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Génova en pánico: Alsina dispara y el liderazgo de Feijóo entra en zona crítica

Lo que ocurrió en los micrófonos de Carlos Alsina no fue una simple crítica periodística. Fue una ejecución política en directo. Una de esas intervenciones que, sin necesidad de gritos ni consignas, dejan a un líder completamente desnudo frente a su propio relato. Y el líder señalado fue Alberto Núñez Feijóo.

Mientras en Génova se forzaban aplausos tras unos resultados electorales discretos, casi decepcionantes, Alsina puso palabras a lo que muchos dentro del Partido Popular piensan pero no se atreven a decir en voz alta: el PP ya no controla su destino, lo controla Vox.

Feijóo habla de responsabilidad, de que “gobierne el PP”, de que Sánchez se marche. Pero la realidad que emerge tras cada elección autonómica es otra muy distinta: el PP solo gobierna si Vox quiere.

La jugada que no salió

La estrategia de Feijóo era clara: crecer lo justo, sumar apoyos periféricos y evitar depender de la ultraderecha. Gobernar en minoría, vender una imagen de moderación, presentarse como alternativa “adulta”.

Pero la realidad fue un baño de agua fría.

En Aragón, el PP no solo no creció lo suficiente, sino que perdió escaños. El PAR quedó fuera. Aragón Existe se debilitó. Y el único socio posible volvió a ser el mismo de siempre: Vox.

La famosa carambola no salió.
Y cuando no sale, el tablero se vuelve brutalmente simple: o pactas con Vox o no gobiernas.

El problema no es Aragón: es el patrón

Lo inquietante no es un pacto concreto. Lo inquietante es la repetición sistemática:

Comunidad Valenciana → Vox entra en el gobierno.

Castilla y León → Vox entra en el gobierno.

Murcia → Vox entra en el gobierno.

Aragón → Vox fue vicepresidente.

Extremadura → Vox entró… y salió cuando quiso.

No es una excepción. Es una estructura de dependencia.

Como dijo Alsina con precisión quirúrgica:

“La desgracia del PP es que va a pasar lo que Vox quiera que pase”.

Y eso es letal para cualquier liderazgo.

De “no pactaré con Vox” a “hermanos para cambiar España”

Feijóo llegó prometiendo no depender de Vox. Hoy habla de ellos como “hermanos” para transformar el país. El giro no es táctico, es ideológico.

El discurso del PP se ha desplazado:

De la moderación al insulto.

De la institucionalidad a la retórica de mafia.

De la crítica política al lenguaje de guerra cultural.

“Sanchismo caerá golpe a golpe”.
“El gobierno es una mafia”.
“Viacrucis para Sánchez”.

No son frases de Vox. Son frases del PP de Feijóo.

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El cierre de campaña que lo dice todo

El punto de no retorno fue el cierre de campaña en Aragón, con personajes del entorno ultra, agitadores digitales, discursos radicales y una estética más cercana a la extrema derecha internacional que a la derecha liberal europea.

Ahí muchos dentro del propio PP empezaron a inquietarse. No por principios, sino por algo más simple y devastador: ni siquiera copiando a Vox están creciendo electoralmente.

El PP asume el ideario ultra… y aun así pierde votos.

La trampa es perfecta:

Si no pacta con Vox, no gobierna.

Si se parece a Vox, tampoco crece.

Feijóo, el líder sin margen

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Carlos Alsina lo resumió sin decirlo explícitamente: Feijóo ya no lidera, administra una derrota aplazada.

No controla su discurso.
No controla a sus barones.
No controla la agenda.
No controla a su socio imprescindible.

Y un líder sin control es lo peor que existe en política.

La moción de censura nunca llega porque obligaría a mostrar un proyecto. Y Feijóo no tiene proyecto propio: tiene un proyecto prestado por Vox.

El PP como antesala del gobierno de Vox

La pregunta final es incómoda pero inevitable:
Si el PP gobierna con el programa de Vox, con los discursos de Vox y con los socios de Vox… ¿para qué sirve el PP?

La respuesta que empieza a instalarse es brutal:
el PP ya no es alternativa al sanchismo, es la alfombra roja de la extrema derecha.

Y eso es exactamente lo que Carlos Alsina dejó al descubierto:
Feijóo no es el líder de una derecha moderada, es el intermediario de Vox en las instituciones.

No manda.
No decide.
No dirige.

Solo espera a que Vox le diga hasta dónde puede llegar.