¡ABASCAL DESTROZA a SÁNCHEZ!💥Le CIERRA la BOCA en DIRECTO.
El hemiciclo del Congreso volvió a convertirse en escenario de un choque que va mucho más allá del intercambio habitual de reproches políticos.
No fue un debate técnico ni una discusión de cifras. Fue un enfrentamiento crudo, cargado de palabras que pesan, de gestos que dejan huella y de un clima que muchos describen ya sin rodeos como irrespirable.
En el centro de la escena, Pedro Sánchez y Santiago Abascal, pero también, de forma indirecta, el Partido Popular, señalado por su silencio y por su incapacidad —según denunció el presidente— de marcar una línea roja clara ante determinados discursos.
Todo comenzó con una acusación directa, pronunciada con un tono que buscaba algo más que respuesta: buscaba conciencia.
Sánchez reprochó públicamente que ningún dirigente del Partido Popular hubiera condenado las palabras de Abascal del domingo anterior, cuando habló de “echar a patadas y a gorrazos” a un Gobierno democrático.
No era una frase aislada ni un desliz retórico. En palabras del presidente, formaba parte de un lenguaje que “envenena la democracia y la convivencia”.
Y fue más allá, recordando otras expresiones pasadas: “Usted dijo que tarde o temprano me iban a colgar por los pies”. El mensaje era claro: no se trataba de hipérboles inocentes, sino de un patrón.
Ese señalamiento puso el foco en un concepto que Sánchez repitió con insistencia: empatía.
Empatía como base mínima de la política democrática, como límite moral antes de cruzar hacia la deshumanización del adversario.
Al mencionar términos como “colgar por los pies”, “echar a patadas” o “correr a gorrazos”, el presidente no apelaba solo al decoro parlamentario, sino al recuerdo histórico de lo que ocurre cuando el lenguaje violento se normaliza.
Su intervención buscaba provocar una reacción, no solo de Vox, sino del resto de la Cámara.
La respuesta de Abascal no tardó en llegar y fue, fiel a su estilo, un desafío frontal.
Arrancó acusando a Sánchez de “lloriqueo”, de comportarse “como una plañidera” y de construir un “relato falsario” según el cual la derecha y la ultraderecha serían las principales fuentes de insultos en la política española.
Desde ese primer momento dejó claro que no iba a pedir disculpas ni a rebajar el tono. Al contrario, su estrategia fue girar el espejo y devolver la acusación multiplicada.
Abascal sostuvo que, desde la llegada de Sánchez al poder, los insultos más graves habían partido del propio Gobierno y de sus socios parlamentarios. Enumeró calificativos: fascistas, homófobos, xenófobos, nazis.
Aseguró que en una sola sesión se había llamado “fascistas” y “ultraderecha” a Vox hasta 98 veces.
La cifra, repetida con énfasis, no era casual: buscaba instalar la idea de una persecución verbal sistemática, de una deslegitimación constante de su formación.
Pero no se quedó ahí. Elevó el tono al recordar expresiones especialmente graves atribuidas a miembros del Gobierno o de su entorno político: acusaciones de querer “bombardear Cataluña cada 50 años”, de ser el “brazo político del terrorismo machista”, de practicar un “matonismo nazi”.
Cada ejemplo tenía un objetivo concreto: desmontar la autoridad moral de Sánchez para hablar de violencia política y presentarlo como parte activa de esa escalada verbal.
Uno de los momentos más comentados llegó cuando Abascal se dirigió a Sánchez llamándolo “majestad”.
La presidenta del Congreso le pidió que se dirigiera al jefe del Ejecutivo como “presidente del Gobierno”, pero el líder de Vox insistió, amparándose en la ironía.
No era un simple juego de palabras. El gesto buscaba ridiculizar a Sánchez, presentarlo como alguien que se sitúa por encima del resto, como una figura casi monárquica que no admite cuestionamientos.
El choque con la Presidencia de la Cámara añadió más tensión a una escena ya cargada.
Abascal defendió entonces que expresiones como “echar a patadas” no debían interpretarse de forma literal.
Recurrió al diccionario de la Real Academia Española para argumentar que se trataba de giros lingüísticos, metáforas políticas habituales.
Llegó a plantear una comparación: si alguien dice que hay que “defenestrar” a un Gobierno, ¿está proponiendo literalmente arrojar al presidente por una ventana? Con este razonamiento intentó desmontar la idea de que su lenguaje incita a la violencia física.
Sin embargo, el debate dio un giro cuando Abascal pasó a hablar de lo que llamó “violencia real”. Señaló directamente a los socios parlamentarios que sostienen al Gobierno, recordando episodios de disturbios en Cataluña, agresiones a policías, lanzamiento de adoquines y ataques a sedes de Vox.
Mencionó nombres concretos de diputados que, según afirmó, habían sido agredidos sin que el Gobierno mostrara la misma indignación que ahora exhibía en el hemiciclo.
Incluso aludió al atentado contra Alejo Vidal-Quadras, exfundador de Vox, para subrayar que la violencia no es una abstracción, sino un hecho tangible.
Ese relato tenía una intención clara: invertir los papeles. Presentar a Vox no como un generador de violencia, sino como una víctima de un clima de hostilidad alimentado —según su versión— por el discurso del Gobierno.
En ese marco, las palabras duras se convertían en una respuesta, no en una causa.
El problema es que, para muchos observadores, esta lógica no hace sino alimentar una espiral en la que cada bando justifica sus excesos por los del contrario.
La intervención de Abascal también incluyó un apartado internacional que añadió más pólvora al debate.
Habló de una “internacional ultraderechista” que, según él, pronto gobernará en países clave como Estados Unidos o Francia, y acusó a Sánchez de enfrentar a España con las principales naciones occidentales.
A continuación, enumeró lo que consideró los “aliados” del presidente: Petro, Maduro, los kirchneristas, Lula, Díaz-Canel. La intención era clara: situar al Gobierno español en el eje de líderes a los que Vox califica de autoritarios o corruptos.
Especialmente duro fue cuando se refirió a Marruecos y a Mohamed VI, afirmando que no era un aliado de Sánchez, sino “su jefe”.
Una frase diseñada para provocar, que conecta con uno de los temas más sensibles de la política exterior española y que refuerza la idea de un Gobierno débil y sometido a presiones externas.
En ese contexto, el Partido Popular volvió a aparecer como un actor ausente. Sánchez había señalado su silencio inicial, y Abascal aprovechó para lanzar un mensaje directo a Feijóo.
Le reprochó que considerara inútil cualquier voto que no fuera al PP y le instó a romper definitivamente cualquier puente con el PSOE, tanto en España como en Europa.
El mensaje era inequívoco: Vox no piensa desaparecer ni diluirse, y cualquier intento del PP de absorber su espacio político está condenado al fracaso.
El cierre de la intervención, con un comentario burlón dirigido a Gabriel Rufián, añadió un toque más de espectáculo a un debate ya saturado de tensión.
Abascal ironizó sobre desayunar mientras Rufián hablaba, describiendo su tono como “tabernario”.
Fue un final diseñado para viralizarse, para circular en redes sociales y reforzar la imagen de confrontación permanente.
Más allá de las simpatías o rechazos que despierten los protagonistas, lo ocurrido en el Congreso deja una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿qué impacto tiene este tipo de lenguaje en la sociedad? Cuando las palabras se cargan de desprecio, cuando el adversario se convierte en enemigo y la ironía roza la deshumanización, el debate democrático se degrada.
No es una cuestión de corrección política, sino de responsabilidad institucional.
El silencio del Partido Popular ante determinadas expresiones de Vox no es un detalle menor.
En política, lo que no se condena se normaliza. Y esa normalización tiene consecuencias.
No solo erosiona la confianza entre fuerzas democráticas, sino que alimenta una polarización que acaba trasladándose a la calle, a las redes, a las conversaciones cotidianas. El lenguaje crea realidad, y minimizar su impacto es una forma de irresponsabilidad.
Este episodio no se agotará en el vídeo viral ni en el titular incendiario. Forma parte de una deriva más amplia en la que el Parlamento, lejos de ser un espacio de deliberación, se convierte cada vez más en un ring.
La pregunta no es quién ganó el debate, sino qué pierde la democracia cada vez que se cruza una línea que luego cuesta mucho volver a trazar.
En un momento de crisis de confianza institucional, de desafección ciudadana y de fatiga política, el tono importa.
Importa porque marca el marco en el que se toman decisiones, porque influye en cómo los ciudadanos perciben al adversario y porque puede abrir o cerrar la puerta a consensos básicos.
El enfrentamiento entre Sánchez y Abascal, con el PP observando desde una posición ambigua, es un síntoma de algo más profundo: una democracia sometida a una tensión constante que exige algo más que consignas y aplausos.
La responsabilidad, al final, no recae solo en quien pronuncia las palabras más duras, sino también en quien decide callar.
Y esa es una lección que el debate dejó clara, aunque muchos prefieran no escucharla.
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