Adamuz, el accidente que cruzó fronteras
El accidente ferroviario de Adamuz no fue solo una tragedia nacional. En cuestión de horas, se convirtió en un asunto europeo. Lo que estaba en juego ya no era únicamente la seguridad de una infraestructura o la investigación técnica sobre un fallo en un raíl, sino algo mucho más profundo: la credibilidad de España como Estado moderno, la fiabilidad de su sistema público y, sobre todo, el uso político del miedo.
Cuando un corresponsal de la televisión pública francesa intervino en un debate internacional y desmontó uno por uno los argumentos lanzados por Alberto Núñez Feijóo y el Partido Popular, en Génova saltaron todas las alarmas. Porque por primera vez, el relato de la derecha española no solo estaba siendo cuestionado en casa, sino expuesto como un bulo en el escaparate europeo.
La palabra que empezó a circular en los despachos fue clara: “bochorno”.
El bulo que Feijóo quiso exportar

Desde las primeras horas tras el accidente, la estrategia del Partido Popular fue la habitual en cualquier crisis: sembrar sospecha, hablar de ocultación, insinuar corrupción, cuestionar la transparencia y, sobre todo, instalar miedo.
Feijóo y sus portavoces repitieron una idea que caló rápidamente en redes sociales y tertulias afines:
“No hay dinero para el tren de Extremadura, pero sí 750 millones para Marruecos”.
El mensaje era potente, emocional, sencillo… y falso.
La derecha no estaba discutiendo un modelo ferroviario ni una política industrial. Estaba construyendo una narrativa: España abandona a sus ciudadanos mientras regala su dinero al extranjero.
Una narrativa que el corresponsal francés se encargó de pulverizar en directo.
La intervención que hizo temblar a Génova
Durante una conexión con una televisión francesa de gran audiencia, el periodista explicó algo que en España apenas se estaba contando:
España no había regalado ni un solo euro a Marruecos, Egipto o Uzbekistán.
Lo que había aprobado eran créditos reembolsables condicionados a que los contratos los ganaran empresas españolas.
El mecanismo se llama FIEM (Fondo para la Internacionalización de la Empresa) y existe desde hace décadas, también bajo gobiernos del PP.
Los datos eran demoledores:
2019: dos créditos por 247 millones de euros.
Marruecos: 190 millones → los ganó la francesa Alstom → España no pagó nada.
Uzbekistán: 57,5 millones → los ganó Talgo → España sí financió, porque la empresa era española.
2024: 228 millones para el metro de El Cairo → beneficiaria CAF, empresa española.
2016 (con el PP): 174 millones para el metro de Quito → también para CAF.
El corresponsal fue contundente:
“España no financia países, financia exportaciones españolas. El dinero no va a Marruecos o Egipto: va a Talgo, CAF o empresas españolas que crean empleo en España”.
En ese instante, la narrativa de Feijóo se vino abajo ante una audiencia europea.
Cuando el miedo se vuelve contra quien lo fabrica
Lo que más inquietó al PP no fue la corrección técnica, sino el efecto político.
Porque el relato de “España es un país inseguro, mal gestionado y opaco” había sido diseñado para consumo interno. Para erosionar al Gobierno, desgastar a Óscar Puente y alimentar una sensación de caos.
Pero exportarlo a Europa es otra cosa.
Ahí ya no es una batalla partidista: es la imagen internacional de España.
Y cuando un periodista francés desmonta en directo los bulos de Feijóo, lo que queda es una derecha española retratada como irresponsable, exagerada y dispuesta a sacrificar la reputación del país con tal de hacer oposición.
Óscar Puente, de objetivo político a figura defendida en Europa
El ministro de Transportes había sido el blanco principal desde el primer momento.
Se le acusó de ocultar información, de mentir, de minimizar el accidente, de proteger intereses oscuros
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