Javier Ruiz clama en TVE por la “cacería” de la ultraderecha contra Héctor de Miguel: “La alerta antifascista debe sonar”.

 

 

 

Javier Ruiz ha reaccionado desde ‘Mañaneros 360’ a la retirada de Héctor de Miguel tras la campaña de acoso por parte de la ultraderecha tras su parodia viral de Nacho Abad.

 

 

 

 

 

La decisión llegó de golpe, pero llevaba tiempo gestándose en silencio. No fue una rueda de prensa, ni un último monólogo de despedida con luces y aplausos.

 

Fue un comunicado sobrio, casi íntimo, publicado un domingo, que cayó como una bomba en el ecosistema mediático español.

 

Héctor de Miguel, Quequé para millones de oyentes y espectadores, anunciaba su retirada profesional.

 

Y detrás de esas líneas no había cansancio creativo ni un cambio de rumbo voluntario, sino algo mucho más inquietante: el miedo.

 

El miedo real, tangible, que se cuela en la vida de quien hace humor cuando el humor deja de ser tolerado por quienes convierten el odio en arma política.

 

El impacto fue inmediato. En pocas horas, su nombre se convirtió en tendencia, los fragmentos de su parodia volvieron a circular sin contexto y los platós se llenaron de una pregunta incómoda: ¿qué está pasando para que un humorista tenga que abandonar su trabajo para protegerse? La respuesta no tardó en llegar desde uno de los espacios más seguidos de la mañana televisiva.

 

En ‘Mañaneros 360’, Javier Ruiz alzó la voz con un tono poco habitual incluso para él. No era una polémica más. Era, en palabras del propio presentador, la constatación de que algo se había roto.

 

La chispa que encendió el incendio fue una parodia emitida en ‘Hora Veintipico’, el programa de la SER donde Quequé lleva años utilizando el humor como bisturí.

 

En esta ocasión, el foco estaba puesto en Nacho Abad y en el tratamiento sensacionalista de la tragedia ferroviaria de Adamuz en ‘En boca de todos’.

 

La sátira no era nueva en su trayectoria. De hecho, seguía el mismo patrón que ha caracterizado siempre su trabajo: exagerar los códigos del espectáculo mediático para evidenciar sus excesos. Pero esta vez la reacción fue distinta. Mucho más agresiva. Mucho más organizada.

 

 

Según fue avanzando la semana, lo que comenzó como una oleada de críticas en redes sociales se transformó en algo más serio.

 

Amenazas, señalamientos públicos, llamamientos al boicot y, lo más grave, avisos explícitos de que grupos organizados acudirían a sus actuaciones para reventarlas.

Para cualquier humorista, anunciar dónde va a actuar es parte esencial de su trabajo. Para Quequé, de pronto, se convirtió en un riesgo personal.

 

En su comunicado, el cómico lo explicaba sin dramatismos, pero con una claridad que helaba la sangre.

El cuerpo pedía parar desde hacía tiempo. La mente, decía, disimulaba. Hasta que los acontecimientos de las últimas horas precipitaron una decisión que llevaba meses rondándole.

No hablaba de una pausa creativa. Hablaba de detenerlo todo. Colaboraciones, actuaciones, presencia pública. Desaparecer para protegerse.

 

Ese fue el punto de partida del análisis que hizo Javier Ruiz en directo. Con un gesto serio, casi contenido, explicó a la audiencia que la retirada de Quequé no era un caso aislado ni una reacción exagerada.

 

Era el resultado de una campaña de acoso perfectamente reconocible. Una campaña que, según denunció, sigue un patrón claro: identificar a una persona, señalarla, presionarla hasta romperla.

 

Ruiz fue especialmente contundente al describir quiénes estaban detrás de esa persecución. Habló sin rodeos de grupos de ultraderecha, de agitadores que operan dentro y fuera de las redes, de dinámicas que ya no se limitan al ruido digital.

 

“No estamos hablando de insultos en internet”, insistió. “Estamos hablando de gente que se presenta físicamente en el puesto de trabajo de otra persona para intimidarla”.

 

 

La gravedad del asunto se amplificó cuando el presentador situó el caso de Quequé dentro de un contexto más amplio. No era el primero. Y, si no se reaccionaba, tampoco sería el último.

 

En los últimos meses, varias voces críticas han denunciado situaciones similares: seguimiento, hostigamiento, intentos de intimidación directa. Periodistas, humoristas, comunicadores que, por no alinearse con determinados discursos, pasan a ser objetivos.

 

Javier Ruiz mencionó de forma explícita el caso de Sarah Santaolalla, perseguida hasta las inmediaciones de su lugar de trabajo y posteriormente hasta su domicilio.

 

Un episodio que ya había generado una fuerte reacción pública y que, lejos de servir como punto de inflexión, parece haber marcado un precedente peligroso. La frontera entre la discrepancia ideológica y la persecución personal se ha desdibujado hasta desaparecer.

 

Lo más inquietante del mensaje lanzado desde ‘Mañaneros 360’ no fue solo la denuncia, sino la advertencia.

 

Ruiz habló de una “cacería” en curso. De una dinámica en la que se va “nombre a nombre, persona a persona”, buscando el desgaste psicológico hasta que alguien no puede más.

 

Y cuando alguien se retira, como ha hecho Quequé, no es una victoria individual para quienes lo acosaron, sino una señal para los demás.

 

El humor, recordó el presentador, siempre ha sido un termómetro de la salud democrática. Cuando el humor incomoda al poder, cumple su función.

 

Cuando el humor empieza a dar miedo a quien lo ejerce, algo falla. No se trata de estar de acuerdo o no con una parodia concreta. Se trata de defender el derecho a hacerla sin poner en riesgo la integridad personal.

 

El debate que se abrió tras la retirada de Quequé va mucho más allá de su figura. Toca una fibra sensible en la sociedad española: la normalización del acoso como herramienta política.

 

Durante años, se ha minimizado el impacto de las campañas de odio, reduciéndolas a “ruido de redes”. Pero los hechos recientes demuestran que ese ruido tiene consecuencias fuera de la pantalla. Consecuencias que afectan a vidas reales.

 

En este clima, el papel de los medios adquiere una relevancia crucial. No solo como altavoces de la polémica, sino como espacios de protección.

 

La reacción de ‘Mañaneros 360’ fue leída por muchos como un gesto necesario. No para convertir a Quequé en un mártir, sino para señalar que lo ocurrido no puede aceptarse como parte del paisaje.

 

La paradoja es evidente. En un momento en el que se habla constantemente de libertad de expresión, quienes más la ejercen desde la sátira y la crítica se ven obligados a callar.

 

No por censura institucional directa, sino por una presión ambiental que acaba siendo igual de efectiva. El mensaje implícito es claro: habla, pero atente a las consecuencias.

 

Y, sin embargo, el comunicado de Quequé también tuvo otro efecto. Provocó una ola de apoyo transversal. Compañeros de profesión, oyentes, espectadores, ciudadanos anónimos expresaron su solidaridad.

 

Muchos reconocieron sentirse identificados con ese cansancio acumulado, con esa sensación de estar siempre en guardia. Otros admitieron que no eran conscientes de hasta qué punto estas campañas podían afectar a alguien desde dentro.

 

La pregunta que queda flotando es incómoda y urgente: ¿qué viene después? Si la retirada de un humorista se convierte en una advertencia silenciosa para el resto, el daño ya está hecho.

 

Por eso, Javier Ruiz insistió en la necesidad de encender todas las alarmas. No como un eslogan vacío, sino como un acto de responsabilidad colectiva.

 

Porque hoy ha sido Quequé. Ayer fue una periodista. Mañana puede ser cualquiera que decida opinar, crear o simplemente trabajar sin plegarse a determinados dogmas.

 

La retirada profesional de un humorista no debería ser nunca una noticia. Que lo sea, y que lo sea por miedo, es el verdadero escándalo.

 

Este episodio obliga a mirar de frente una realidad que muchos preferían ignorar. La libertad de creación no se pierde de golpe.

 

Se erosiona poco a poco, entre silencios forzados y renuncias discretas. Cada retirada no contestada deja un hueco. Y cada hueco es un paso atrás.

 

Quizá por eso el mensaje final de ‘Mañaneros 360’ resonó con tanta fuerza. No fue un alegato partidista ni una defensa corporativa.

 

Fue una llamada a no normalizar lo inaceptable. A no mirar hacia otro lado cuando el acoso deja de ser virtual y se convierte en físico. A entender que el humor, la crítica y la disidencia no son provocaciones, sino derechos.

 

La historia de Héctor de Miguel no debería cerrarse aquí. Su silencio, impuesto por las circunstancias, interpela a todos.

 

Porque cuando un humorista deja de hacer reír por miedo, la pregunta ya no es qué dijo, sino por qué no supimos proteger el espacio para que pudiera decirlo.