ASÍ DESTRUYÓ ALSINA a PEDRO SÁNCHEZ.

 

 

La noche electoral en Extremadura dejó algo más que un reparto de escaños. Dejó una escena política desnuda, incómoda y difícil de maquillar, incluso para quienes llevan años perfeccionando el arte del relato.

 

 

Y si hubo una voz que logró condensar ese momento con precisión quirúrgica, fue la de Carlos Alsina.

 

 

Su reacción, lejos del grito o del eslogan, se convirtió en una de las radiografías más compartidas y comentadas del día siguiente, precisamente porque no necesitó exagerar nada: se limitó a describir la realidad tal como es.

 

 

Horas después de conocerse los resultados, Alsina abrió su programa con una historia mínima, casi brutal en su sencillez.

 

Un gobernante incapaz de asumir que sus gobernados ya le habían dado la espalda. Fin. No hubo nombres, no hubo adjetivos superfluos.

 

Tampoco hacían falta. Extremadura acababa de hablar con claridad y el mensaje no iba precisamente dirigido a la oposición, sino al núcleo duro del Partido Socialista y a su secretario general.

 

 

Los números eran incontestables. El PSOE perdía diez escaños en una comunidad que había sido durante décadas uno de sus grandes bastiones.

 

Caía del entorno del 40% del voto a apenas un 26%. Mientras tanto, el Partido Popular mejoraba ligeramente su posición y Vox se disparaba, sumando seis escaños más y duplicando prácticamente su fuerza parlamentaria.

 

El bloque de la derecha no solo resistía, sino que salía reforzado, mientras la izquierda se fragmentaba y se debilitaba de forma evidente.

 

 

La lectura que Alsina puso sobre la mesa fue incómoda porque desmontaba uno de los mantras más repetidos desde la izquierda en los últimos años: la idea de que todo avance de la derecha es fruto exclusivo del miedo, la manipulación o factores externos.

 

En Extremadura, explicó, parte de la victoria del adversario no es solo mérito propio, sino consecuencia directa del golpe que se ha dado quien gobernaba o aspiraba a gobernar. La derrota del PSOE no es un accidente, es un castigo.

 

 

En esa misma línea, el análisis desmontó también el discurso defensivo que intenta presentar cualquier retroceso socialista como una derrota relativa del PP por no alcanzar la mayoría absoluta.

 

María Guardiola no logró emanciparse de Vox, es cierto. Sigue obligada a negociar con la formación de Abascal.

 

Pero mientras el foco se coloca ahí, se olvida lo esencial: le ha sacado diez escaños de ventaja al PSOE.

 

Y eso, en términos políticos, es devastador para quien aspiraba a recuperar el gobierno autonómico.

 

 

La izquierda, además, llegó a la noche electoral con un relato preparado que no resistió el primer contraste con los datos.

 

El mensaje del “vótame para frenar a la derecha” fracasó estrepitosamente.

 

No solo no frenó nada, sino que coincidió con un avance claro de Vox y con el hundimiento del partido que lo enarbolaba. Cuando pides el voto como muro de contención y el resultado es exactamente el contrario, el problema no está en los votantes, sino en la estrategia.

 

 

Especialmente revelador fue el comportamiento del electorado de izquierdas. Mientras el PSOE se desangraba, Podemos lograba crecer en Extremadura.

 

Tres escaños más, en un contexto general adverso, no son una anécdota.

 

Pero Alsina subrayó un matiz clave: ese crecimiento no se explica por la presencia de las grandes figuras nacionales del partido.

 

Ni Irene Montero, ni Ione Belarra, ni Pablo Iglesias se dejaron ver en la campaña.

 

La candidatura extremeña se presentó como algo distinto, más local, menos quemado, con un perfil que muchos votantes percibieron como relativamente fresco.

 

 

Ahí aparece una de las advertencias más interesantes del análisis.

 

Ese pequeño éxito puede convertirse en un espejismo si Podemos decide nacionalizar la lectura y volver a situar a Irene Montero como candidata en unas generales.

 

Lo que en Extremadura funcionó como novedad, podría transformarse a nivel estatal en un potente movilizador… pero del voto contrario.

 

La figura de Montero, con su historial de declaraciones polémicas y su fuerte rechazo en amplias capas del electorado, es vista por muchos analistas como una fábrica de votos para la derecha.

 

El propio Alsina ironizó con esa posibilidad, señalando que una campaña protagonizada por Irene Montero sería, para Vox, un regalo electoral difícil de igualar.

 

No por su capacidad de convencer a nuevos votantes de izquierdas, sino por su eficacia a la hora de activar a quienes acudirían a las urnas solo para evitar su regreso al poder.

 

Es una paradoja que la izquierda parece no querer asumir: ciertos liderazgos movilizan más al adversario que a los propios.

 

Mientras tanto, desde Ferraz, el mensaje oficial seguía anclado en una especie de negación controlada.

 

No estamos tocados, no estamos hundidos, estamos más fuertes que nunca. Una afirmación que choca frontalmente con la realidad que describen los datos.

 

Cuando un partido pasa de ser hegemónico a convertirse en tercera fuerza en ciudades clave como Badajoz, incluso por detrás de Vox, sostener que todo va bien empieza a rozar lo inverosímil.

 

Alsina insistió en una idea que atraviesa todo su análisis: las elecciones siempre sirven para algo, aunque el resultado no guste.

 

Sirven para saber qué piensan los votantes, en quién confían y cuánto confían.

 

En Extremadura han servido para confirmar que la derecha es hoy hegemónica y que la izquierda no consigue articular una alternativa creíble ni ilusionante.

 

No es una cuestión de propaganda, es una cuestión de aritmética parlamentaria.

 

El debate posterior sobre si Guardiola debería dimitir por no lograr la mayoría absoluta fue, en ese contexto, casi surrealista.

 

Quienes planteaban esa exigencia eran precisamente quienes habían sufrido una derrota mucho más severa.

 

Resultaba difícil sostener que unas elecciones “no han servido para nada” cuando han redefinido el equilibrio de fuerzas y han dejado a un partido histórico gravemente debilitado.

 

La reacción del Gobierno central tampoco ayudó a disipar la sensación de desconexión.

 

Mientras se analizaban los resultados en Extremadura, desde algunos espacios mediáticos afines se intentaba explicar el auge de Vox recurriendo a teorías cada vez más forzadas: desde la influencia de Isabel Díaz Ayuso hasta fenómenos culturales o religiosos presentados como amenazas organizadas.

 

El contraste entre esas explicaciones y la sencillez de la lectura electoral generó un efecto contraproducente: más incredulidad que convencimiento.

 

La ciudadanía, cada vez más expuesta a la información y menos dispuesta a aceptar relatos prefabricados, parece castigar duramente esa distancia entre discurso y realidad.

 

Cuando se insiste en que el problema nunca es propio, sino siempre externo, el mensaje termina perdiendo eficacia.

 

Extremadura no votó pensando en conspiraciones ni en villancicos virales. Votó evaluando una gestión, una oposición y una alternativa.

 

En última instancia, la reacción de Carlos Alsina se volvió viral no por su tono, sino por su claridad.

 

Puso palabras a una sensación compartida por muchos: la de un ciclo político que empieza a agotarse y de un liderazgo que tiene cada vez más dificultades para leer el estado de ánimo del país.

 

No hubo insultos, no hubo descalificaciones gratuitas. Solo una constatación incómoda: cuando los votantes te dan la espalda y tú sigues actuando como si nada hubiera pasado, el problema deja de ser electoral y pasa a ser político.

 

 

Extremadura ha sido, en ese sentido, algo más que una comunidad autónoma votando. Ha sido un aviso.

 

Un aviso de que el relato ya no basta, de que la apelación constante al miedo pierde eficacia y de que la realidad, por mucho que se intente maquillar, acaba imponiéndose.

 

Y eso es precisamente lo que hizo que aquella breve historia con la que Alsina abrió su programa resonara tanto: porque en pocas palabras resumió una derrota que muchos todavía no quieren asumir.