Afra Blanco lanza un mensaje demoledor sobre los menores y las redes sociales: “Quiero que se prohíba”.

 

 

La sindicalista ha apelado a los datos sobre acoso, violencia y captación de menores para sostener que el problema no es hipotético, sino que ya está ocurriendo.

 

 

 

La sindicalista Afra Blanco durante su intervención el el programa de ‘laSexta Xplica’.

 

La escena no fue estridente ni buscó el aplauso fácil, pero dejó una sensación incómoda que se quedó flotando en el aire del plató y, probablemente, en muchas casas.

 

Afra Blanco no levantó la voz, no necesitó dramatizar ni recurrir a frases vacías. Bastó con una idea clara, repetida con firmeza: hay cosas que como sociedad estamos normalizando sin pararnos a pensar en las consecuencias.

 

Y cuando hablamos de menores y redes sociales, el precio de mirar hacia otro lado puede ser demasiado alto.

 

Era sábado por la noche y laSexta Xplica abordaba uno de esos debates que dividen opiniones de manera casi automática.

 

Prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años. Una propuesta que el Gobierno ha puesto sobre la mesa y que ha encendido reacciones encontradas: quienes la ven como una intromisión excesiva y quienes la consideran una medida urgente.

 

En medio de ese ruido, la intervención de Afra Blanco no buscó quedar bien con nadie, sino incomodar, cuestionar y, sobre todo, sacar el foco del lugar cómodo en el que suele colocarse.

 

Desde el primer momento dejó claro que el problema no puede reducirse al eterno argumento del “control parental”.

 

Esa frase que suena bien en teoría, pero que se desmorona cuando se enfrenta a la vida real. Porque no todas las familias pueden estar delante de una pantalla las veinticuatro horas del día.

 

Porque no todas tienen los recursos, el tiempo ni la formación digital necesaria. Porque la conciliación sigue siendo una asignatura pendiente y porque, aunque cueste admitirlo, muchas veces las pantallas se han convertido en niñeras silenciosas que nos dan tregua sin pedir explicaciones.

 

Afra Blanco puso palabras a algo que muchos piensan pero pocos dicen en voz alta: vigilar constantemente a un menor en el entorno digital no es viable en la mayoría de los hogares.

 

Y aun así, hemos decidido que la responsabilidad recaiga casi en exclusiva sobre las familias. Como si el problema fuera individual y no estructural.

 

Como si las plataformas no tuvieran nada que ver. Como si no existiera un negocio multimillonario que se alimenta de la atención, los datos y el tiempo de usuarios cada vez más jóvenes.

 

Su intervención giró precisamente en torno a esa idea. Las redes sociales no son una plaza pública neutral. Son empresas.

 

Y como empresas, funcionan con lógicas de beneficio. Algoritmos diseñados para retener, para enganchar, para empujar contenidos sin distinguir edades, contextos ni consecuencias emocionales. Pensar que un menor puede moverse ahí sin riesgos es, como mínimo, ingenuo.

 

Blanco fue directa al expresar su postura: quiere que se prohíba el acceso a redes sociales a menores de 16 años. Sin matices.

 

Sin eufemismos. Y no lo dijo desde la experiencia personal, sino desde datos que, según explicó, proceden de organismos internacionales como la ONU, UNICEF, Interpol o la OTAN.

 

Datos que hablan de violencia sexual, acoso, captación de menores, problemas de autoestima y acceso temprano a pornografía. Realidades que existen aunque no nos gusten y aunque prefiramos pensar que “eso no le va a pasar a mi hijo”.

 

Uno de los momentos más comentados de su intervención fue cuando desmontó el argumento habitual de desacreditar una opinión por no tener hijos. “Yo no soy madre, pero no soy idiota ni irresponsable”.

 

Una frase que conectó con muchos espectadores porque apuntaba a una trampa recurrente en estos debates: exigir una vivencia personal para poder opinar sobre un problema colectivo.

 

Como si la protección de los menores fuera una cuestión privada y no una responsabilidad social compartida.

 

Afra Blanco insistió en que permitir el acceso sin restricciones implica exponer a los menores a espacios donde existen delitos y depredadores.

 

Y lo dijo sin dramatismo, casi con cansancio. Como quien sabe que repetirlo no garantiza que se escuche, pero callarlo sería aún peor.

 

El entorno digital, tal y como está diseñado hoy, no está pensado para cuidar. Está pensado para crecer, monetizar y competir. Y en ese escenario, los menores son especialmente vulnerables.

 

El debate no se quedó en el plató. Se enmarca en una conversación más amplia que está recorriendo Europa. Varios países están estudiando o aplicando medidas similares para limitar el acceso de los menores a determinadas plataformas.

 

No desde una postura tecnófoba, sino desde la constatación de que la autorregulación ha sido insuficiente. Que las advertencias no bastan.

 

Que las políticas de uso se aceptan sin leerse. Que los sistemas de verificación de edad son, en muchos casos, una ficción.

 

 

El Gobierno español ha planteado esta prohibición como parte de una estrategia más amplia para reforzar la protección de los menores en el entorno digital.

 

Un paquete que incluye también la lucha contra la desinformación, los discursos de odio y la difusión de contenidos ilegales, además de exigir a las empresas tecnológicas mecanismos reales de verificación de edad.

 

La idea de fondo es clara: la responsabilidad no puede seguir recayendo únicamente en las familias mientras las plataformas miran hacia otro lado.

 

Durante el debate, Afra Blanco evitó caer en el discurso fácil de demonizar la tecnología. No se trata de volver atrás ni de negar los beneficios del mundo digital.

 

Se trata de asumir que no todo vale, que no todo es inocuo y que no todo puede dejarse al criterio individual cuando hablamos de menores.

 

Regular no es prohibir por prohibir. Regular es reconocer que hay desequilibrios de poder y que alguien tiene que poner límites.

 

Su discurso conectó con una sensación creciente en parte de la sociedad: la de que vamos tarde. Que hemos permitido que los más jóvenes crezcan en un entorno hiperconectado sin pararnos a pensar en el impacto emocional, psicológico y social que eso tiene. Que hemos confundido libertad con abandono y autonomía con desprotección.

 

 

Las redes sociales han cambiado la forma de relacionarse, de informarse y de construir identidad. Para un adulto ya es complejo.

 

Para un menor, puede ser determinante. La comparación constante, la exposición, la validación externa, el acceso a contenidos para los que no está preparado.

 

Todo eso ocurre muchas veces en silencio, sin que los adultos sean conscientes hasta que el daño ya está hecho.

 

Afra Blanco no ofreció soluciones mágicas ni recetas fáciles. Su intervención fue incómoda precisamente porque obligaba a asumir que el problema es más grande que una familia concreta.

 

Que no basta con “educar bien a los hijos”. Que hay estructuras que necesitan ser revisadas. Y que mirar hacia otro lado no es neutral, es una forma de tomar partido.

 

El debate sigue abierto y las posiciones son diversas. Habrá quien vea en esta propuesta una amenaza a la libertad y quien la considere un paso imprescindible.

 

Pero lo que quedó claro aquella noche es que ya no se puede hablar del uso de redes sociales por menores como si fuera un asunto menor. No lo es. Y cada día que pasa sin afrontar el problema, la conversación se hace más urgente.

 

Tal vez la pregunta no sea si prohibir o no, sino qué tipo de sociedad estamos dispuestos a construir. Una que delega la protección de los más vulnerables en la buena voluntad individual o una que asume que hay límites que deben ser colectivos. Afra Blanco puso esa pregunta sobre la mesa. Y ahora, nos guste o no, nos toca responderla.