
La continuidad de Keir Starmer al frente del Gobierno británico vuelve a situarse en el centro del huracán político. En menos de 24 horas, dos dimisiones de alto nivel dentro de su equipo han reabierto el debate sobre su liderazgo, mientras crecen las voces críticas dentro del Partido Laborista por el escándalo relacionado con los archivos del delincuente sexual convicto Jeffrestein, un caso que ha terminado salpicando directamente al exembajador Peter Mandelson, recientemente designado como jefe de la embajada del Reino Unido en Washington.
El episodio ha provocado una auténtica tormenta en Downing Street. La oposición habla ya de “crisis institucional”, mientras que sectores del propio laborismo reconocen en privado que el Ejecutivo atraviesa uno de sus momentos más delicados desde la llegada de Starmer al poder.
Dimisiones que elevan la presión
El primer golpe llegó con la renuncia de Tin Alan, director de comunicación del primer ministro, quien abandonó el cargo alegando que el actual liderazgo se estaba convirtiendo en “una distracción permanente del trabajo positivo del Partido Laborista en todo el país”. Apenas unas horas después, se confirmaba la salida de Morgan McWinny, jefe de gabinete de Starmer, que asumió públicamente su responsabilidad por haber respaldado el nombramiento de Mandelson como embajador en Estados Unidos.
En una carta dirigida al primer ministro, McWinny reconoció que la designación había sido “un error político grave” en un contexto especialmente sensible, y admitió que su continuidad en el cargo se había vuelto “insostenible”.
Estas dos dimisiones consecutivas no solo debilitan el núcleo duro del Ejecutivo, sino que refuerzan la sensación de que el Gobierno ha perdido el control del relato político.
El escándalo que no deja de crecer
En el centro de la polémica se encuentran los archivos vinculados a Jeffrestein, un delincuente sexual convicto cuyas conexiones con figuras influyentes han vuelto a emerger en la agenda mediática. La filtración de documentos que apuntan a una relación indirecta con Mandelson ha sido suficiente para provocar una ola de indignación dentro y fuera del Parlamento.
Aunque Mandelson ha negado cualquier implicación directa, el daño reputacional ya está hecho. Para muchos diputados laboristas, su nombramiento como embajador en Washington se ha convertido en un símbolo de mala gestión política y de falta de sensibilidad ante un tema extremadamente delicado.
Rebelión interna en el Partido Laborista
La crisis alcanzó un nuevo nivel cuando Anasar World, líder del Partido Laborista escocés, pidió públicamente la dimisión de Starmer. En un mensaje contundente, afirmó que “el liderazgo actual ya no garantiza estabilidad ni credibilidad” y que el primer ministro debía “dar un paso al lado por el bien del partido y del país”.
World no es una figura marginal. Su voz representa a una parte significativa del laborismo territorial, especialmente en Escocia, donde el desgaste del Gobierno central empieza a reflejarse en las encuestas.
Starmer se niega a dimitir
Frente a la creciente presión, Keir Starmer ha optado por resistir. Durante una reunión a puerta cerrada con representantes de su formación en el Parlamento británico, dejó claro que no tiene intención de renunciar.
“Después de haber luchado tanto por la oportunidad de cambiar esta nación, no estoy dispuesto a abandonar ahora ni a sumir al país en el caos”, habría afirmado, según fuentes presentes en el encuentro.
Starmer insiste en que su responsabilidad es garantizar la estabilidad institucional y continuar con la agenda de reformas que prometió al llegar al poder. En su entorno defienden que dimitir en este momento sería “ceder al ruido mediático” y entregar una victoria política a sus adversarios.
Downing Street, en modo crisis
Sin embargo, la realidad es que Downing Street se ha convertido en un campo de tensión permanente. La dimisión de dos figuras clave en menos de un día ha dejado al primer ministro políticamente aislado, mientras los medios británicos hablan ya de “liderazgo erosionado” y “Gobierno en modo supervivencia”.
Algunos analistas señalan que Starmer se enfrenta a un dilema clásico: resistir puede demostrar fortaleza, pero también puede prolongar una agonía política que termine debilitando aún más su autoridad.
Un futuro incierto
Por ahora, Starmer sigue en el cargo. Pero el escándalo Mandelson, las conexiones con el caso Jeffrestein y la rebelión interna dentro del Partido Laborista han abierto una grieta difícil de cerrar.
Lo que comenzó como una polémica puntual se ha transformado en una crisis estructural. Y en el corazón de esa tormenta se encuentra un primer ministro que, aunque se niega a dimitir, cada vez gobierna con menos margen, menos aliados y más dudas sobre su futuro político.
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