A YouTube thumbnail with maxres quality

La escena no fue una más del debate parlamentario español. Tampoco una simple confrontación ideológica entre bloques. Lo que se vivió fue un ajuste de cuentas político, histórico y moral. Un discurso que, lejos de limitarse al intercambio de reproches habituales, se convirtió en un alegato demoledor contra la derecha española, sus alianzas internacionales y su forma de entender el poder, la democracia y la ética pública. José Luis Rodríguez Zapatero no solo respondió a Cayetana Álvarez de Toledo: la arrastró a un terreno donde los eslóganes se quedan sin oxígeno y donde el pasado, los hechos y las contradicciones pesan como losas.

Desde el primer minuto, Zapatero elevó el tono del debate a una dimensión global. No habló solo de España. Habló del mundo que se está configurando. Un mundo —según su diagnóstico— donde figuras como Donald Trump se pasean impunes, convertidas en símbolos de una política agresiva, intimidatoria y profundamente deshumanizada. Un “bully”, en sus propias palabras, que gana elecciones mientras es jaleado por una corte de aduladores que, en cada país, adoptan un nombre distinto. En España, dijo sin rodeos, se llaman Partido Popular y Vox.

No fue una metáfora casual. Fue una acusación directa: la derecha española no solo comparte espacios con determinadas corrientes internacionales, sino que reproduce sus lógicas, sus silencios selectivos y su doble moral. Zapatero no se limitó a señalar al personaje, sino al ecosistema que lo sostiene: una política basada en la intimidación, el ruido y la impunidad, legitimada por quienes aplauden como focas mientras se pisotean principios democráticos básicos.

Trump como símbolo, no como excepción

Al mencionar a Trump, Zapatero no pretendía centrar el debate en Estados Unidos. Utilizó su figura como un espejo incómodo. Un ejemplo extremo, pero revelador, de hacia dónde puede derivar una democracia cuando normaliza el abuso de poder, la violencia verbal y el desprecio por los derechos humanos. Y lo hizo con una crudeza que incomodó visiblemente al bloque conservador.

Lo más inquietante de ese “bully”, advirtió, no es solo su comportamiento, sino el hecho de que gane elecciones. Que triunfe. Que sea celebrado. Que encuentre respaldo. Y ahí, el foco volvió a España. Porque, según Zapatero, quienes hoy se erigen en defensores de la patria y la moral no dudan en alinearse con modelos que contradicen frontalmente esos valores cuando les conviene políticamente.

El odio como motor político

El momento más afilado del discurso llegó cuando Zapatero se dirigió directamente a Cayetana Álvarez de Toledo. No para insultarla, sino para interpelarla. Para preguntarle por qué ella y los suyos odian tanto. Por qué esa animadversión constante, casi visceral, hacia su figura.

La respuesta no fue emocional, sino histórica: porque ganó en 2004. Porque derrotó a ETA en 2011. Porque fue clave en la campaña de 2023. Tres hitos que, según Zapatero, explican el resentimiento de una derecha incapaz de aceptar ciertas derrotas políticas y simbólicas.

Cayetana Alvarez de Toledo en Huesca: "La libertad no es gratis"

Aquí, el expresidente no rehuyó una de las cuestiones más delicadas del relato político español: el final de ETA. Lo dijo sin ambages, consciente del impacto de sus palabras. Bajo su gobierno, afirmó, ETA fue derrotada. Se rindió. Entregó las armas. Y España, por primera vez en siglos, lleva más de una década sin violencia política.

No fue una afirmación improvisada. Fue una reivindicación política que desmonta uno de los mantras históricos de la derecha, acostumbrada a apropiarse del discurso de la firmeza mientras ignora sus propias contradicciones. Zapatero recordó, con datos concretos, cómo durante la tregua en la que ETA suspendió el diálogo, el gobierno de Aznar acercó a más de un centenar de presos. Un hecho incómodo que rara vez se menciona desde los atriles conservadores.

Hipocresía selectiva y memoria corta

El discurso avanzó como una demolición sistemática de la hipocresía. Zapatero fue enlazando ejemplos: la oposición feroz al matrimonio homosexual, seguida de su normalización; el rechazo a la ley del aborto, seguido de su aceptación tácita; el discurso grandilocuente sobre la unidad de España, acompañado de ataques al propio gobierno cuando se actúa en el exterior.

Para Zapatero, el problema no es la discrepancia ideológica. Es la incoherencia moral. Defender unos valores cuando se está en la oposición y olvidarlos cuando se gobierna o cuando conviene electoralmente. Utilizar el miedo, la indignación selectiva y la desinformación como herramientas políticas.

Y aquí volvió a ampliar el foco internacional. Si realmente les importara el narcotráfico, dijo, hablarían de Ecuador. Si les preocuparan los derechos humanos, señalarían a Netanyahu y los asesinatos en Gaza. Si defendieran la democracia, denunciarían a las dictaduras que persiguen y ejecutan a homosexuales en Oriente Medio. Pero no lo hacen. Porque no es una cuestión de principios, sino de conveniencia.

La mención a la Supercopa de España en Arabia Saudí fue el remate irónico. Un recordatorio incómodo de cómo ciertos discursos se diluyen cuando entran en juego intereses económicos y alianzas estratégicas.

El respeto como principio político

Uno de los momentos más reveladores del alegato fue el recuerdo de la cumbre iberoamericana de 2007. Zapatero evocó aquel episodio no para reivindicarse, sino para marcar una diferencia ética. Cuando Hugo Chávez atacó verbalmente a José María Aznar, Zapatero salió en defensa del expresidente del PP. No porque compartiera sus ideas, sino porque había sido presidente de España y merecía respeto.

Ese gesto, subrayó, define una forma de entender la política. Se puede discrepar radicalmente sin deshumanizar al adversario. Se puede confrontar sin cruzar líneas que deterioran la convivencia democrática. Las formas, dijo, dan el ser a las cosas.

El contraste con la actitud actual de la derecha fue implícito, pero evidente. Donde antes hubo defensa institucional, hoy hay descalificación constante. Donde antes hubo sentido de Estado, hoy hay ruido y confrontación permanente.

Zapatero nos avergüenza... otra vez

Unidad exterior, confrontación interior

Zapatero también abordó la política exterior como otro campo donde la derecha muestra, según él, una grave falta de responsabilidad. Defender los intereses nacionales, recordó, no es atacar al propio gobierno cuando se sale fuera de España. Es mostrar unidad, aunque existan discrepancias internas.

El PSOE, dijo, dio entonces una lección a la oposición. Una lección que sigue vigente en un contexto internacional cada vez más inestable, donde los gestos y las palabras tienen consecuencias reales.

ETA, memoria y relato

El tramo final del discurso fue, quizá, el más contundente. Zapatero no rehuyó la carga histórica de afirmar que ETA fue derrotada bajo su gobierno. Lo repitió. Lo reafirmó. Y lo contextualizó en una historia mucho más larga de violencia política en España: dictaduras, guerras civiles, insurrecciones, enfrentamientos.

Por primera vez en siglos, insistió, España vive sin violencia política. Un logro que no pertenece a una sola persona, pero que tampoco puede ser borrado o manipulado según convenga al relato de unos u otros.

Aquí, la derecha quedó sin respuesta fácil. Porque negar ese hecho implica negar una realidad histórica verificable. Y aceptarlo obliga a revisar discursos construidos durante décadas.

Más que un discurso: una advertencia

Lo ocurrido no fue solo un choque verbal. Fue una advertencia. Zapatero habló del presente, pero también del futuro. De los riesgos de normalizar el autoritarismo, la mentira y el odio. De la necesidad de defender la democracia no solo con palabras, sino con coherencia, memoria y respeto.

Cayetana Álvarez de Toledo fue el rostro visible del enfrentamiento, pero el destinatario real fue mucho más amplio: una derecha que, según Zapatero, ha decidido abrazar alianzas peligrosas, discursos extremos y una política de trincheras que erosiona las bases mismas del sistema democrático.

En un Parlamento acostumbrado al ruido, el expresidente optó por algo distinto: un repaso sin concesiones, cargado de historia, datos y memoria. Un discurso que no busca aplausos fáciles, sino incomodar. Porque, como dejó claro, la democracia no se defiende con gritos ni con silencios cómplices, sino con hechos, coherencia y la valentía de mirar al pasado sin miedo.