EL REY da GOLPE contra ZAPATERO y SÁNCHEZ por VENEZUELA y ARRUINA al GOBIERNO con DURÍSIMO DISCURSO.
Hay discursos que no buscan el aplauso inmediato ni la frase viral. Discursos que no se pronuncian para ocupar titulares durante unas horas, sino para dejar constancia de una posición, de una manera de estar en el mundo.
Las palabras que acabamos de escuchar, pronunciadas ante embajadoras y embajadores, pertenecen a esa categoría cada vez más escasa.
No son grandilocuentes, pero pesan. No prometen soluciones mágicas, pero trazan un marco moral y político en un momento internacional profundamente inestable.
El punto de partida es Venezuela. Y no como un asunto lejano o puramente diplomático, sino como una herida abierta que interpela directamente a España desde la historia, la lengua y los vínculos humanos.
Hablar de Venezuela no es hablar de geopolítica abstracta, es hablar de familias separadas, de millones de personas obligadas a marcharse, de un pueblo que lleva años esperando algo tan elemental como poder decidir su futuro en libertad.
La cercanía con el pueblo venezolano no es un gesto retórico: es una realidad que se vive en las calles españolas, en los acentos, en los lazos personales y en una diáspora que ha dejado de ser noticia para convertirse en parte del paisaje cotidiano.
Desde esa cercanía nace una idea central: la esperanza en una transición democrática real, pacífica e inclusiva.
No una transición impuesta desde fuera ni condicionada por intereses ajenos, sino una que respete de forma plena la voluntad soberana de los venezolanos.
La insistencia en este punto no es casual. En un mundo donde cada vez es más frecuente que las grandes potencias utilicen conflictos internos como tableros de juego, recordar que los protagonistas deben ser los ciudadanos y no los actores externos es, en sí mismo, un posicionamiento político claro.
La reciente liberación de varios compatriotas y de otros ciudadanos retenidos injustamente se presenta como un paso necesario, aunque insuficiente. Nadie finge que con ello el problema esté resuelto.
Pero sí se subraya algo importante: cada avance en la recuperación de libertades, por pequeño que sea, importa.
Porque detrás de cada nombre liberado hay una familia, una historia, una vida que vuelve a ponerse en marcha.
Y porque esos gestos, cuando se producen, deben interpretarse como señales de que el camino correcto es posible, aunque todavía quede lejos.
A partir de ahí, el discurso da un salto deliberado. Venezuela deja de ser solo Venezuela para convertirse en un espejo de algo mucho más amplio: la erosión del derecho internacional. Aquí el tono cambia.
Se vuelve más grave, más urgente. Porque lo que se denuncia no es un incumplimiento puntual, sino una conculcación sistemática de las normas que durante décadas han sostenido un cierto orden global.
Y no se hace solo desde la palabra, sino también desde el silencio cómplice que tantas veces acompaña a estas violaciones.
Lo que está en juego no es un tecnicismo jurídico, sino el retroceso a un mundo que muchos creían superado.
Un mundo en el que la fuerza sustituye a la razón, en el que la ley del más fuerte vuelve a imponerse sin disimulo.
La diferencia, y esto es clave, es que ahora ese vacío normativo se combina con una tecnología infinitamente más poderosa, capaz de amplificar los conflictos y sus consecuencias de manera imprevisible.
El resultado es un escenario inquietante que ya no pertenece a la ciencia ficción, sino a la actualidad diaria.
Se recuerda entonces una verdad incómoda: han sido las democracias las que más han contribuido a levantar la arquitectura del derecho internacional.
Y precisamente por eso recae sobre ellas una responsabilidad ética especial. No basta con beneficiarse de ese sistema cuando conviene.
Hay que defenderlo cuando resulta incómodo, cuando exige coherencia, cuando obliga a decir no incluso a aliados poderosos.
Defender un mundo basado en normas no es ingenuidad; es una apuesta consciente por la estabilidad, la paz y el desarrollo frente a un modelo basado exclusivamente en intereses y fuerza bruta.
En este punto, el discurso introduce una idea que puede parecer paradójica, pero que cobra todo su sentido al analizar el contexto actual: vivimos el tiempo de los diplomáticos.
No porque sea un momento cómodo o tranquilo, sino precisamente porque es uno de los más complejos y exigentes de las últimas décadas.
La diplomacia deja de ser un ejercicio protocolario para convertirse en una tarea de traducción constante entre mundos que ya no se entienden entre sí.
El diplomático aparece aquí como un intérprete de realidades, alguien capaz de leer entre líneas, de comprender motivaciones ocultas, de anticipar movimientos antes de que se conviertan en conflictos abiertos.
Nunca ha sido tan necesario ese trabajo silencioso, paciente y, muchas veces, ingrato.
Porque la seguridad global se resquebraja por sus cimientos, como demuestran los conflictos en Palestina, Ucrania, África, Asia o la propia Venezuela.
A esta fragilidad se suman otros factores que agravan el panorama: la carrera armamentística, las grietas en los sistemas de no proliferación, la persistencia del terrorismo, las amenazas híbridas que no responden a esquemas clásicos.
Todo ello en un contexto en el que muchos desafíos globales se abordan desde lógicas de suma cero, como si el triunfo de uno no implicara necesariamente la derrota colectiva. Una ilusión peligrosa que la historia se ha encargado de desmentir una y otra vez.
En este escenario, España reivindica sus credenciales. No desde la arrogancia, sino desde los hechos.
Una política de seguridad que la convierte en un aliado leal y fiable, como demuestra su participación en misiones de la OTAN y en operaciones de mantenimiento de la paz.
Un compromiso firme con la cooperación internacional y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas.
Una acción humanitaria concreta, visible, como el despliegue del equipo START en Jamaica, que pone rostro a la solidaridad más allá de los discursos.
España también apuesta por políticas geográficas basadas en alianzas y sinergias, especialmente en el ámbito euromediterráneo y en África subsahariana.
Regiones clave no solo por proximidad, sino porque en ellas se juega buena parte del futuro común.
Migraciones, cambio climático, desarrollo, seguridad: nada de esto puede abordarse desde el aislamiento o la improvisación.
El reconocimiento al prestigio de los diplomáticos españoles no es un halago vacío.
Se basa en una reputación construida sobre la escucha, el conocimiento profundo y la capacidad de generar consensos.
Un capital intangible que, en tiempos de polarización y confrontación, vale más que nunca.
Y que se percibe desde fuera, como transmiten con frecuencia autoridades y socios internacionales.
Uno de los grandes frentes en los que ese prestigio resulta imprescindible es la defensa del multilateralismo.
No como consigna, sino como práctica eficaz. La coherencia y los resultados son la única forma de sostenerlo.
La cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, celebrada en Sevilla, se presenta como un ejemplo tangible de ese enfoque.
El llamado Compromiso de Sevilla no es solo un documento: es la prueba de que todavía es posible construir acuerdos amplios cuando existe voluntad política y habilidad diplomática.
Hablar de derecho internacional, se insiste, no es un ejercicio de ingenuidad. Es recordar el faro ético que la comunidad internacional se dio a sí misma para evitar repetir los errores más oscuros de su historia.
Un recordatorio necesario en un momento en el que ese faro parpadea, amenazado por la desmemoria y el cinismo.
Por eso se pide a los diplomáticos que sigan reclamando su respeto y trabajando para dotarlo de instrumentos eficaces.
No basta con invocarlo: hay que hacerlo valer.
Especial atención merece el vínculo transatlántico. Preservarlo exige hoy más pericia y coraje diplomático que nunca.
Ese vínculo, nacido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, ha sido fundamental para el florecimiento de las democracias europeas, la estabilidad y el crecimiento, y el desarrollo del multilateralismo.
Pero no es indestructible. Su mantenimiento requiere lealtad mutua, confianza recíproca, visión de futuro y, sobre todo, respeto a las reglas del juego.
La erosión de ese vínculo tendría consecuencias para todos. No hace falta detallar escenarios catastróficos para entenderlo.
Basta con observar cómo se resiente el sistema internacional cada vez que se debilita la cooperación entre las dos orillas del Atlántico.
Por eso se subraya que su preservación es una responsabilidad compartida, no una carga unilateral.
Finalmente, el foco vuelve a Europa. A una Europa que atraviesa un momento decisivo, consciente de su fuerza transformadora y de sus fragilidades.
España, que celebra cuarenta años de su decisión de formar parte del proyecto europeo, se presenta como ejemplo de cómo la integración ha cambiado un país.
Y como recordatorio de que Europa no es una abstracción lejana, sino una construcción política que requiere cuidado constante.
El mensaje que atraviesa todo el discurso es claro: no estamos ante tiempos fáciles, pero sí ante tiempos decisivos.
La tentación del repliegue, del silencio o de la neutralidad cómoda puede resultar atractiva a corto plazo, pero tiene un coste enorme a largo plazo.
Defender la democracia, el derecho internacional y el multilateralismo no es solo una cuestión de principios, sino de supervivencia colectiva.
Cada palabra pronunciada apela, en última instancia, a la responsabilidad. A no mirar hacia otro lado.
A entender que la diplomacia, lejos de ser un lujo del pasado, es una de las pocas herramientas capaces de evitar que el mundo derive hacia un escenario dominado exclusivamente por la fuerza.
Y a recordar que, incluso en medio de la incertidumbre, hay valores que no pueden ponerse en pausa. Porque cuando se hace, siempre es el futuro el que termina pagando el precio.
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