Albiol se desmarca de la genuflexión de Génova a Trump: “No es una colonia de nadie”.
El Partido Popular aplaude la intervención militar de Donald Trump y el arresto de Maduro.

El alcalde de Badalona, Xavier García Albiol.
En el terremoto político provocado por la captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas especiales estadounidenses, una voz inesperada ha irrumpido en el debate español para romper la aparente unanimidad del bloque conservador.
No ha sido un dirigente de izquierdas ni un analista internacional, sino el alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, uno de los referentes históricos del Partido Popular en Cataluña, conocido precisamente por su discurso duro y sin complejos.
Su mensaje, breve pero cargado de significado, ha marcado distancia con la línea oficial del PP y ha introducido un matiz que hasta ahora apenas se escuchaba en la derecha española.
“Muy contento por la caída del dictador, pero defiendo que Venezuela debe ser lo que quieran los venezolanos, no una colonia de nadie”.
Con esta frase, publicada en la red social X, Albiol dejó clara una posición que combina dos elementos difíciles de equilibrar: la celebración del fin de un régimen autoritario y el rechazo explícito a cualquier forma de tutela extranjera.
En un contexto dominado por mensajes de euforia, aplausos a Donald Trump y consignas de “liberación”, la palabra “colonia” resonó con fuerza y abrió una grieta dentro del discurso conservador.
La postura del alcalde de Badalona contrasta frontalmente con la reacción inicial del Partido Popular a nivel nacional.
Desde la dirección encabezada por Alberto Núñez Feijóo, el PP celebró sin ambages la detención de Maduro, alineándose con la narrativa de Washington y calificando la operación militar como un paso decisivo hacia la restauración de la democracia en Venezuela.
En ese marco, apenas hubo espacio para matices sobre el derecho internacional, la soberanía venezolana o el papel que debería desempeñar Estados Unidos tras la caída del líder chavista.
Albiol, sin embargo, decidió introducir esos matices. No cuestionó la legitimidad de celebrar la caída de un dictador, pero sí el método y, sobre todo, el horizonte que se abre tras la intervención.
Su desacuerdo se centró especialmente en la afirmación de Donald Trump de que Estados Unidos “se hará cargo” de Venezuela hasta que haya una transición segura.
Para el alcalde, esa idea choca frontalmente con el principio de autodeterminación y convierte una operación presentada como liberadora en un ejercicio de control externo.
Este posicionamiento lo aleja no solo de la estrategia del PP, sino también del entusiasmo mostrado por Vox.
El partido de Santiago Abascal ha defendido el ataque estadounidense como una acción necesaria para acabar con el chavismo y ha respaldado sin fisuras el liderazgo de Trump en la región.
Para Vox, la intervención es la antesala de una transición democrática ejemplar, sin apenas cuestionamientos sobre la presencia militar extranjera o la duración de esa tutela.
El Partido Popular, aunque con un tono más institucional, ha ido en una dirección similar. Feijóo ha insistido en que Venezuela necesita “un futuro sin represión” y una transición democrática liderada por María Corina Machado y Edmundo González Urrutia.
En sus mensajes públicos, el líder gallego ha subrayado que la legitimidad debe recaer en el “presidente electo” y en la dirigente opositora, presentados como los rostros de una nueva etapa.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha ido incluso más allá, calificando la caída del régimen como “una de las noticias más importantes de los últimos tiempos” y enmarcándola en una lucha global contra las “dictaduras de izquierdas”.
Sin embargo, la realidad sobre el terreno y las propias palabras de Donald Trump han introducido una complejidad que incomoda a muchos de esos discursos.
El presidente estadounidense no solo ha anunciado que Estados Unidos controlará Venezuela durante el periodo de transición, sino que ha mostrado abiertamente sus dudas sobre María Corina Machado.
Según Trump, la líder opositora “no tiene el apoyo ni el respeto suficientes dentro del país” para asumir el liderazgo, una afirmación que ha provocado un profundo malestar entre quienes la consideran la principal figura de la oposición democrática.
Este choque entre expectativas y declaraciones oficiales ha dejado en evidencia una contradicción: mientras desde España se reivindica a Machado como símbolo de la transición, desde Washington se cuestiona su capacidad y se exploran otras vías.
Trump ha reconocido que aún no se ha puesto en contacto con ella y ha dejado claro que su prioridad es garantizar que “ninguna persona mala” se haga con el poder, incluso si eso implica una presencia militar prolongada.
En ese contexto, la figura de Delcy Rodríguez adquiere un protagonismo inquietante.
El propio Trump ha revelado que la vicepresidenta venezolana ha mantenido una “larga conversación” con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y que se ha puesto a disposición de la Casa Blanca.
“Haremos lo que sea necesario”, habría sido el mensaje de Rodríguez, según el presidente estadounidense.
Una frase que, para muchos analistas, sugiere la posibilidad de una transición negociada con sectores del propio chavismo, algo que choca con la narrativa de ruptura total defendida por parte de la oposición venezolana y sus aliados internacionales.
Es precisamente en este punto donde la advertencia de Xavier García Albiol cobra un valor especial.
Al hablar de Venezuela como “no una colonia de nadie”, el alcalde pone el foco en un riesgo real: que la caída de Maduro no se traduzca en soberanía popular, sino en un nuevo tipo de dependencia.
Su mensaje interpela tanto a la izquierda como a la derecha, porque obliga a preguntarse quién decide realmente el futuro del país y bajo qué condiciones.
La reacción a las palabras de Albiol no se hizo esperar. En redes sociales, su tuit fue compartido y comentado por usuarios de distintas sensibilidades, algunos elogiando su valentía por desmarcarse de la línea oficial de su partido, otros acusándolo de ingenuidad o de no entender la magnitud del momento histórico.
Lo significativo es que, por primera vez desde que se conoció la captura de Maduro, una voz relevante del PP introducía un discurso crítico con la idea de una Venezuela tutelada por Estados Unidos.
Este gesto no es menor si se tiene en cuenta el perfil político de Albiol. No se trata de un dirigente marginal ni de un verso suelto sin peso institucional.
Es alcalde de una de las ciudades más importantes de Cataluña y una figura con ascendencia dentro del partido.
Su posicionamiento sugiere que, más allá de la euforia inicial, existe un debate latente en el seno del PP sobre hasta dónde debe llegar el apoyo a Trump y cuáles son los límites aceptables de una intervención extranjera.
La cuestión del tiempo de permanencia de las tropas estadounidenses es otro elemento clave.
Trump ha sido claro al afirmar que se quedarán “el tiempo necesario” para garantizar que nadie indeseable acceda al poder.
Esa ambigüedad temporal genera inquietud no solo entre expertos en derecho internacional, sino también entre sectores políticos que temen que una presencia prolongada erosione la legitimidad de cualquier gobierno futuro.
La historia reciente de intervenciones militares en otros países demuestra que las transiciones tuteladas rara vez son rápidas ni sencillas.
Desde una perspectiva española, el debate tiene además una dimensión ética y política de primer orden. España ha mantenido históricamente una relación estrecha con América Latina, basada en vínculos culturales, económicos y humanos.
Miles de venezolanos viven hoy en ciudades españolas, muchos de ellos huyendo precisamente del régimen chavista.
Defender que el futuro de Venezuela debe decidirse desde Caracas y no desde Washington conecta con una sensibilidad que trasciende ideologías.
La posición de Albiol, en ese sentido, se aproxima más a la de otros líderes europeos que han mostrado cautela ante la intervención.
Aunque celebra la caída de un dictador, rechaza la idea de que la solución pase por sustituir un poder autoritario interno por un control externo.
Su mensaje no niega la gravedad del chavismo ni el sufrimiento del pueblo venezolano, pero recuerda que la democracia no se impone, se construye.
Este matiz contrasta con la simplificación que ha dominado buena parte del debate público.
Reducir la crisis venezolana a un enfrentamiento entre “buenos” y “malos” facilita los titulares, pero oculta las complejidades de una transición real.
¿Quién controlará los recursos? ¿Quién garantizará la seguridad? ¿Qué papel jugarán las instituciones actuales, profundamente marcadas por el chavismo? Son preguntas que no se responden con celebraciones ni con imágenes de detenciones espectaculares.
Al introducir estas dudas desde una posición conservadora, Albiol rompe un esquema habitual en la política española, donde las críticas a la intervención estadounidense suelen asociarse automáticamente a la izquierda.
Su postura demuestra que la defensa de la soberanía y el recelo ante el intervencionismo no son patrimonio exclusivo de un bloque ideológico, sino una preocupación transversal.
A medida que pasan las horas y se conocen más detalles de las conversaciones entre Washington y actores venezolanos, el debate se intensifica.
La posibilidad de que figuras del chavismo participen en la transición bajo supervisión estadounidense genera incomodidad tanto entre quienes soñaban con una ruptura total como entre quienes temen una continuidad maquillada.
En ese escenario, la pregunta clave sigue siendo la misma: ¿qué quieren realmente los venezolanos y cómo pueden expresarlo libremente?
El mensaje de Xavier García Albiol no ofrece respuestas cerradas, pero sí plantea la pregunta correcta.
Y en política internacional, formular bien la pregunta es a menudo más importante que ofrecer soluciones apresuradas.
Celebrar la caída de un dictador es comprensible. Defender que el futuro de un país no puede decidirse desde fuera es, quizá, una condición mínima para que esa caída no dé paso a una nueva forma de dominación.
Mientras el Partido Popular y Vox mantienen su respaldo a la operación estadounidense y reivindican el liderazgo de María Corina Machado y Edmundo González, la voz discordante del alcalde de Badalona introduce una nota de prudencia que muchos consideraban ausente. No se trata de justificar el pasado, sino de cuidar el futuro.
En un momento de máxima tensión geopolítica, cuando las emociones dominan el discurso público, ese recordatorio resulta incómodo, pero necesario. Venezuela necesita libertad, sí, pero también soberanía.
Y como ha señalado Albiol, esa soberanía solo puede nacer de la voluntad de los venezolanos, no de la agenda de ninguna potencia extranjera.
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