Ana María Aldón amenazó con abandonar su puesto en ‘Fiesta’ por lo sucedido con Aurelio Manzano.
Ana María Aldón ha estallado contra Aurelio Manzano por su forma de referirse a ella, e incluso ha estado a punto de abandonar el plató.

El año 2026 apenas había dado sus primeros pasos cuando el plató de Fiesta se convirtió en el escenario de una de las discusiones más tensas y reveladoras que se recuerdan en el programa.
Lo que comenzó como un debate más sobre la familia Ortega Cano terminó derivando en un enfrentamiento directo, áspero y emocional entre dos colaboradores habituales: Ana María Aldón y Aurelio Manzano.
Un choque que no solo sacudió la tarde televisiva, sino que volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda que persigue desde hace años a la crónica social española: ¿dónde está el límite entre contar una experiencia personal y alimentar un conflicto mediático sin retorno?
No era la primera vez que ambos protagonizaban un rifirrafe en directo, pero sí fue, con diferencia, la ocasión en la que la tensión alcanzó un punto de no retorno.
Bastaron unos minutos para que el tono subiera, las miradas se endurecieran y la diseñadora gaditana llegara a amenazar con abandonar el plató si nadie intervenía.
La escena, retransmitida en directo, dejó al descubierto no solo un conflicto personal, sino una fractura emocional que llevaba tiempo gestándose bajo la superficie.
El detonante fue aparentemente sencillo. En el reciente cumpleaños de José Ortega Cano, algunos miembros de su familia hicieron declaraciones públicas que volvieron a situar a Ana María Aldón en el foco.
La hermana del torero dedicó palabras de admiración a Rocío Jurado, primera esposa de Ortega Cano, un gesto que muchos consideran lógico dada la dimensión histórica y emocional de la figura de “la más grande”.
Sin embargo, también reconoció haber perdonado a Ana María Aldón, una frase que, aunque pronunciada con tono conciliador, reabrió viejas heridas.
Fue Aurelio Manzano quien decidió llevar ese comentario al debate de Fiesta. Y ahí comenzó el choque frontal. Ana María Aldón, visiblemente tensa desde el primer momento, intentó marcar distancia. “Yo he pasado página, yo no hablo de nadie”, afirmó con rotundidad, dejando claro que no estaba dispuesta a entrar en una nueva batalla pública.
Pero sus palabras no eran frías ni calculadas; venían cargadas de cansancio, de una necesidad urgente de poner límites.
La diseñadora explicó, con una serenidad que poco a poco fue resquebrajándose, por qué había decidido cambiar de actitud.
“Tengo un niño de 12 años, me gustaría mantener la cordialidad”, dijo, recordando que su prioridad ya no es el ruido mediático, sino la estabilidad emocional de su hijo.
Admitió que ella acude al programa cuando le corresponde como colaboradora, que intenta mantener el respeto, pero que ese respeto no siempre es recíproco por parte de la familia Ortega Cano.
Sus palabras fueron directas, sin adornos, lejos del victimismo que tantas veces se le ha atribuido. “Yo no voy de víctima, que mi vida es otra.
No vengo aquí llorando”, añadió, elevando ligeramente la voz, dejando claro que no estaba dispuesta a aceptar un relato que, según ella, no se corresponde con la realidad. En ese momento, el ambiente en el plató ya era denso, casi irrespirable.
El conflicto dio un giro aún más personal cuando Ana María Aldón abordó uno de los episodios que más la han marcado emocionalmente.
Recordó el momento en el que José Ortega Cano, sentado en un plató frente a ella, afirmó que la mujer de su vida había sido Rocío Jurado.
“A mí me puede doler. Me dolió”, confesó. No cuestionó el amor ni la memoria hacia la artista fallecida, pero sí el gesto de minimizar a la mujer que estaba a su lado en ese momento.
“No puedes ningunear a la mujer que está contigo para engrandecer a la que ya no está”, sentenció, tocando una fibra que muchas personas reconocen como profundamente humana.
Fue entonces cuando decidió defenderse de una de las acusaciones que más daño, según ella, le han hecho durante años: la de haber buscado fama a costa de los Ortega Cano.
Su respuesta fue contundente y basada en hechos verificables. “Si desde el primer momento hubiera buscado fama, en 2012 no habría esperado hasta 2020 para ir a Supervivientes”, recordó, desmontando la idea de una estrategia mediática planificada desde el inicio de su relación.
Pero Aurelio Manzano no reculó. Al contrario, subió la apuesta. Aseguró que parte de la familia de Ortega Cano había “sufrido en silencio” durante años los ataques públicos de Ana María Aldón y que ahora estarían dispuestos a hablar.
Según el colaborador, la diferencia es clara: mientras ella se ha sentado en numerosos platós para hablar de su exmarido y su familia, los Ortega Cano, según él, han optado por el silencio.
El señalamiento fue directo y duro. Manzano afirmó que Ana María Aldón había filtrado información privada de la familia y que incluso habría avisado a un compañero de la cadena de que atravesaba una crisis con Ortega Cano para que se hiciera público.
Una acusación grave, lanzada en directo, sin matices. La reacción de la diseñadora fue inmediata y explosiva.
“Yo no voy a permitir que se digan cosas sobre mí que no son verdad”, respondió con voz temblorosa pero firme. “Si tienes pruebas, sácalas. Eres un tramposo”, espetó, marcando un punto de inflexión en la discusión.
A partir de ahí, la tensión fue en aumento, sin que nadie lograra frenar el choque.
Ana María Aldón empezó a mirar a sus compañeros buscando apoyo, intervención, un mínimo gesto que pusiera orden en la conversación. Pero el silencio del plató se volvió casi tan ensordecedor como los gritos.
El momento más delicado llegó cuando Aurelio Manzano acusó a la diseñadora de haberse “cebado” durante más de un año en los platós para, posteriormente, conceder una exclusiva a una revista.
Y fue aún más lejos al reprocharle haberse metido con Conchi Ortega, una mujer de más de 80 años que, según él, nunca ha hablado públicamente ni se ha enfrentado a nadie.

Ahí Ana María Aldón se levantó de su asiento. El gesto, captado por las cámaras, fue puro instinto.
Amenazó con abandonar el plató, desbordada por la situación. “¿Es que nadie de este plató va a decir que lo que este señor está contando es mentira?”, gritó, mirando a su alrededor con desesperación.
No era solo rabia; era la sensación de estar siendo juzgada sin defensa.
En ese estado de nerviosismo, lanzó una afirmación que añadió un nuevo elemento al debate: la existencia de “16 horas de grabación” de Conchi Ortega hablando de su familia y mostrando incluso cartas personales de su hermano.
Un dato que, de confirmarse, cambiaría por completo el relato de silencio absoluto que se había construido hasta ese momento.
Más allá del espectáculo televisivo, el enfrentamiento dejó varias lecturas de fondo.
Por un lado, la fragilidad emocional de quienes viven durante años expuestos al juicio público.
Por otro, la responsabilidad de los programas y colaboradores a la hora de manejar acusaciones graves en directo.
Y, sobre todo, la dificultad de cerrar heridas cuando cada palabra pronunciada vuelve a amplificarse ante millones de espectadores.
Lo ocurrido en Fiesta no fue solo un choque de egos o una discusión puntual. Fue el reflejo de un conflicto largo, complejo y profundamente humano, donde se mezclan dolor, memoria, fama, familia y supervivencia emocional.
Una escena que obliga a preguntarse hasta qué punto la televisión ayuda a sanar o, por el contrario, reabre constantemente las mismas heridas.
Para el espectador, queda la responsabilidad de mirar más allá del grito y preguntarse qué hay detrás.
Para los protagonistas, la necesidad urgente de decidir si seguir librando la batalla en público o buscar, de una vez por todas, un espacio de silencio donde reconstruirse lejos de los focos.
Porque cuando la tensión llega al punto de querer abandonar un plató en directo, quizá la pregunta ya no sea quién tiene razón, sino cuánto cuesta seguir sosteniendo el conflicto.
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