Alfonso Rojo despliega todo su odio en redes hacia Sánchez: “Canalla”.
La pataleta del periodista responde a la inyección de 46 millones de euros que transferirá el Gobierno a la Autoridad Nacional Palestina.

En el agitado escenario político español, donde las redes sociales se han convertido en el principal campo de batalla ideológico, Alfonso Rojo, director de Periodista Digital y voz reconocida por su estilo incendiario, ha vuelto a protagonizar una polémica de alcance nacional.
El motivo: la decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de transferir 46 millones de euros a la Autoridad Nacional Palestina, una medida que busca reforzar la postura de España ante el conflicto en Gaza y reivindicar el compromiso del Ejecutivo con la paz y la vigilancia de los acuerdos internacionales.
Sin embargo, la noticia ha provocado una reacción furibunda en sectores de la derecha mediática, y especialmente en Rojo, que ha desplegado toda su artillería verbal contra el presidente en su cuenta de X, antes Twitter, con calificativos como “canalla” y “bobos” dirigidos al país entero.
Este episodio, lejos de ser una anécdota aislada, pone de manifiesto el clima de crispación y polarización que domina el debate público en España.
La figura de Alfonso Rojo, acostumbrado a la confrontación y al lenguaje provocador, se erige como símbolo de una corriente periodística que no duda en recurrir al insulto y la descalificación para marcar posiciones políticas.
En sus editoriales y columnas, Rojo ha cultivado una reputación basada en la agresividad, el sarcasmo y la denuncia constante de lo que considera la deriva “agilipollada” de la sociedad española, una actitud que ha suscitado críticas tanto dentro como fuera del gremio periodístico.
La decisión del Gobierno de Sánchez de aprobar la transferencia de 46 millones de euros a la Autoridad Nacional Palestina, ratificada en el Consejo de Ministros del 4 de noviembre, responde a una estrategia de posicionamiento internacional frente al conflicto en la Franja de Gaza.
Moncloa, consciente de la gravedad de la situación y del papel que España puede jugar en la escena diplomática, ha buscado reforzar su imagen como actor “constructivo” y “vigilante”, exigiendo tanto a Netanyahu como a Hamás el cumplimiento de los acuerdos y el respeto a los derechos humanos.
Esta postura, sin embargo, ha generado una oleada de críticas en los sectores más conservadores del país, que interpretan la medida como una concesión política y una muestra de debilidad frente a lo que consideran un “genocidio” israelí. Alfonso Rojo, fiel a su estilo, ha reaccionado con una dosis de cinismo y desprecio, arremetiendo contra Sánchez y contra toda la ciudadanía a la que acusa de haber perdido el rumbo.
Sus mensajes en redes sociales, plagados de insultos y descalificaciones, han sido ampliamente difundidos y comentados, alimentando el debate sobre los límites de la libertad de expresión y el papel de los medios en la construcción de la opinión pública.
Rojo no es un desconocido en el universo mediático español. Director de Periodista Digital y colaborador habitual en tertulias radiofónicas y televisivas, ha construido su carrera sobre la base de la polémica y el enfrentamiento directo.
Su estilo, marcado por el uso de términos despectivos y un tono beligerante, ha sido objeto de análisis y controversia.
En uno de sus editoriales más comentados, Rojo afirmaba que “España se ha agilipollado”, justificando su actitud por la experiencia acumulada en “mil batallas” y por el “humo” de la confrontación política.
Las columnas de Rojo, lejos de buscar el consenso, apuestan por la provocación y el ataque frontal.
Expresiones como “los perroflautas de la flotilla” o “el corrupto antisemita”, en referencia a Sánchez, han sido duramente criticadas por defensores de la ética periodística y por medios como ElPlural.com, que denuncian la degradación del debate público y la normalización del insulto como herramienta política.
Rojo, sin embargo, reivindica su derecho a la libre expresión y su papel como “agitador” en un contexto que, según él, está marcado por la censura y la persecución del periodismo incómodo.
La polémica no se limita al ámbito nacional. En una de sus apariciones más relevantes, Rojo compareció ante el Parlamento Europeo para denunciar la supuesta amenaza a la libertad de prensa en España.
El periodista conservador argumentó que el Gobierno de Sánchez persigue al periodismo independiente, utilizando medidas regulatorias como la Ley de transparencia mediática y nuevos criterios para conceder credenciales a los periodistas en el Congreso.
Rojo interpreta estas iniciativas como maniobras de control y censura, en un contexto de proliferación de seudomedios y difamadores en los entornos digitales.
Su discurso, cargado de dramatismo y victimismo, busca internacionalizar la confrontación y presentar a España como un país donde la libertad de prensa está en peligro.
Esta estrategia, sin embargo, ha sido cuestionada por otros profesionales y por organismos europeos, que advierten sobre el riesgo de convertir la defensa de la libertad informativa en una herramienta de manipulación política.
La reacción de Rojo ante la transferencia a Palestina y su uso sistemático de las redes sociales para atacar a Sánchez ilustran el cambio de paradigma en el periodismo contemporáneo.
Las plataformas digitales han democratizado el acceso a la información, pero también han facilitado la proliferación de discursos de odio, fake news y campañas de desinformación.
Periodistas como Rojo, que hacen de la provocación su principal arma, encuentran en estos espacios el terreno ideal para amplificar sus mensajes y movilizar a sus seguidores.
El impacto de este tipo de comunicación va más allá de la polémica puntual. La normalización del insulto y la descalificación contribuye a erosionar el clima de respeto y tolerancia que debería presidir el debate público, y dificulta la construcción de consensos en torno a cuestiones fundamentales como la política exterior, la solidaridad internacional o la defensa de los derechos humanos.
El caso de Alfonso Rojo plantea interrogantes cruciales sobre la ética periodística y los límites de la libertad de expresión.
¿Es legítimo recurrir al insulto y la descalificación para defender posiciones políticas? ¿Qué responsabilidad tienen los medios y los periodistas en la construcción de una opinión pública informada y plural? ¿Cómo afrontar el desafío de la polarización y el discurso de odio en la era digital?
Las respuestas no son sencillas. La defensa de la libertad de prensa es un principio fundamental en cualquier democracia, pero también lo es la responsabilidad de los comunicadores en el respeto a la verdad y la dignidad de las personas.
El uso de términos como “canalla” o “bobos” para referirse al presidente y a la ciudadanía puede ser interpretado como una muestra de pluralismo, pero también como una degradación del debate y una incitación al enfrentamiento.
La decisión de Sánchez de transferir 46 millones de euros a la Autoridad Nacional Palestina no solo ha generado debate interno, sino que también ha colocado a España en el centro de la polémica internacional.
La medida, destinada a reforzar el proceso de paz y garantizar el cumplimiento de los acuerdos por parte de Israel y Hamás, ha sido interpretada por algunos sectores como una muestra de compromiso con los derechos humanos y la justicia global.
Sin embargo, para otros, representa una concesión política y una traición a los intereses nacionales.
La reacción de Alfonso Rojo y de otros periodistas conservadores evidencia la dificultad de encontrar consensos en cuestiones de política exterior, especialmente cuando el contexto internacional está marcado por la violencia, el sufrimiento y la polarización.
La solidaridad con Palestina, lejos de ser un asunto meramente diplomático, se convierte en un campo de batalla ideológico donde se dirimen los valores y principios que deben guiar la acción de España en el mundo.
El episodio protagonizado por Rojo es un reflejo de la polarización que domina el debate público en España.
Las redes sociales, convertidas en altavoces de la confrontación, amplifican los mensajes de odio y facilitan la movilización de seguidores y detractores.
La ciudadanía, por su parte, se ve obligada a navegar en un mar de información contradictoria, donde la verdad y la mentira se mezclan y donde la opinión se construye a golpe de titulares y tuits incendiarios.
En este contexto, la responsabilidad de los medios y de los periodistas es mayor que nunca.
La defensa de la pluralidad y el respeto a la diversidad de opiniones debe ir acompañada de un compromiso firme con la veracidad y la ética profesional.
La crítica política es legítima y necesaria, pero debe evitar caer en el insulto y la descalificación personal, que solo contribuyen a erosionar la confianza en las instituciones y a dificultar la convivencia democrática.
La polémica transferencia de 46 millones de euros a Palestina y la reacción de Alfonso Rojo en redes sociales han abierto un debate de fondo sobre el papel de los medios en la democracia española.
El periodista, fiel a su estilo combativo, ha vuelto a situarse en el centro de la controversia, utilizando el insulto y la provocación como herramientas de confrontación política.
Su actitud, criticada por defensores de la ética periodística y por otros medios, plantea interrogantes sobre los límites de la libertad de expresión y el futuro del periodismo en la era digital.
La decisión del Gobierno de Sánchez, por su parte, evidencia la dificultad de gobernar en un contexto marcado por la polarización y la inmediatez de las redes sociales.
La política exterior, la solidaridad internacional y la defensa de los derechos humanos se convierten en temas de debate público, donde la información y la opinión se mezclan y donde la ciudadanía debe ejercer su responsabilidad crítica.
El caso Rojo-Sánchez es, en definitiva, un síntoma de los desafíos que enfrenta la democracia mediática en España.
La defensa de la pluralidad, la ética profesional y el respeto a la verdad son principios irrenunciables para garantizar un debate público sano y constructivo.
Solo así será posible superar la crispación y construir una sociedad más informada, tolerante y comprometida con los valores democráticos.
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