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¡TENSIÓN MÁXIMA EN EL CONGRESO! SILVIA INTXAURRONDO DESMONTA EN DIRECTO EL ATAQUE DEL PP A Fernando Grande-Marlaska Y EL HEMICICLO ESTALLA ENTRE ABUCHEOS Y APLAUSOS

La mañana parlamentaria que debía ser una sesión de control más terminó convertida en un auténtico terremoto político y mediático. Lo que ocurrió en el hemiciclo del Congreso de los Diputados no solo dejó imágenes de máxima tensión entre el Gobierno y el Partido Popular, sino que, minutos después, tuvo una segunda vida en televisión, donde la periodista Silvia Intxaurrondo analizó en directo el enfrentamiento y puso el foco en un elemento clave: los límites legales de lo que se puede decir dentro y fuera del Parlamento.

Todo comenzó con un abucheo que obligó a interrumpir la programación informativa. Desde el Congreso, el periodista Nicolás informaba en directo de lo que acababa de suceder en el hemiciclo: tras un duro intercambio, se escucharon gritos de dimisión dirigidos al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, coreados desde la bancada popular. La reacción no se hizo esperar: los diputados del Gobierno respondieron con aplausos cerrados en respaldo a su ministro, generando un clima de máxima tensión que se prolongó durante varios minutos.

La escena fue descrita como un choque frontal entre la diputada del Partido Popular, Miriam Guardiola, y el titular de Interior. Guardiola tomó la palabra con un tono extremadamente duro, exigiendo la dimisión inmediata del ministro. Sus acusaciones fueron directas y demoledoras: le reprochó haber permitido que un presunto agresor sexual, el entonces número dos de la Policía Nacional, permaneciera en su cargo. Le acusó de conocer los hechos y de haberlos ocultado hasta que salieron a la luz pública.

Silvia Intxaurrondo, poder blando

El hemiciclo escuchó afirmaciones gravísimas: presunta agresión sexual con penetración, coacciones, malversación, lesiones psíquicas y abuso de superioridad. La diputada sostuvo que el ministro había tapado la situación y solo había reaccionado cuando los hechos se hicieron públicos. El tono fue tan contundente que la Presidencia tuvo que pedir silencio en varias ocasiones, incluso llamando la atención a diputados que golpeaban el mobiliario.

La intervención de Guardiola no se limitó a este caso concreto. Extendió sus críticas al conjunto del Gobierno, enumerando otros escándalos y señalando una supuesta cultura de encubrimiento. El mensaje era claro: Marlaska no podía continuar ni un minuto más al frente del Ministerio del Interior.

Cuando el ministro tomó la palabra, el ambiente era eléctrico. Desde el primer momento, dejó claro que no iba a aceptar lo que calificó como calumnias. Reconoció la extrema gravedad de los hechos denunciados por la víctima y explicó que, en cuanto tuvo conocimiento de ellos, exigió la renuncia del director adjunto operativo. Insistió en que no había tenido información previa y que actuó con contundencia en cuanto supo lo sucedido.

El momento más impactante llegó cuando lanzó un desafío directo a la oposición: les instó a repetir fuera del hemiciclo las acusaciones vertidas dentro. “Digan fuera de este hemiciclo que el ministro del Interior conocía los hechos y que no actuó, porque entonces nos veremos en otras instancias”, advirtió. Fue una frase cargada de intención jurídica.

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Y es ahí donde entra en juego la reflexión televisiva posterior. En el análisis en directo, Silvia Intxaurrondo subrayó un aspecto fundamental: la inviolabilidad parlamentaria. Explicó que los diputados pueden realizar determinadas afirmaciones dentro del hemiciclo sin exponerse automáticamente a acciones legales, ya que están protegidos por la inmunidad parlamentaria. Sin embargo, esa protección no se extiende fuera del Congreso.

El matiz no es menor. Dentro del Parlamento, las palabras forman parte del debate político y están amparadas por garantías constitucionales. Fuera, las mismas acusaciones podrían tener consecuencias jurídicas si se consideran calumnias o injurias. Intxaurrondo destacó que el ministro, magistrado de carrera, conoce perfectamente esos límites y por eso formuló el reto con tanta precisión: cruzar “la reja de los leones” y repetir las acusaciones fuera.

El debate mediático fue más allá del rifirrafe político. La periodista puso el foco en la víctima. Recordó que se trata de una agente de la Policía Nacional que, según la denuncia, habría sufrido una agresión sexual tras haber mantenido una relación con el alto mando policial. Tras la ruptura, y según su relato, los hechos se produjeron en una vivienda vinculada al Ministerio.

Uno de los detalles más estremecedores mencionados fue la baja psicológica de la agente y la retirada de su arma reglamentaria. En la Policía Nacional, cuando a un agente se le retira el armamento durante una baja, suele ser una medida preventiva ante un riesgo de daño personal. Esa información aportó una dimensión humana al caso que contrastaba con la bronca política.

El contraste era evidente: mientras en el Congreso se intercambiaban acusaciones, en televisión se recordaba que detrás del escándalo hay una persona concreta, una mujer que ha denunciado hechos extremadamente graves y que podría estar siguiendo el debate desde su casa, reviviendo el dolor a través del espectáculo político.

La intervención de Intxaurrondo fue calificada por algunos espectadores como un “repaso” a la diputada popular, no tanto por desacreditarla, sino por contextualizar jurídicamente la situación y evidenciar que el ministro había medido cada palabra. La periodista insistió en que la protección parlamentaria no es un cheque en blanco para lanzar acusaciones sin respaldo probatorio fuera de la Cámara.

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En términos políticos, el episodio deja varias lecturas. Para el PP, la estrategia fue clara: elevar el coste político del caso al máximo nivel y exigir responsabilidades directas al ministro. Para el Gobierno, la línea de defensa consistió en subrayar que actuó de inmediato y en denunciar que la oposición intenta utilizar un asunto extremadamente delicado como arma arrojadiza.

El choque refleja, una vez más, el grado de polarización que atraviesa la política española. Las sesiones de control se han convertido en escenarios de confrontación total, donde el objetivo no es tanto persuadir al adversario como marcar posición ante la opinión pública y generar impacto mediático.

El uso de términos como “cobarde”, “encubridor” o “miserable” eleva el tono hasta niveles que tensan las costuras institucionales. La Presidencia tuvo que recordar a los diputados la necesidad de respetar el mobiliario y la imagen de la institución, una llamada de atención que ilustra el clima de crispación.

Pero más allá del espectáculo, hay cuestiones de fondo que no pueden perderse de vista: la protección de las víctimas, la transparencia en la gestión de denuncias dentro de cuerpos policiales, la responsabilidad política ante hechos de extrema gravedad y el respeto a las garantías procesales.

El ministro defendió que no se puede poner en tela de juicio el compromiso de la Policía Nacional en la lucha contra la violencia contra las mujeres por la conducta presuntamente delictiva de un alto cargo. Insistió en que el caso debe investigarse judicialmente y que cualquier intento de generalización es injusto.

La oposición, por su parte, sostiene que la responsabilidad política va más allá de la penal y que un ministro debe asumir consecuencias si se demuestra que hubo fallos en la cadena de mando o en los mecanismos de supervisión.

En el terreno mediático, la intervención de Silvia Intxaurrondo marcó la diferencia al introducir un análisis jurídico en medio del ruido político. Recordó que el hemiciclo es un espacio protegido, pero no una burbuja aislada del Estado de derecho. Y que las palabras, según dónde se pronuncien, tienen consecuencias distintas.

El episodio también abre un debate sobre el uso de casos judiciales en el enfrentamiento partidista. Cuando se trata de delitos tan graves como una presunta agresión sexual, el equilibrio entre la exigencia de responsabilidades y el respeto a la presunción de inocencia se vuelve especialmente delicado.

Al final de la jornada, lo que quedó fue la imagen de un Congreso dividido, de un ministro desafiando a la oposición a repetir sus acusaciones fuera del paraguas parlamentario y de una periodista recordando, en directo, que el Estado de derecho no termina en la puerta del hemiciclo.

La tormenta política no parece que vaya a amainar pronto. Las investigaciones judiciales seguirán su curso, la oposición continuará presionando y el Gobierno mantendrá su línea de defensa. Mientras tanto, la opinión pública asiste a un nuevo episodio de máxima tensión institucional, donde se cruzan política, justicia y medios de comunicación en una mezcla explosiva.

Y en el centro de todo, una pregunta que trasciende la bronca: cómo garantizar que la verdad judicial prevalezca, que las víctimas reciban protección y que el debate político no convierta el dolor en espectáculo. Esa es la verdadera prueba para las instituciones y para quienes las representan.