego no era únicamente el crecimiento demoscópico de Vox, sino algo más profundo y peligroso: la normalización del discurso ultra por parte de la derecha clásica, el blanqueamiento mediático de postulados extremistas y la erosión progresiva de consensos democráticos que parecían inamovibles hace apenas una década.
Bruselas como escenario y mensaje político

No es irrelevante que Sánchez eligiera Bruselas para lanzar su advertencia. Allí, en el corazón institucional de la Unión Europea, el presidente español contextualizó el fenómeno de Vox dentro de una tendencia continental que ya ha dado frutos de gobierno en países como Italia, Hungría o Francia.
“El crecimiento de la ultraderecha no tiene que ver con la acción del Gobierno”, vino a decir Sánchez, “sino con el blanqueamiento que la derecha política y mediática está haciendo de Vox”. Un diagnóstico duro, directo y cargado de intención política.
Según el presidente, se han sucedido dos fases claras en este proceso. La primera, justificar pactos con la extrema derecha como una reacción simétrica a acuerdos con fuerzas de izquierda. La segunda —la más peligrosa— consiste en asumir como propios no solo los contenidos, sino también las formas de la ultraderecha: el lenguaje agresivo, la política del miedo, la oposición destructiva y el cuestionamiento sistemático de cualquier avance social.
El fantasma del pasado que regresa

Sánchez no dudó en recurrir a la memoria histórica para reforzar su argumentario. En pleno aniversario del inicio de la Transición democrática, recordó que el Partido Comunista de España fue una fuerza clave en la lucha contra la dictadura franquista y en la consolidación de la democracia. Un legado que, subrayó, nada tiene que ver con las raíces históricas de la ultraderecha española, nostálgica —según sus palabras— de aquel régimen autoritario.
Este contraste no es menor. Mientras algunos discursos intentan diluir las diferencias entre extremismos, el presidente insistió en que no todos los pasados pesan igual ni todas las memorias son intercambiables. El riesgo, advirtió, es trivializar la historia hasta convertirla en munición política sin contexto ni responsabilidad.
Datos que inquietan: una sociedad que se derechiza
Más allá de la retórica, Sánchez respaldó su alarma con datos. Las encuestas muestran que el bloque de la derecha ha crecido cinco puntos desde las elecciones del 23J. Pero lo más preocupante no es solo el aumento de intención de voto, sino el desplazamiento ideológico de la sociedad.
En la clásica escala de 0 a 10 —donde 0 representa la extrema izquierda y 10 la extrema derecha—, la media ciudadana ha pasado del 4,5 al 4,9. Un movimiento aparentemente leve, pero significativo. Especialmente alarmante es el comportamiento de los jóvenes varones, que han pasado de situarse en un 4,3 en los años 80 a un 6 en la actualidad.
Este giro generacional plantea preguntas incómodas: ¿qué está fallando en el relato democrático?, ¿qué vacíos está ocupando la ultraderecha?, ¿y por qué sus mensajes encuentran terreno fértil en sectores jóvenes?
La normalización de los pactos con Vox

Otro dato clave subrayado en Bruselas fue la evolución de la percepción entre los votantes del Partido Popular. En 2013, solo el 20% consideraba positivos los pactos con Vox. Hoy, esa cifra se ha duplicado y alcanza el 40%.
La consecuencia es evidente: la posibilidad de un gobierno PP-Vox ya no se percibe como una anomalía, sino como una opción cada vez más plausible. La pregunta, como señaló Sánchez, ya no es si ese gobierno llegará, sino qué modelo adoptará: ¿una versión a la italiana, al estilo Meloni?, ¿un esquema autoritario como el de Orbán?, ¿o un “trumpismo hispánico” adaptado al contexto español?
El debate interno y el recado a Sumar
Las palabras del presidente no solo iban dirigidas a la derecha. Entre líneas, muchos analistas interpretaron su intervención como un mensaje directo a Yolanda Díaz y a Sumar. La vicepresidenta había advertido que la falta de cambios en el Gobierno podía alimentar el crecimiento de Vox. Sánchez respondió sin mencionarla: la culpa no es de la acción de gobierno, sino del blanqueamiento sistemático de la ultraderecha por parte de la derecha política y mediática.
Un recado claro: no vincular el auge ultra a la gestión del Ejecutivo ni utilizarlo como argumento para una crisis de gobierno. La hoja de ruta, insistió, sigue siendo la de los avances sociales, como la negociación para un nuevo aumento del salario mínimo interprofesional.
La Comunidad Valenciana como laboratorio político
Si alguien duda de las consecuencias prácticas de estos pactos, la Comunidad Valenciana se ha convertido en el ejemplo más citado. Allí, el nuevo gobierno autonómico ha comenzado su andadura suprimiendo comisiones de igualdad, eliminando el lenguaje inclusivo y desmantelando estructuras dedicadas a políticas LGTBI.
Medidas impulsadas por Vox, pero ejecutadas por el Partido Popular. Para muchos analistas, esto confirma el diagnóstico: Vox gobierna sin asumir responsabilidades institucionales, sin desgaste político y sin rendir cuentas. Marca la agenda, impone el marco ideológico y deja al PP atrapado en una pérdida progresiva de identidad.
Emergencias desmontadas y negacionismo climático
El caso valenciano tiene además un componente trágico. La gestión de emergencias fue desmantelada durante la etapa de influencia de Vox. Cuando la DANA golpeó con fuerza, el sistema estaba debilitado. El resultado: 229 muertos. Y, como colofón, un discurso oficial que niega el cambio climático.
Para muchos, esta secuencia resume el peligro real de normalizar a la ultraderecha: las decisiones ideológicas no quedan en el plano simbólico, sino que tienen consecuencias materiales, humanas y, a veces, irreversibles.
Medios, tertulias y responsabilidad compartida
Sánchez fue explícito al señalar no solo a la derecha política, sino también a la derecha mediática. Columnistas, tertulianos y opinadores han contribuido —consciente o inconscientemente— a blanquear discursos ultras, equipararlos a opciones democráticas convencionales y presentarlos como una respuesta legítima al “exceso de progresismo”.
El problema, según denunció, es que esa estrategia no frena a la ultraderecha: la alimenta. Cada cesión discursiva refuerza su utilidad electoral y debilita a quienes intentan competir en su mismo espacio ideológico.
Democracia sin violencia, un logro frágil
En medio del cruce de reproches, algunas voces recordaron un dato positivo: hoy, en España, ningún partido relevante defiende abiertamente la violencia para cambiar el régimen político. Un logro histórico que no debe darse por sentado.
Precisamente por eso, alertan los expertos, la erosión democrática actual es más sutil: no llega con tanques ni golpes de Estado, sino con discursos, reformas reglamentarias, recortes de derechos y una lenta normalización del autoritarismo.
Una advertencia que no se apaga
La intervención de Sánchez en Bruselas no fue un discurso más. Fue una advertencia. Un intento de encender alarmas antes de que el desplazamiento ideológico se consolide como irreversible.
El presidente sabe que la política siempre es interesada, pero también que hay momentos en los que el interés partidista y el interés democrático se cruzan. Y este, a juzgar por sus palabras, es uno de ellos.
La pregunta que queda en el aire es incómoda y urgente: ¿está España preparada para resistir la ola ultra o ya ha empezado, silenciosamente, a asumirla como parte del paisaje político?
Porque cuando el blanqueamiento se normaliza, cuando el ruido sustituye al debate y cuando la memoria se diluye, la democracia no cae de golpe. Se desgasta. Y a veces, cuando queremos reaccionar, ya es demasiado tarde.
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