
El testigo que “tiró de la manta” y el hilo que conduce al corazón del poder
Hay momentos en la política en los que una declaración judicial no solo aporta información, sino que descoloca todo el relato oficial. Eso es lo que ha ocurrido en el conocido como caso FP, una investigación que comenzó como un asunto técnico sobre adjudicaciones administrativas y que, con el paso de los meses, ha ido transformándose en algo mucho más incómodo: una posible trama de responsabilidades que apunta directamente a altos cargos de la Comunidad de Madrid.
El detonante ha sido la declaración de varios imputados ante el juez, entre ellos Alfonso Mateos, exsubdirector de Formación Profesional, quien afirmó que él no tenía competencias reales para autorizar los gastos relacionados con las obras en una docena de centros educativos. Según su testimonio, esas decisiones dependían de una cadena de mando superior: la Dirección General de Infraestructuras, la Consejería de Educación y, en última instancia, los máximos responsables políticos.
La consecuencia es evidente: si quienes firmaron o ejecutaron las obras no tenían capacidad legal para hacerlo, alguien más arriba tuvo que dar las órdenes.
Y ahí es donde empieza el verdadero problema político.
El nombre que se repite en todas las preguntas: Manuel Bautista
En medio de este escenario aparece un nombre que se ha convertido en una constante incómoda: Manuel Bautista, actual alcalde de Móstoles. Un dirigente que no llegó a la alcaldía por un proceso orgánico interno, sino como un candidato impuesto directamente desde el entorno de Isabel Díaz Ayuso.
Bautista no era un militante local con trayectoria municipal. Llegó a Móstoles como un “paracaidista político” desde la Consejería de Educación, donde ocupaba un cargo relevante como viceconsejero. Es decir, formaba parte del mismo entramado administrativo que hoy está siendo investigado por un juzgado de instrucción.
La pregunta que muchos periodistas y analistas se hacen es sencilla, pero demoledora:
¿por qué el PP de Madrid protege con tanto ahínco a Manuel Bautista?
La respuesta más repetida en los pasillos políticos es también la más inquietante: porque Bautista forma parte del núcleo duro de Ayuso, una persona de absoluta confianza, colocada contra la opinión de las bases locales y defendida incluso cuando las sospechas judiciales empiezan a acumularse.
Las obras sin concurso y el mecanismo de los contratos troceados
El elemento técnico del caso es, en realidad, el más revelador. Según las informaciones publicadas por varios medios, entre ellos eldiario.es, en 2022 el Gobierno de la Comunidad de Madrid reformó al menos cinco centros educativos sin concurso público, utilizando el mecanismo de los contratos menores.
Este sistema, legal en teoría, permite adjudicar obras de bajo importe sin licitación. El problema surge cuando se trocean facturas de una misma obra para evitar superar el límite legal, una práctica que los expertos en derecho administrativo consideran una forma de burlar la ley.
No se trata de un error puntual, sino de un patrón: varias reformas, varios centros, mismo procedimiento. Todo bajo la estructura de la Consejería de Educación, en una etapa en la que Manuel Bautista ocupaba un cargo clave.
De ahí la sospecha central del caso:
no estamos ante simples irregularidades administrativas, sino ante un modus operandi.
La cadena de mando que apunta hacia arriba
La abogada de Comisiones Obreras, María Eugenia Alcántara, que ejerce la acusación popular, lo explicó con claridad ante los medios:
las competencias para implantar ciclos de FP y ejecutar obras no recaen en técnicos intermedios, sino en los máximos responsables de la Consejería.
En concreto, se ha señalado a:
La Dirección General de Infraestructuras.
La Dirección de Área Territorial.
Los interventores de la Consejería y de la Comunidad.
Y, finalmente, al consejero de Educación de la legislatura pasada, Enrique Osorio, junto a su mano derecha, Rocío Albert, actual consejera de Hacienda.
Lo que se está pidiendo ahora es que toda esa cadena de mando declare ante el juez. Si eso ocurre, el caso dejará de ser un problema técnico para convertirse en un escándalo político de primer nivel.
Ayuso, el silencio y la estrategia de defensa
Isabel Díaz Ayuso ha optado por una estrategia clara: minimizar el caso, desacreditar a las víctimas y convertir la investigación en una guerra política.
Su discurso se apoya en tres ejes:
Negar que haya pruebas concluyentes.
Presentar las acusaciones como una campaña contra el PP.
Repetir que “todo se resolverá en los tribunales”.
El problema de esta estrategia es que choca frontalmente con su actitud en otros casos, especialmente cuando los escándalos afectan al PSOE. Entonces, la presunción de inocencia desaparece, las dimisiones se exigen de inmediato y la palabra “víctima” se convierte en bandera política.
Este doble rasero ha sido duramente criticado incluso por sectores moderados de la prensa. Porque el mensaje implícito es demoledor:
si el acusado es de mi partido, es una mentira; si es del otro, es culpable antes de juzgar.
El caso Nebenca y el fantasma que vuelve
Para muchos analistas, lo ocurrido recuerda inevitablemente al caso Nevenka, uno de los primeros grandes escándalos de acoso político en España. Entonces, el PP también reaccionó desacreditando a la víctima y protegiendo al agresor.
Veinte años después, el patrón parece repetirse:
cuando la denuncia afecta al poder propio, se pone en duda la credibilidad de quien habla.
El mensaje es peligroso no solo para la democracia, sino para la cultura política: se transmite la idea de que solo existe verdad si hay sentencia, como si todo lo demás —testimonios, indicios, investigaciones— no tuviera valor.
Formación Profesional: el modelo que no encaja con la realidad
Mientras tanto, Ayuso sigue presumiendo públicamente de su “modelo de FP”, presentándolo como un ejemplo de modernización educativa. Sin embargo, la realidad que describen estudiantes, profesores y sindicatos es muy distinta:
Faltan plazas.
No hay suficientes prácticas.
Muchos centros carecen de infraestructuras básicas.
Y ahora, además, aparecen indicios de corrupción en las adjudicaciones.
La Formación Profesional, que debería ser una herramienta de igualdad social, empieza a parecerse más a una red clientelar, donde las decisiones no se toman por criterios pedagógicos, sino por intereses políticos y empresariales.
El doble discurso sobre el acoso
Uno de los aspectos más explosivos del caso no es solo la corrupción, sino el discurso del PP sobre el acoso. Cuando los casos afectan a la izquierda, el Partido Popular exige responsabilidades inmediatas y se presenta como defensor del feminismo.
Pero cuando el problema surge dentro de sus propias filas, el discurso cambia radicalmente:
Se cuestiona a la víctima.
Se habla de denuncias “fabricadas”.
Se minimiza el impacto.
Y se pide silencio hasta que haya sentencia.
La frase que resume esta actitud ha circulado en redes con enorme fuerza:
“Calladita estás más guapa. Y si el agresor es de mi partido, ya veremos si te creo.”
Feijóo y la aprobación tácita
Alberto Núñez Feijóo, líder nacional del PP, no ha desautorizado públicamente la estrategia de Ayuso. Al contrario: su silencio se interpreta como una aprobación tácita de esta forma de actuar.
Esto coloca al PP en una posición extremadamente delicada: un partido que se presenta como alternativa de gobierno, pero que reproduce patrones de protección interna, negación de responsabilidades y ataque a las víctimas.
Lo que realmente está en juego
Más allá de nombres concretos, el caso de Móstoles y el escándalo de la FP plantean una pregunta mucho más profunda:
¿hasta qué punto el poder político en Madrid funciona como una red cerrada, donde los cargos se protegen entre sí y las instituciones se utilizan para beneficio interno?
No se trata solo de si hubo corrupción, sino de algo más estructural:
La colonización de la administración.
El uso de contratos públicos como herramienta política.
La conversión de la educación en negocio.
Y la normalización del descrédito hacia quienes denuncian.
Un relato que empieza a resquebrajarse
Durante años, Ayuso ha construido una imagen de liderazgo fuerte, desafiante, casi intocable. Pero el caso FP introduce una grieta peligrosa: ya no es solo una cuestión ideológica, sino una investigación judicial con nombres, fechas y responsabilidades concretas.
Y lo más inquietante para el PP no es lo que ya se sabe, sino lo que aún puede salir.
Porque cuando un testigo “tira de la manta”, el problema no es la primera verdad…
es todo lo que viene detrás.
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