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La detención forzada —o captura, según la versión estadounidense— de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión que va mucho más allá de Venezuela. No se trata únicamente del futuro inmediato del país caribeño ni del desenlace de una crisis política prolongada durante más de una década. Lo ocurrido abre una grieta profunda en el orden internacional y, de forma casi inmediata, se proyecta sobre la política española, donde la derecha y la ultraderecha han leído el movimiento de Washington como una oportunidad directa para erosionar al Gobierno de Pedro Sánchez.

Así lo resume el periodista y analista Ernesto Ekaizer: para Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, el golpe en Venezuela no es solo un acontecimiento internacional, sino un instrumento político interno. Una palanca desde la que reforzar el relato que vincula a Sánchez —y especialmente a José Luis Rodríguez Zapatero— con el chavismo, y desde la que se normaliza una intervención militar extranjera que quiebra los principios básicos del derecho internacional.

Una intervención sin precedentes claros

Estados Unidos ha reconocido que fuerzas bajo su mando entraron en territorio venezolano, bombardearon instalaciones militares y se llevaron al presidente del país. Más allá de los matices semánticos —detención, captura, secuestro—, el hecho central es incontestable: un Estado ha intervenido militarmente en otro, sin mandato internacional y sin autorización de Naciones Unidas.

Para Ekaizer, la gravedad del precedente es enorme. Durante décadas, Washington utilizó mecanismos indirectos —la CIA, operaciones encubiertas, apoyos a golpes internos— para influir en América Latina. Hoy, sin embargo, Donald Trump ha optado por una acción directa, personalista y exhibicionista, que se sitúa por encima del Congreso estadounidense y al margen de cualquier marco multilateral.

No es un gesto aislado. Llega después del genocidio en Gaza, de la erosión sistemática del derecho internacional humanitario y de la normalización de una política exterior basada en la fuerza. Venezuela se convierte así en un nuevo eslabón de una cadena que redefine las reglas del tablero global.

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El petróleo como trasfondo real

Trump ha sido explícito: el interés de Estados Unidos en Venezuela no son los derechos humanos. Son los más de 300.000 millones de barriles de petróleo que alberga el país, las mayores reservas del mundo. El paralelismo con Groenlandia, el Canal de Panamá o incluso Canadá no es casual. La lógica es la misma: control estratégico de recursos y territorios clave.

En este contexto, la figura de María Corina Machado emerge como pieza central. Para Ekaizer, no es solo una dirigente opositora, sino el perfil político que mejor encaja en un escenario de apertura total a los intereses estadounidenses. No es nuevo: antes lo intentaron con Juan Guaidó, con el respaldo explícito de Estados Unidos, la Unión Europea y también España. El resultado fue un fracaso político, acompañado del saqueo de activos venezolanos en el exterior.

El cambio ahora es la escala y la forma. Ya no se trata de reconocer a un presidente “encargado”, sino de eliminar físicamente al gobernante y forzar una transición diseñada desde fuera.

China, el factor silenciado

La intervención estadounidense tiene otra lectura estratégica: China. Apenas un día antes del ataque, un enviado especial de Pekín se reunió con Maduro en Caracas para reforzar una alianza económica y energética de largo plazo. China ha llenado el vacío dejado por Washington en América Latina, invirtiendo en infraestructuras, minería y energía en países como Venezuela, Perú o Argentina.

Para Ekaizer, el mensaje de Trump es claro: Estados Unidos no tolerará que potencias externas consoliden su presencia en lo que sigue considerando su “patio trasero”. La llamada doctrina “Donro”, una actualización de la doctrina Monroe adaptada al trumpismo, pretende blindar América Latina como zona de influencia exclusiva.

Venezuela, por tanto, no es solo un objetivo en sí mismo, sino una advertencia a Pekín y, en menor medida, a Moscú. Un movimiento que puede tener consecuencias imprevisibles en el equilibrio global.

España: de actor diplomático a campo de batalla

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La onda expansiva llega de inmediato a España. La reacción del Gobierno de Pedro Sánchez ha sido prudente: llamamiento a la desescalada, al respeto del derecho internacional y a los principios de la Carta de Naciones Unidas. Un lenguaje medido, alineado con la posición tibia de la Unión Europea.

Para Ekaizer, esa prudencia entraña un riesgo. España ya cometió un error grave al reconocer a Guaidó en el pasado. Repetir una posición ambigua puede volverse en contra del Ejecutivo, especialmente cuando la derecha no muestra ningún reparo en respaldar explícitamente la intervención estadounidense.

Las declaraciones de Feijóo son reveladoras. Habla de “transición democrática”, pero señala quién debe liderarla: Edmundo González y María Corina Machado. Defiende la democracia, pero omite cualquier referencia al derecho internacional. Celebra la caída de Maduro y la vincula directamente con el Gobierno español, al que acusa de ser aliado del chavismo.

Abascal va aún más lejos: presenta la operación como una victoria de la libertad y un golpe directo a la “mafia sanchista”. El mensaje es claro: lo ocurrido en Venezuela se utiliza como arma arrojadiza contra Sánchez.

Zapatero, el objetivo central

En este relato, José Luis Rodríguez Zapatero ocupa un lugar clave. Durante meses, su nombre ha sido instalado en el foco mediático como supuesto intermediario del régimen venezolano, acusado sin pruebas de enriquecimiento y de actuar como poder en la sombra del Gobierno español.

Ekaizer subraya que no existe ninguna prueba concreta contra el expresidente. Sin embargo, la derecha ha convertido a Zapatero en símbolo de una supuesta connivencia entre el PSOE y el chavismo. La extradición del exjefe de inteligencia venezolano Hugo “el Pollo” Carvajal y sus declaraciones interesadas han alimentado esta narrativa.

El objetivo, según el analista, es doble: erosionar la figura de Zapatero y, por extensión, debilitar a Sánchez. La crisis venezolana ofrece el escenario perfecto para intensificar esta ofensiva.

Madrid como capital política del antichavismo

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España, y especialmente Madrid, se ha convertido en los últimos años en un centro neurálgico del capital venezolano opositor. Inversiones inmobiliarias, presencia en medios de comunicación y una red política que conecta con la derecha española han consolidado una base de operaciones que Ekaizer compara con el papel de Miami respecto a Cuba.

Este entramado influye en el discurso público y en la agenda mediática. El lenguaje utilizado por dirigentes como Isabel Díaz Ayuso —que califica al Gobierno de Sánchez de “bolivariano”— no es casual: replica el marco narrativo de la derecha venezolana.

La intervención de Estados Unidos activa de inmediato esta maquinaria. La lectura es unívoca: si Washington actúa, España debe alinearse. Cualquier matiz se interpreta como complicidad con el régimen derrocado.

Derecho internacional en retirada

Feijoo y Abascal se reunieron durante una hora la semana pasada a petición de Vox

Uno de los elementos más inquietantes del análisis de Ekaizer es la normalización de la violación del derecho internacional. Bombardear un país soberano, causar víctimas civiles y secuestrar a su presidente se presenta como un acto legítimo en nombre de la democracia.

Ni la alta representante de la UE ni la mayoría de gobiernos occidentales han condenado de forma clara la operación. Hablan de moderación, de prudencia, de respeto abstracto a las normas. Para el analista, son palabras vacías que confirman la descomposición del sistema multilateral.

El paralelismo con Gaza es inevitable: allí también se ha tolerado lo intolerable. Venezuela se suma así a una lista creciente de escenarios donde la fuerza sustituye a las reglas.

Un golpe con múltiples objetivos

La intervención en Venezuela no persigue solo un cambio de gobierno. Busca controlar recursos, frenar a China, enviar un mensaje de poder y, en el caso español, alimentar una ofensiva política interna.

Para Ekaizer, quienes celebran hoy la caída de Maduro están blanqueando un método que mañana puede volverse contra ellos. Normalizar la intervención extranjera y el uso de la fuerza es abrir la puerta a un mundo más inestable y peligroso.

España ante una decisión incómoda

El Gobierno de Sánchez se enfrenta a una disyuntiva compleja. Mantener una posición tibia puede no protegerlo del ataque político interno. Condenar con claridad la intervención estadounidense implicaría tensar la relación con Washington y con una UE alineada.

Lo que parece claro es que la crisis venezolana ya no es solo venezolana. Es un espejo en el que se reflejan las debilidades del orden internacional y las tensiones de la política española.

Como advierte Ekaizer, el golpe en Caracas y la ofensiva contra el Gobierno en Madrid forman parte de una misma lógica. Ignorarlo sería un error estratégico de consecuencias imprevisibles.