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TVE SUELTA EL ARMA SECRETA QUE SACUDE A VOX Y DEJA A ABASCAL CONTRA LAS CUERDAS

La escena fue tan inesperada como demoledora. En pleno prime time, en una mesa aparentemente rutinaria de debate político en TVE, una concatenación de intervenciones terminó convirtiéndose en lo que muchos ya describen como un punto de inflexión mediático contra Vox. No hubo gritos, no hubo insultos, no hubo espectáculo burdo. Hubo algo mucho más peligroso: datos, memoria y contradicción expuesta en directo.

Lo que se vivió no fue un simple rifirrafe televisivo. Fue una radiografía incómoda del papel de Vox en el sistema político español, de su relación ambigua con el Partido Popular y de cómo, poco a poco, su discurso ha sido normalizado hasta volverse casi invisible… justo cuando empieza a mostrar sus grietas más profundas.

El primer disparo: Bildu, Vox y una comparación que incendia el plató

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Todo comenzó con una frase que cayó como una bomba: «Bildu hoy es más democrático que Vox». La afirmación, pronunciada sin titubeos por una voz autorizada que hablaba desde la experiencia personal —persecución directa de ETA incluida—, dejó el plató en silencio durante unos segundos que parecieron eternos.

No era una provocación gratuita. Era una acusación directa al corazón del relato conservador: la idea de que Vox representa una defensa legítima del orden constitucional frente a los “enemigos de España”. De pronto, la ecuación se invertía. Y la pregunta quedaba flotando en el aire: ¿con quién está dispuesto a caminar Feijóo en unas elecciones generales?

La negativa del líder del PP a establecer un cordón sanitario a Vox, mientras sí lo plantea contra Bildu, fue señalada como un error histórico. No solo estratégico, sino moral. Porque —según se argumentó— no se puede blanquear a quien vota sistemáticamente contra pilares básicos del Estado social y democrático.

La lista que nadie en Vox quiere escuchar

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Entonces llegó el momento más incómodo. Uno a uno, se fueron enumerando los votos de Vox en el Congreso:

En contra de la reforma laboral.
En contra de la subida de las pensiones.
En contra del Ingreso Mínimo Vital.
En contra de la reducción de la jornada laboral.
En contra de la ley de vivienda.
En contra de los derechos LGTBI y de las personas trans.
En contra del derecho al aborto y de la eutanasia.
En contra de la revalorización del salario mínimo.

La enumeración no buscaba aplausos. Buscaba algo mucho más devastador: romper la imagen de Vox como defensor del “español de a pie”. Porque, ¿cómo se sostiene ese relato cuando el partido vota sistemáticamente contra las medidas que afectan directamente a pensionistas, trabajadores precarios y jóvenes?

El blanqueamiento: la gran responsabilidad del PP

La conversación giró entonces hacia una cuestión clave: ¿por qué Vox sigue creciendo?. La respuesta fue tan incómoda como clara para muchos analistas: porque ha sido blanqueado.

Blanqueado en tertulias, blanqueado en pactos autonómicos, blanqueado en ayuntamientos, blanqueado cuando se le ha tratado como un partido “más” dentro del arco parlamentario. El Partido Popular, según esta tesis, no solo no frenó a Vox, sino que lo legitimó como socio.

El resultado es un monstruo político que ya no asusta. Y cuando el miedo deja de funcionar como herramienta electoral, la extrema derecha encuentra el terreno perfecto para crecer.

¿Un fin de ciclo? El PSOE, Vox y la paradoja del ascenso

Spanish PM's Socialist party slips in poll as graft scandal takes toll |  Reuters

No todos en la mesa compartían el mismo diagnóstico. Hubo quien defendió que estamos ante un fin de ciclo del PSOE, marcado por la corrupción, la crisis de la vivienda y la fatiga de gobierno. Y que, en ese contexto, el ascenso de Vox no perjudica tanto a Sánchez como al propio Feijóo.

La paradoja es inquietante: cuanto más sube Vox, más difícil le resulta al PP construir una mayoría viable. Y mientras tanto, el PSOE puede seguir utilizando el miedo a la extrema derecha como último dique de contención electoral.

Pero esa estrategia tiene fecha de caducidad. Porque el discurso del “que viene el lobo” ya no moviliza como antes. Vox ya no es una amenaza futura: es una realidad institucional.

El voto del cabreo y la desafección democrática

Uno de los análisis más lúcidos de la noche apuntó al corazón del problema: Vox no crece solo por lo que dice, sino por lo que otros no han sabido hacer.

Corrupción, falta de ejemplaridad, promesas incumplidas de regeneración democrática. Todo eso alimenta un voto de hartazgo que ya no se canaliza hacia la izquierda alternativa, como ocurrió hace una década, sino hacia la extrema derecha.

Vox se ha convertido en el contenedor del cabreo. Del rechazo al bipartidismo. De la frustración con un sistema que muchos perciben como cerrado, ineficaz y ajeno a sus problemas reales.

Abascal contra todos: la estrategia del empate moral

En este contexto, Santiago Abascal ha optado por una estrategia arriesgada: equiparar al PP y al PSOE, presentándose como la única alternativa “pura” frente a un sistema corrupto en bloque.

No es casual. Vox sabe que su crecimiento pasa por erosionar al Partido Popular, devorarlo desde dentro, absorber su electorado más radicalizado y dejar a Feijóo atrapado entre dos fuegos: pactar con Vox o perder poder territorial.

El misil de TVE: cuando el relato se rompe

Lo verdaderamente relevante de lo ocurrido en TVE no fue una frase concreta, ni un enfrentamiento puntual. Fue algo más profundo: la ruptura del relato.

Por primera vez en mucho tiempo, Vox no fue atacado desde la caricatura, sino desde la coherencia interna de su discurso. No se le acusó de fascismo de forma genérica. Se le confrontó con sus propios votos, con sus propias contradicciones y con las consecuencias reales de sus propuestas.

Y eso, en televisión pública y en horario de máxima audiencia, es dinamita política.

Epílogo: una advertencia que nadie debería ignorar

El ascenso de Vox no es un fenómeno aislado ni exclusivamente español. Forma parte de una ola internacional de extrema derecha que se alimenta del desencanto democrático. Pero normalizarla, justificarla o utilizarla como arma arrojadiza entre partidos tradicionales puede tener un coste altísimo.

La democracia no se erosiona de golpe. Se desgasta poco a poco, entre silencios, pactos tácticos y discursos que dejan de incomodar. Lo ocurrido en TVE fue, quizás, un raro momento de lucidez colectiva. Una advertencia lanzada en directo.

La pregunta ahora es si alguien, fuera del plató, está realmente dispuesto a escucharla.