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Zapatero contraataca: el día que desarmó a Eduardo Inda, agitó al PSOE y dejó a Felipe González en una posición incómoda
La escena no fue un simple cruce de declaraciones ni una entrevista más dentro del ruido político habitual. Fue, para muchos analistas, un punto de inflexión.
José Luis Rodríguez Zapatero reapareció con un discurso medido, largo, argumentado y, sobre todo, cargado de intención política.
Frente a él, Eduardo Inda, convertido —según la lectura del expresidente— en altavoz de una estrategia de confrontación permanente, de alineamiento con intereses externos y de una oposición que no logra digerir el éxito electoral y parlamentario del actual Gobierno.
Lo que ocurrió en ese intercambio fue mucho más que una defensa de Pedro Sánchez.
Zapatero no solo desmontó los marcos narrativos más repetidos por la derecha mediática, sino que, en el proceso, lanzó mensajes directos a tres frentes clave: la oposición política, determinados sectores del poder judicial y, de forma especialmente significativa, al propio Felipe González.
Este artículo analiza en profundidad ese momento, sus implicaciones, sus silencios y lo que revela sobre el estado actual del Partido Socialista, la democracia española y la batalla cultural que se libra dentro y fuera de los platós.
Zapatero vuelve al centro del tablero
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Durante años, José Luis Rodríguez Zapatero fue presentado como una figura del pasado. Un expresidente superado por la historia, asociado a la crisis económica de 2008 y relegado a un papel secundario dentro del PSOE. Sin embargo, esa imagen ha ido cambiando progresivamente.
Su intervención reciente demuestra que Zapatero no solo sigue siendo una voz influyente, sino que ha asumido un rol claro: el de defensor del proyecto político de Pedro Sánchez y del legado transformador del socialismo contemporáneo.
Desde el primer momento, Zapatero estableció una premisa clara: España no atraviesa una crisis económica, sino una crisis política amplificada artificialmente.
“España no tiene un problema económico, tiene un problema político”, afirmó, desmontando uno de los mantras más repetidos por la oposición.
La economía como campo de batalla
Uno de los ejes centrales de su discurso fue la economía. Frente al relato del desastre, Zapatero desplegó una batería de datos:
Récord de empleo.
Récord de crecimiento económico.
Reducción de la desigualdad medida por el índice Gini.
Subida histórica del salario mínimo.
Fortalecimiento del tejido exportador.
Liderazgo en energías renovables y conectividad.
Récord de turismo y atracción de talento.
Estos datos no fueron presentados como propaganda, sino como un contraste directo frente a la narrativa catastrofista. Zapatero fue más allá: afirmó que ojalá él mismo, Aznar o incluso Felipe González hubieran contado con indicadores tan favorables durante sus mandatos.
Con esta frase, aparentemente conciliadora, lanzó en realidad un dardo político de enorme carga simbólica.
Eduardo Inda, símbolo de una oposición mediática
Sin nombrarlo explícitamente en algunos momentos, Zapatero retrató a Eduardo Inda como el paradigma de una forma de hacer periodismo alineada con la confrontación, el alarmismo y la amplificación de teorías conspirativas.
Recordó cómo durante su mandato fue acusado de traicionar a las víctimas del terrorismo, de conspirar en torno al 11-M y de romper España. “Era mentira. La historia lo dejó en su sitio”, afirmó con contundencia.
El mensaje fue claro: las campañas de descrédito pueden ser ruidosas, pero no necesariamente duraderas. Para Zapatero, el tiempo termina separando el ruido de los hechos.
¿Existe una ofensiva judicial contra el Gobierno?
Uno de los momentos más delicados de su intervención llegó al abordar la cuestión judicial. Zapatero fue cuidadoso, pero firme. Defendió el respeto absoluto a las decisiones judiciales, pero introdujo un matiz fundamental: el derecho a la crítica dentro de un sistema democrático.
Señaló un hecho inédito: jueces y magistrados manifestándose en la calle contra leyes aprobadas por el Parlamento. Sin elevar el tono, dejó flotando una pregunta inquietante: ¿hasta qué punto se están desdibujando los límites entre poder judicial y debate político?
Su postura fue clara: crítica sí, deslegitimación no; respeto institucional sí, silencio obligatorio no.
Venezuela: el terreno más incómodo
Cuando la conversación giró hacia Venezuela, Zapatero entró en uno de los terrenos más controvertidos de su trayectoria política. Preguntado directamente por Nicolás Maduro, evitó los calificativos simplistas.
¿Dictador o demócrata? Su respuesta incomodó a muchos: habló de conflicto político, de dos visiones enfrentadas de la democracia y de la necesidad de diálogo para evitar una confrontación civil.
Reiteró que Maduro ha ganado elecciones, aunque reconoció la existencia de un conflicto profundo antes y después de los procesos electorales. Para Zapatero, la prioridad no es el juicio moral inmediato, sino evitar el colapso institucional y la violencia.
Esta posición, coherente con su papel de mediador internacional, vuelve a situarlo en el centro de la polémica.
El golpe más delicado: Felipe González

El momento más revelador llegó cuando se le preguntó por Felipe González. Zapatero fue quirúrgico. Reconoció sin ambages su papel histórico: modernización, europeización, consolidación del Estado del Bienestar.
Pero inmediatamente marcó una frontera clara entre el pasado y el presente.
Felipe González —vino a decir— es una figura fundamental de la democracia, pero su actitud actual hacia el PSOE y hacia Pedro Sánchez dificulta cualquier acercamiento emocional o político.
“Nadie discute lo que hizo como presidente”, afirmó, para después dejar caer una frase demoledora: es muy difícil que el partido esté ahora encariñado con alguien que critica sistemáticamente al secretario general y al Gobierno.
No fue un ataque frontal, pero sí un golpe definitivo al aura de autoridad moral que González ha intentado mantener en los últimos años.
¿Un PSOE a imagen de Pedro Sánchez?
La pregunta era inevitable: ¿es el PSOE un partido hecho a imagen y semejanza de Pedro Sánchez?
Zapatero respondió con historia. Recordó las críticas que él mismo recibió, las amenazas internas, los plazos de caducidad que le impusieron desde dentro. Recordó incluso episodios personales, con un tono entre irónico y humano.
Su conclusión fue clara: el PSOE siempre ha sido un partido plural, con tensiones internas, debates y discrepancias. Pero hoy, los datos objetivos avalan la gestión del actual liderazgo.
Las voces críticas existen —Page, Lambán—, pero no representan una ruptura estructural, sino la normalidad de un partido vivo.
Polarización, democracia y aceptación del voto
Zapatero insistió en una idea central: aceptar el voto popular y parlamentario con decencia y deportividad. Para él, el gran problema de la política española actual no es la discrepancia, sino la incapacidad de asumir la legitimidad del adversario.
Comparó el clima actual con el que él mismo vivió tras ganar las elecciones de 2004. Entonces, dijo, se fabricaron teorías conspirativas para negar el resultado electoral. Hoy, el patrón se repite con otros actores y otros escenarios.
Un país que, según Zapatero, funciona
El retrato final que dibujó fue el de una España sin terrorismo, con Cataluña en calma, con una economía fuerte y con proyección internacional. Un país atractivo, competitivo y con bases sólidas.
Este diagnóstico choca frontalmente con el relato apocalíptico de parte de la oposición, y ahí reside la clave del conflicto.
Más que una entrevista
Lo ocurrido no fue una simple intervención mediática. Fue una declaración política de alto voltaje. Zapatero se posicionó, eligió bando y dejó claro que no piensa permanecer en silencio mientras se cuestiona la legitimidad democrática del Gobierno.
Al desmontar a Eduardo Inda, defender a Pedro Sánchez y marcar distancias con Felipe González, Zapatero envió un mensaje inequívoco: el pasado importa, pero el presente manda.
Y en ese presente, el expresidente ha decidido volver a jugar un papel protagonista.
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