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La política española no entiende de treguas, ni siquiera en Navidad. Mientras una parte del país desconecta, otra se enzarza en una batalla feroz que ya no se libra solo en el Parlamento o en los tribunales, sino en las redes sociales, en los platós y en los titulares. El último episodio de esta guerra cultural tiene nombres propios: Óscar Puente, Paco Maruenda y Jorge Azcón. Y un escenario claro: el choque frontal entre el Gobierno y la derecha mediática.
Lo que empezó como una crítica a la estrategia comunicativa de Pedro Sánchez terminó convirtiéndose en un “trabucazo” político de grandes dimensiones. Un disparo directo, sin silenciador, que ha hecho rabiar a buena parte del ecosistema conservador y ha sido aplaudido por voces progresistas como Antonio Maestre, que no dudaron en celebrar la contundencia del ministro.
El origen del incendio: Moncloa entra en TikTok
La chispa fue aparentemente menor: un vídeo de Pedro Sánchez enseñando algunas estancias del Palacio de la Moncloa en TikTok, con un tono cercano, ligero y claramente dirigido a un público joven. Un “house tour” institucional que rompía con la solemnidad clásica del cargo y que, en cuestión de horas, acumuló miles de visualizaciones y comentarios.
Para algunos, una maniobra inteligente de comunicación política adaptada a los tiempos. Para otros, una frivolización inadmisible de la institución. Paco Maruenda, director de La Razón, llevó el asunto a portada, criticando duramente el formato y el mensaje. Y ahí entró Óscar Puente.
Puente dispara: ironía, sarcasmo y ataque directo
El ministro de Transportes no se limitó a una respuesta técnica o institucional. Eligió el terreno que mejor domina: las redes sociales. Y desde ahí lanzó un mensaje demoledor, cargado de ironía y sarcasmo, en el que calificó a Maruenda como “el facha más paleto de España”.
El término, tan provocador como calculado, actuó como gasolina sobre el fuego. En minutos, la derecha mediática cerró filas en defensa del periodista, denunciando el “nivel” de un ministro que, según ellos, no debería insultar desde un cargo público. Pero el daño ya estaba hecho: el foco se desplazó de la crítica al vídeo de Sánchez al debate sobre el tono, el clasismo y la hipocresía de ciertos discursos.
Azcón entra en escena y Puente remata
Como si el enfrentamiento necesitara un segundo acto, el presidente de Aragón, Jorge Azcón, acusó al Gobierno de polarizar el país tras las elecciones generales. Fue entonces cuando Puente volvió a intervenir, desmontando el argumento con una enumeración demoledora de los insultos que desde la derecha se han dirigido durante años a Pedro Sánchez: felón, traidor, mafioso, ilegítimo, dictador.
El mensaje era claro: ¿quién polariza realmente? ¿El que intenta comunicarse con los jóvenes en TikTok o quienes llevan años construyendo un discurso de deslegitimación permanente del Gobierno?
Maruenda responde: victimismo y currículo
La reacción de Paco Maruenda no se hizo esperar. En plató, adoptó un tono entre indignado y paternalista. Dijo sentir “pena” por que un ministro de España reaccionara así ante una portada. Recordó sus vínculos con Moncloa, sus amistades políticas y su trayectoria académica, llegando incluso a detallar su currículo para subrayar que no era ni “paleto” ni “facha”.
Pero su discurso dejó entrever algo más profundo: una incomodidad creciente ante un Gobierno que ya no esquiva el choque, que no se limita a comunicados asépticos y que responde en el mismo terreno donde se libra hoy la batalla por la opinión pública.
La guerra por los jóvenes
Detrás del ruido, hay una cuestión estratégica de fondo: el voto joven. Todos los partidos saben que buena parte de la generación que hoy se informa a través de TikTok, Instagram o X está fuera del alcance de los medios tradicionales. Y quien domine ese espacio, dominará parte del futuro político.
Alberto Núñez Feijóo criticó duramente esta estrategia, acusando al Gobierno de frivolizar mientras los jóvenes no pueden acceder a la vivienda, tienen empleos precarios y viven peor que sus padres. Un mensaje que conecta con una realidad social evidente, pero que choca con una paradoja: la derecha también ha explotado las redes, especialmente a través de Vox, con enorme eficacia emocional.
¿Humanización o exceso?
El debate se trasladó entonces a una cuestión clave: ¿hasta dónde puede llegar la “humanización” de un presidente del Gobierno? ¿Es legítimo mostrar tomas falsas, errores, momentos distendidos?
Algunos analistas reconocen que estas estrategias funcionan. Humanizan, generan cercanía y rompen la imagen distante del poder. Otros advierten del riesgo del exceso, de convertir la institución en espectáculo y diluir la gravedad del cargo.
Sin embargo, los datos son tozudos: visualizaciones, interacciones y alcance demuestran que el mensaje llega. Y en un ecosistema dominado por el algoritmo, eso importa.
Óscar Puente, el azote del bulo

Más allá del insulto concreto a Maruenda, incluso algunas voces críticas reconocen una cosa: la eficacia de Óscar Puente a la hora de desmontar bulos. Durante la pandemia, la DANA y otras crisis, el ministro ha utilizado sus redes para informar y contrarrestar desinformación.
El problema, señalan sus detractores, es el tono. Puente no siempre distingue entre la ironía y el insulto. Cruza líneas. Pero sus defensores sostienen que juega en un tablero donde la derecha lleva años golpeando sin complejos y que responder con guantes de seda sería ingenuo.
La derecha mediática, fuera de control
La reacción airada de ciertos medios conservadores revela una herida más profunda: la pérdida del monopolio del relato. Durante décadas, la agenda se marcaba desde periódicos, tertulias y editoriales. Hoy, un tuit de un ministro puede condicionar el debate nacional.
Eso incomoda. Y mucho.
De ahí la virulencia de las respuestas, el énfasis en la “institucionalidad” y la insistencia en el “nivel” cuando el ataque viene del otro lado. Una exigencia que rara vez se aplicó con el mismo rigor cuando los insultos se dirigían al presidente del Gobierno.
Política, algoritmo y guerra cultural
El episodio Puente–Maruenda no es una anécdota. Es un síntoma. La política española está atrapada en una guerra cultural permanente, amplificada por algoritmos que premian la polarización, el conflicto y la emoción extrema.
Los responsables públicos se ven obligados a entrar en ese terreno, aunque muchos lo hagan a disgusto. Y mientras no exista una regulación eficaz de las plataformas, el combate seguirá librándose ahí.
Epílogo: el precio del ruido
La pregunta final no es quién ganó este asalto concreto, sino qué precio está pagando la democracia. ¿Es inevitable esta dinámica? ¿O estamos normalizando un nivel de confrontación que acaba devorándolo todo?
De momento, lo único claro es que Óscar Puente ha vuelto a disparar, la derecha mediática ha vuelto a rabiar y el país sigue asistiendo, casi sin descanso, a una batalla donde cada tuit cuenta más que mil discursos.
Y esto, lejos de terminar, acaba de empezar
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