Arturo Pérez-Reverte hace un símil histórico con lo que pasa en España y las respuestas son para verlas.
Lío en X tras su última publicación.

Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a situarse en el centro del debate público tras una de sus ya habituales publicaciones en la red social X.
No es la primera vez, ni probablemente será la última. Cada vez que el escritor y académico muestra su visión sobre la actualidad, especialmente cuando mezcla política, historia y metáforas contundentes, el resultado suele ser el mismo: una avalancha de reacciones, apoyos entusiastas, críticas feroces y una conversación que se desborda mucho más allá del mensaje original.
En esta ocasión, el contexto no es menor. España aún digiere la resaca política de las elecciones en Extremadura, unos comicios que han vuelto a leerse en clave nacional y que han alimentado el debate sobre el desgaste del Gobierno, el futuro de Pedro Sánchez y el clima de confrontación permanente que vive el país.
En ese escenario, Pérez-Reverte decidió recurrir a uno de sus recursos favoritos: el paralelismo histórico.
El autor de El capitán Alatriste, gran conocedor de la cultura clásica y de la historia europea, evocó una antigua costumbre de la Roma imperial para reflexionar, sin mencionar nombres propios, sobre el ejercicio del poder y sus consecuencias.
“En la antigua Roma, cuando un emperador enloquecía de soberbia y crueldad, a veces su propia guardia pretoriana lo asesinaba”, escribió en X.
La frase, por sí sola, ya anticipaba polémica. Pero el escritor fue un paso más allá al completar la idea: “No siempre el sucesor era mejor que él, pero al menos desaparecía del mundo un tirano. Y eso era un alivio para todos, aunque sólo fuese temporal”.
El mensaje, breve pero cargado de simbolismo, no tardó en incendiar la red. Decenas de usuarios interpretaron que Pérez-Reverte estaba lanzando una referencia directa al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aunque en ningún momento lo mencionó explícitamente.
Para algunos, se trataba de una reflexión histórica; para otros, de una insinuación peligrosa. Las respuestas comenzaron a multiplicarse, muchas de ellas acusándolo de cruzar una línea roja.
Entre los comentarios más críticos, algunos usuarios llegaron a afirmar que se trataba de “apología del asesinato” o de una “incitación al magnicidio”.
Otros se preguntaban abiertamente si un académico de la Real Academia Española podía permitirse ese tipo de comparaciones en un contexto político tan crispado.
La indignación de este sector contrastaba con el apoyo de quienes defendían la libertad de expresión del escritor y su derecho a utilizar metáforas históricas para analizar la realidad contemporánea.
Lejos de retractarse o de suavizar el tono, Pérez-Reverte respondió fiel a su estilo. Ante las acusaciones, optó por una frase tan seca como reveladora: “Con estos bueyes hay que arar”.
Con ella, daba a entender su resignación ante lo que considera una lectura interesada o directamente errónea de sus palabras.
En otras respuestas, dejó claro que no estaba insinuando ningún tipo de violencia real, ni mucho menos incitando a un asesinato, sino utilizando un ejemplo histórico para reflexionar sobre el poder, la soberbia y sus consecuencias.
Este nuevo episodio vuelve a poner de relieve una constante en la figura de Pérez-Reverte: su capacidad para generar división.
Admirado por unos como un intelectual libre, incómodo y sin miedo a decir lo que piensa, y criticado por otros como un provocador permanente, el escritor se mueve con soltura en esa frontera donde la opinión personal se convierte en fenómeno viral.
Buena parte de la polémica, de hecho, no gira tanto en torno a lo que dijo, sino a cómo se interpretó.
Muchos usuarios salieron en su defensa señalando la falta de “comprensión lectora” de quienes veían en el tuit una llamada a la violencia.
Argumentaban que el escritor estaba hablando en términos históricos y metafóricos, algo habitual en su trayectoria pública y literaria.
Para este grupo, la reacción airada era una prueba más del clima de hipersensibilidad y polarización que atraviesa la sociedad española.
Y es que el contexto importa. España vive uno de los momentos de mayor polarización política de las últimas décadas.
Así lo confirman diferentes estudios y análisis sociológicos. El Atlas de la Polarización en España, citado por numerosos expertos, señala que alrededor del 65% de la población considera que la sociedad está muy dividida.
No se trata solo de una percepción abstracta, sino de una realidad que se cuela en conversaciones cotidianas, en redes sociales y en los medios de comunicación.
Esa polarización no se limita al debate público o parlamentario. Ha penetrado en el ámbito privado de forma alarmante.
Según el mismo estudio, alrededor de cinco millones de españoles han roto relaciones con amigos o familiares en el último año por motivos políticos.
Una cifra que da la medida del nivel de tensión existente y que explica por qué cualquier comentario mínimamente controvertido puede convertirse en un campo de batalla digital.
En fechas especialmente sensibles, como las celebraciones navideñas o las reuniones familiares, estas diferencias ideológicas se hacen aún más visibles.
Lo que antes podía resolverse con un debate acalorado pero pasajero, hoy en muchos casos desemboca en silencios prolongados, distancias emocionales o rupturas definitivas.
En ese caldo de cultivo, figuras públicas como Pérez-Reverte actúan, quieran o no, como catalizadores de emociones acumuladas.
No es casual que el escritor haya recurrido a la Roma antigua para expresar su idea.
La historia clásica ha sido durante siglos una fuente de reflexión sobre el poder, la decadencia y los ciclos políticos.
En el caso romano, la guardia pretoriana simboliza tanto la protección del emperador como la fragilidad de su autoridad cuando el abuso y la desconexión con la realidad alcanzaban niveles extremos.
Pérez-Reverte, que ha construido buena parte de su obra sobre la decadencia moral y el choque entre ideales y realidad, conoce bien ese imaginario.
Sin embargo, trasladar ese tipo de comparaciones al presente, y hacerlo en una red social donde el contexto se pierde y la inmediatez manda, implica asumir el riesgo de la simplificación y la polémica.
X no es un ensayo histórico ni una novela; es un espacio donde cada palabra se amplifica y se interpreta desde trincheras ideológicas muy marcadas.
La reacción al tuit del escritor también enseña otra lección: la dificultad creciente para separar la crítica simbólica de la literalidad extrema.
En un entorno polarizado, muchos usuarios leen los mensajes no desde la reflexión, sino desde la sospecha.
Se busca la intención oculta, el enemigo implícito, la confirmación de los propios prejuicios.
Y así, una referencia a la Roma imperial acaba convertida, para algunos, en una supuesta amenaza contemporánea.
Pérez-Reverte no es ajeno a esta dinámica. Lleva años siendo una de las voces más incómodas del panorama cultural español, precisamente porque no encaja del todo en ninguna etiqueta ideológica cerrada.
Critica con dureza a la izquierda y a la derecha, desconfía del poder en todas sus formas y suele situarse en una posición que muchos consideran cínica, pero que otros interpretan como profundamente realista.
Este último episodio no cambiará esa percepción. Al contrario, la refuerza. Sus seguidores celebran que no se autocensure y que siga utilizando la historia como espejo del presente.
Sus detractores ven en cada una de sus palabras una provocación innecesaria en un país ya demasiado crispado.
Mientras tanto, el debate de fondo permanece intacto: cómo gestionar el desacuerdo político sin convertirlo en una guerra permanente, cómo preservar la libertad de expresión sin caer en la deshumanización del adversario y cómo recuperar espacios de diálogo en una sociedad cada vez más fragmentada.
El tuit de Pérez-Reverte ha sido solo una chispa más en un incendio que lleva tiempo ardiendo.
Un recordatorio de que, en la España actual, una metáfora histórica puede ser suficiente para desatar una tormenta.
Y también una prueba de que la polarización no solo se mide en votos o encuestas, sino en la incapacidad creciente para escuchar, interpretar y convivir con la opinión del otro.
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