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Desokupa “palante”, amenazas a Pablo Iglesias y la ofensiva ultra contra RTVE: la batalla por el control del relato

La escena no es una película distópica ni una serie de ficción política. Ocurre en la España de 2025. Un conocido activista de la extrema derecha, vinculado a la empresa Desokupa, lanza amenazas directas contra Pablo Iglesias en un vídeo público: “Te voy a pasar por encima. Vas a acabar en el hospital”. No es una metáfora. No es una ironía. Es una amenaza literal de violencia física.

Al mismo tiempo, periodistas de Radio Televisión Española (RTVE) sufren campañas de acoso, hostigamiento digital, pintadas, persecuciones físicas y amenazas constantes. La analista política Sara Santolaya ve su nombre vandalizado incluso en una tumba histórica, con un mensaje escalofriante: “Sara Santolaya RIP”.

Y mientras tanto, en el Congreso de los Diputados, representantes de Vox llaman “ocupas” a los trabajadores de la televisión pública, prometen entrar con “lanzallamas” o “motosierra” y anuncian que cuando gobiernen “expulsarán” a todos los que no compartan su ideología.

No es retórica parlamentaria. Es una estrategia política.

El nuevo objetivo de la extrema derecha: la televisión pública

Durante años, la extrema derecha española ha tenido un enemigo claro: Podemos, Pablo Iglesias, Irene Montero, el feminismo, los migrantes, el movimiento LGTBI. Pero desde hace meses, el foco se ha ampliado. El nuevo gran objetivo es RTVE.

¿Por qué? Porque la televisión pública se ha convertido, según sus propios detractores, en un “organismo vivo”. Porque informa, investiga, incomoda. Porque habla del caso Ayuso, del caso Quirón, del novio de la presidenta madrileña, de las causas judiciales, de los conflictos de intereses, de la corrupción, de las cloacas mediáticas.

En palabras de Ernesto Ekaizer:

“Atacan a RTVE porque refleja la realidad. Porque está viva. Porque ya no es una televisión muerta al servicio del poder”.

Y eso, para determinados sectores políticos, es inaceptable.

Las amenazas a Pablo Iglesias: no es un caso aislado

Après le triomphe de la droite à Madrid, Pablo Iglesias, chef de Podemos,  jette l'éponge - France 24

El episodio protagonizado por el líder de Desokupa no es una anécdota viral. Es el síntoma de algo más profundo. Pablo Iglesias lo explicó con claridad: no se trata de un tuitero cualquiera, sino de alguien con antecedentes por agresiones, un “profesional de la violencia”, que dirige grupos de matones a sueldo.

“No es una amenaza simbólica. Es alguien que se dedica a dar palizas. Y lo dice en público: que me va a mandar al hospital”.

Lo más grave no es solo la amenaza, sino la normalización de este tipo de discursos en redes sociales, medios privados y programas de máxima audiencia. Personajes que antes eran marginales hoy son tertulianos, influencers, invitados habituales en grandes cadenas.

La violencia se convierte en espectáculo.

De los ultras digitales a los ultras físicos

Lo que antes era acoso digital hoy es persecución real. Iglesias relató cómo Vito Quiles, acompañado de cinco neonazis encapuchados, intentó agredirle a la salida de un acto en Zaragoza. Cómo las juventudes de Vox vandalizaron la Taberna Garibaldi. Cómo los ataques se repiten de forma coordinada.

Luis Arroyo lo resumió con una frase demoledora:

“Estos tipos encienden una mecha. Y luego cualquier chalao puede pegarte un puñetazo o meterte un tiro”.

Ese es el verdadero riesgo: la radicalización convertida en clima social.

Sara Santolaya: cuando el periodismo se convierte en diana

El caso de Sara Santolaya marca un antes y un después. La periodista de RTVE no solo fue amenazada, sino seguida en coche, acosada durante semanas, señalada públicamente por cuentas ultras y finalmente convertida en símbolo del odio político.

Su nombre apareció pintado junto a una tumba histórica, acompañado de un “RIP”. Un mensaje inequívoco: muerte simbólica, intimidación, terror psicológico.

José Pablo López, presidente de RTVE, fue contundente:

“Esto no es casual. Es una campaña organizada de acoso contra periodistas”.

Y añadió algo clave: los ataques no son solo contra personas concretas, sino contra la propia idea de periodismo público independiente.

Vox y el discurso del “lanzallamas”

En una comparecencia parlamentaria, el diputado de Vox Manuel Mariscal acusó a RTVE de ser “el escaparate de la putrefacción del Gobierno” y prometió “expulsar a todos los ocupas”.

La respuesta de José Pablo López fue histórica:

“Me da la impresión de que a usted ya no le gustaría entrar con lanzallamas o motosierra, sino expulsar en caliente a todos los que no piensan como su partido”.

La comparación con las purgas ideológicas de regímenes autoritarios no fue casual. Fue precisa.

¿Pluralidad o purga?

La extrema derecha acusa a RTVE de falta de pluralidad. Pero basta observar la composición real de muchas tertulias en medios autonómicos gobernados por el PP: directores de El Mundo, La Razón, Objective, exdirigentes conservadores, columnistas ultras.

En Telemadrid, por ejemplo, una “mesa plural” puede estar formada por cuatro directores de medios conservadores y una presentadora afín.

Eso sí es hegemonía ideológica.

RTVE, en cambio, muestra perfiles diversos: periodistas críticos con el Gobierno, analistas de izquierdas, expertos técnicos, representantes de distintos sectores sociales.

Pepe Trigueros lo explicó así:

“Nunca he recibido consignas. Algunas veces opino a favor del Gobierno, otras en contra. Eso es pluralidad”.

VÍDEO] Ernesto Ekaizer: "Estat judicial vs. democràcia"

El verdadero problema: el control del relato

Lo que está en juego no es solo la seguridad de Pablo Iglesias o de Sara Santolaya. Es algo más profundo: el control del relato público.

Cada punto de audiencia que gana RTVE son millones de euros que pierden las televisiones privadas. Y muchas de esas televisiones están controladas por grandes grupos empresariales, fondos de inversión y oligarquías mediáticas.

Pablo Iglesias lo dijo sin rodeos:

“Los millonarios, los banqueros y los fondos de inversión no deberían ser propietarios de medios de comunicación. Eso va contra la democracia”.

Porque quien controla los medios controla el marco mental de la sociedad.

De Berlusconi a España: el modelo importado

El propio Iglesias recordó que personajes como Dani Esteve o Vito Quiles son productos de una televisión al estilo Berlusconi: espectáculo, odio, provocación, polarización extrema.

No es casual que Mediaset, controlada por la familia Berlusconi, sea una de las plataformas donde más se amplifican estos discursos.

El modelo es claro:

Convertir a ultras en celebrities.

Darles espacio mediático.

Normalizar la violencia verbal.

Trasladarla a la calle.

RTVE como último bastión democrático

En este contexto, RTVE se ha convertido en algo más que una televisión pública. Es, para muchos, uno de los últimos espacios donde aún se puede ejercer periodismo crítico sin depender directamente de intereses empresariales privados.

Por eso molesta.
Por eso atacan.
Por eso quieren ocuparla, expulsarla, destruirla.

José Pablo López lo expresó con claridad:

“Una televisión pública debe ser plural, sí, pero también debe ser democrática, antifascista y comprometida con los valores constitucionales”.

No neutral frente al odio.
No equidistante frente al fascismo.
No cómplice del silencio.

La paradoja: los que hablan de libertad son los que quieren censurar

La extrema derecha se presenta como defensora de la libertad de expresión. Pero sus propuestas reales son:

Expulsar periodistas.

Cerrar programas.

Purga ideológica.

Señalamiento público.

Criminalización del pensamiento crítico.

No quieren libertad de expresión.
Quieren libertad para imponer su discurso.

 

No es un conflicto mediático, es una batalla democrática

Lo que estamos viendo no es un simple enfrentamiento entre tertulianos. Es una batalla por el modelo de sociedad.

De un lado:

Periodismo.

Pluralidad.

Investigación.

Derechos democráticos.

Del otro:

Intimidación.

Amenazas.

Violencia simbólica y real.

Control del discurso.

Pablo Iglesias lo resumió con una frase que ya es casi un manifiesto:

“Para nosotros es un orgullo que nos amenacen. Significa que estamos haciendo algo bien”.

Pero para una democracia sana, que un periodista o un analista político tenga que sentirse orgulloso de ser amenazado no debería ser motivo de orgullo.

Debería ser motivo de alarma nacional.