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La política española atraviesa uno de sus momentos de mayor degradación discursiva y tensión institucional. Lo que comenzó como un cruce de acusaciones entre el Partido Popular y el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero terminó convirtiéndose en una auténtica batalla campal mediática, con reproches cruzados, insinuaciones de corrupción sin pruebas, referencias explosivas al caso Epstein, ataques directos a Vox por alinearse con Elon Musk y una imagen cada vez más deteriorada de Alberto Núñez Feijóo como líder de la oposición.

La escena es ya habitual: tertulias convertidas en ring de boxeo, portavoces políticos disparando sin red y un clima de polarización que amenaza con devorar cualquier posibilidad de debate democrático serio. Pero esta vez, la escalada fue tan desmedida que incluso analistas veteranos hablaron abiertamente de una “aberración democrática”.


Tellado cruza la línea: “Zapatero es la corrupción”

El detonante fue una declaración del secretario general del PP, Miguel Tellado, que dejó helados incluso a algunos sectores moderados del propio partido. En una intervención pública, Tellado afirmó sin rodeos:

“La corrupción tiene un denominador común: se llama José Luis Rodríguez Zapatero. La reina madre de la corrupción socialista”.

Una acusación de una gravedad extrema. No una crítica política, no una valoración ideológica, sino la imputación directa de un delito a un expresidente del Gobierno sin presentar ni una sola prueba judicial.

En un país mínimamente serio, una afirmación así obligaría a quien la pronuncia a aportar documentos, investigaciones, sumarios o al menos indicios sólidos. Pero no fue el caso. Tellado lanzó la acusación y se marchó, dejando el mensaje flotando en el aire como una bomba de humo tóxica.


La respuesta de Zapatero: serenidad frente a la insidia

Lejos de responder con el mismo tono agresivo, Zapatero optó por una estrategia completamente distinta. En una intervención pública, calificó las acusaciones como “insidias” y alertó sobre el daño que este tipo de discursos provoca en la democracia.

“Creo que lo último de lo que me han acusado es de narcotráfico, de torturas… A la democracia le sientan muy mal las insinuaciones y las descalificaciones sin pruebas”.

Zapatero no negó la dureza del ataque, pero subrayó algo esencial: la falta absoluta de sustento judicial. No existe ninguna causa abierta contra él, ninguna imputación, ninguna condena, ninguna investigación formal.

Y aun así, se le sitúa en el centro de una narrativa de corrupción diseñada para erosionar no solo su figura, sino todo lo que representa políticamente.


La pregunta incómoda: ¿por qué Zapatero?

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La gran pregunta que se repitió en el debate fue evidente: ¿por qué el PP y Vox han decidido convertir a Zapatero en el enemigo número uno?

Las respuestas apuntaron en varias direcciones, pero todas convergían en una misma idea: Zapatero molesta.

Molesta porque sigue siendo una figura respetada en amplios sectores progresistas.
Molesta porque moviliza voto de izquierdas.
Molesta porque simboliza políticas sociales que la derecha jamás ha digerido: el matrimonio igualitario, la ley de dependencia, el final de ETA, la retirada de Irak.

Como explicó uno de los analistas:

“Felipe González moviliza a la derecha. Zapatero moviliza a la izquierda. Y el PP no puede permitirse perder otra elección”.

Atacar a Zapatero no es una cuestión judicial, sino electoral. Es una operación de desgaste simbólico.


El argumento de Venezuela: la coartada perfecta

El principal pretexto utilizado contra Zapatero es su labor como mediador internacional en Venezuela. El expresidente ha participado durante años en procesos de diálogo entre el gobierno venezolano y la oposición, una tarea reconocida por organismos internacionales, aunque muy cuestionada por la derecha española.

Zapatero ha explicado en varias ocasiones que su objetivo fue evitar un conflicto civil, facilitar excarcelaciones y abrir vías de negociación democrática.

“Cuando llevas miles de días intentando que no haya violencia, que haya reconciliación y que la gente salga de la cárcel, eso no se hace desde la comodidad”, afirmó.

Sin embargo, PP y Vox han transformado esa labor diplomática en una sospecha permanente, insinuando sin pruebas que Zapatero estaría “a sueldo de una dictadura”.

Una acusación gravísima que, de nuevo, no viene acompañada de ninguna causa judicial real.


Aroca revienta el relato: “¿Y Aznar con Epstein?”

 

Fue entonces cuando Javier Aroca lanzó la bomba que nadie esperaba. En pleno debate parlamentario, el ministro de Exteriores respondió a las insinuaciones del PP con una frase que incendió el hemiciclo:

“El expresidente Aznar aparece en los papeles de Epstein, y yo no vengo aquí a traer acusaciones”.

La referencia al caso Epstein —uno de los mayores escándalos sexuales y de corrupción de poder del siglo XXI— provocó un silencio incómodo. Porque a diferencia de las acusaciones contra Zapatero, la presencia de Aznar en determinados entornos y documentos relacionados con Epstein sí ha sido mencionada en investigaciones periodísticas internacionales.

La reacción fue inmediata: indignación en el PP, nerviosismo en Vox y un giro radical en el debate.

De repente, la pregunta dejó de ser “¿qué ha hecho Zapatero?” y pasó a ser:

¿Por qué nunca se habla de los negocios de Aznar, de sus lobbies, de sus relaciones internacionales?


Transparencia selectiva: solo para unos

El debate reveló una hipocresía estructural. La derecha exige transparencia absoluta a Zapatero, pero jamás aplica el mismo rasero a sus propios expresidentes.

Aznar ha trabajado para grandes multinacionales energéticas.
Felipe González ha asesorado a fondos privados.
Ambos han participado en consejos de administración y lobbies internacionales.

Sin embargo, solo Zapatero es señalado como “corrupto”.

Como resumió uno de los tertulianos:

“Si queremos transparencia, que sea para todos. No solo para el que molesta ideológicamente”.


Feijóo se mete en el barro: “Zapatero a sueldo de una dictadura”

Feijóo yêu cầu Puente từ chức vì Adamuz: "Chính phủ đã cung cấp cho chúng  ta đầy dữ liệu để làm chúng ta bối rối" : r/SpainPolitics

Lejos de moderar el discurso, Feijóo decidió doblar la apuesta. En un mitin, afirmó:

“Zapatero y Sánchez están a sueldo de una dictadura. La historia les juzgará”.

Una frase que muchos calificaron de irresponsable, incendiaria y profundamente antidemocrática. Porque ya no se trata de crítica política, sino de deslegitimar al adversario como enemigo del sistema.

Feijóo, que aspira a presidir el Gobierno de España, estaba utilizando exactamente el mismo lenguaje que la extrema derecha.

Y lo hacía sin pruebas, sin sumarios, sin jueces, sin sentencias.

Solo con palabras.


La burla generalizada: Feijóo, perdido y sin rumbo

La imagen de Feijóo salió muy tocada del episodio. No solo por sus declaraciones, sino por su actitud errática ante otros debates clave, como el choque entre Pedro Sánchez y Elon Musk.

Cuando se le preguntó por los ataques de Musk —que llamó “tirano” al presidente del Gobierno—, Feijóo respondió con una frase surrealista:

“No me voy a meter en los líos en los que se mete el señor Sánchez, le conteste quien le conteste”.

Ni siquiera supo pronunciar correctamente el nombre de Elon Musk, lo que provocó burlas inmediatas en redes y tertulias.

La sensación general fue demoledora: Feijóo no lidera, reacciona. No propone, esquiva. No confronta con argumentos, se refugia en la ambigüedad.


Vox se retrata: con Musk contra España

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El momento más grave llegó cuando Vox decidió alinearse abiertamente con Elon Musk contra el Gobierno español. Santiago Abascal llegó a afirmar que España vive bajo un “gobierno mafioso y tiránico”.

Mientras Musk acusaba a Sánchez de “sucio tirano”, Vox lo aplaudía.

Y ahí fue cuando Javier Aroca lanzó la acusación más dura de toda la jornada:

“Ponerse del lado de un tirano antidemocrático contra tu propio país solo tiene un nombre: traición”.

Una palabra que resonó con fuerza: traición.

No a un partido.
No a un gobierno.
Sino a los intereses democráticos de España.


Elon Musk y el miedo de la tecnocasta

El conflicto con Musk no es anecdótico. El Gobierno anunció medidas para prohibir el acceso de menores de 16 años a redes sociales y exigir responsabilidad legal a las plataformas por delitos de odio, acoso y manipulación.

Eso puso nerviosos a los grandes magnates tecnológicos.

Porque por primera vez, un Estado europeo plantea que las redes sociales no pueden ser territorios sin ley.

Como explicó uno de los analistas:

“Musk y la tecnocasta están nerviosos porque se les acaba la impunidad. Ya no pueden ganar miles de millones mientras permiten delitos en sus plataformas”.

Y lo más revelador: Vox se puso del lado de Musk.
El PP miró hacia otro lado.
Y Feijóo decidió no mojarse.


La fotografía final: democracia degradada

Lo ocurrido con Zapatero no es un episodio aislado. Es el síntoma de algo más profundo: una degradación brutal del discurso político.

Acusar sin pruebas.
Difamar sin consecuencias.
Sembrar sospechas como estrategia electoral.
Convertir expresidentes en enemigos internos.
Aliarse con magnates extranjeros contra tu propio país.

Todo eso forma parte ya del paisaje político español.

Como advirtió uno de los tertulianos:

“Si se atreven a hacer esto con un expresidente del Gobierno, ¿qué no harán con cualquier ciudadano anónimo?”

Cuando la política se convierte en fango

El caso Zapatero es mucho más que un choque de nombres propios. Es una advertencia democrática.

Hoy es Zapatero.
Mañana puede ser cualquier periodista.
Pasado, cualquier juez.
Después, cualquier ciudadano crítico.

Cuando la política sustituye las pruebas por insultos, y la justicia por titulares, lo que se erosiona no es la reputación de una persona, sino la credibilidad de todo el sistema.

Y en ese escenario, la pregunta ya no es quién gana la próxima elección.

La pregunta real es:
¿cuánta democracia queda cuando la mentira se convierte en estrategia?