DENUNCIAN la CENSURA del Gobierno a José Mota en TVE: “¡Basta ya!”.

 

 

 

 

 

La Nochevieja suele ser, año tras año, uno de los pocos momentos en los que la televisión generalista se permite una licencia casi ritual: reírse del poder.

 

El especial de José Mota en RTVE ha ocupado históricamente ese espacio simbólico, una mezcla de humor popular, sátira política y guiños al espectador que espera cerrar el año con carcajadas y empezar el siguiente con cierta sensación de desahogo colectivo.

 

 

Sin embargo, el especial emitido para despedir 2025 y dar la bienvenida a 2026 ha provocado justo el efecto contrario en una parte muy significativa de la audiencia.

 

 

Desde las primeras horas tras la emisión, las redes sociales y los foros de opinión se llenaron de comentarios críticos.

 

 

No era una reacción aislada ni fruto de una polémica puntual. La sensación que se repetía, con distintas palabras, era clara: algo había cambiado.

 

El humor estaba ahí, los personajes habituales también, pero faltaba la mordida. Faltaba ese punto de incomodidad que convierte la comedia política en una herramienta de crítica y no en un simple entretenimiento inofensivo.

 

 

Diversos medios de comunicación y analistas televisivos empezaron a señalar lo que muchos espectadores ya intuían.

 

El programa parecía moverse dentro de un perímetro muy definido, con límites claros sobre qué temas podían abordarse y cuáles quedaban fuera.

 

No hubo menciones a algunos de los nombres más incómodos del panorama político actual, pese a estar presentes de forma constante en la actualidad informativa y judicial. Ausencias demasiado evidentes como para pasar desapercibidas.

 

 

La polémica no tardó en crecer. Artículos de opinión y tertulias radiofónicas comenzaron a hablar abiertamente de autocensura, o al menos de una prudencia extrema difícil de justificar en un espacio humorístico que se emite en una televisión pública financiada por todos los ciudadanos.

 

No se trataba de exigir ataques personales ni linchamientos satíricos, sino de señalar la falta de equilibrio.

 

Cuando la sátira apunta siempre en la misma dirección o evita sistemáticamente determinados temas, deja de cumplir su función social.

 

 

Uno de los aspectos que más se ha comentado es la diferencia entre este especial y los de años anteriores.

 

José Mota ha demostrado durante décadas una enorme capacidad para retratar vicios, tics y contradicciones del poder, sea cual sea su color político.

 

Su humor ha conectado con varias generaciones precisamente porque no necesitaba pedir permiso para incomodar.

 

Por eso, para muchos seguidores, el especial de este año ha resultado especialmente frustrante: no por lo que fue, sino por lo que podría haber sido y no fue.

 

 

Las críticas no se han centrado tanto en el talento del humorista como en el contexto en el que se ha desarrollado el programa.

 

Analistas de medios han apuntado a un clima general de presión indirecta sobre los contenidos de RTVE, donde la independencia formal convive con una vigilancia política constante.

 

No es una acusación nueva. Informes de asociaciones profesionales y del propio Consejo de Informativos de RTVE han advertido en distintas ocasiones sobre interferencias y decisiones editoriales controvertidas.

 

 

En este caso concreto, la sospecha que ha calado entre parte del público es que el guion del especial habría estado condicionado desde el inicio por criterios políticos.

 

No existe una confirmación oficial de vetos explícitos, pero la ausencia reiterada de ciertos temas y personajes ha alimentado la percepción de que el humor estaba permitido solo dentro de un marco seguro.

 

Un humor que no molesta, que no señala y que, por tanto, no cumple su papel crítico.

 

 

El debate va más allá de un programa de Nochevieja. Lo que está en juego es la función de la televisión pública en una democracia madura.

 

RTVE no es una cadena privada que responda a intereses comerciales o editoriales propios, sino un medio sostenido con dinero público.

 

Eso implica una responsabilidad añadida: ofrecer contenidos plurales, críticos y capaces de reflejar la diversidad de opiniones de la sociedad española.

 

Muchos espectadores han expresado su malestar no solo por lo que consideran una oportunidad perdida, sino por la sensación de estar ante un uso partidista, aunque sea sutil, de un espacio que debería pertenecer a todos.

 

En redes sociales se han repetido mensajes que apuntan en la misma dirección: si el humor solo puede mirar a un lado del tablero político, deja de ser sátira y se convierte en un producto domesticado.

 

La reacción también ha puesto en una posición incómoda al propio José Mota.

 

Para una parte de su público, el humorista ha quedado atrapado en un formato que no le permitía desplegar todo su potencial creativo.

 

Repetir personajes conocidos y fórmulas que ya funcionaron en el pasado puede ser eficaz, pero sin el contexto crítico adecuado se percibe como una repetición sin alma. No es una crítica a su carrera, sino al marco en el que ha tenido que moverse.

 

 

Desde el entorno de RTVE se ha defendido que el programa fue concebido como un especial de entretenimiento, no como un ajuste de cuentas político.

 

Sin embargo, esta explicación no ha convencido a quienes recuerdan que la tradición del humor de fin de año en España siempre ha tenido un componente satírico muy marcado.

 

Desde Tip y Coll hasta Martes y Trece, pasando por el propio José Mota, la Nochevieja ha sido históricamente un espacio para la ironía y la crítica suave pero reconocible.

 

El malestar del público se entiende mejor si se observa el contexto político actual.

 

España atraviesa un periodo de fuerte polarización, con casos judiciales, debates institucionales intensos y una sensación generalizada de desconfianza hacia la clase política.

 

En ese escenario, el humor actúa como una válvula de escape y como una forma de procesar colectivamente la realidad.

 

Cuando esa válvula parece bloqueada, la frustración aflora con más fuerza.

 

No es casualidad que muchos de los comentarios más compartidos en redes insistieran en la idea de “risa cautiva”.

 

Una expresión que resume bien la percepción de que el espectador podía reír, sí, pero solo dentro de unos márgenes previamente definidos.

 

La crítica no se dirigía únicamente al Gobierno, sino al modelo de televisión pública que se está construyendo y a la sensación de que ciertos temas se han vuelto intocables.

 

El debate sobre la censura y la autocensura en los medios públicos no es exclusivo de España.

 

En otros países europeos, la presión política sobre las radiotelevisiones estatales ha sido objeto de informes y advertencias por parte de instituciones comunitarias.

 

La diferencia es que, en el caso español, estas polémicas suelen estallar de forma especialmente visible cuando afectan a programas de gran audiencia, como un especial de Nochevieja.

 

 

A nivel práctico, la polémica deja varias lecciones. La primera, que el público no es pasivo y detecta con rapidez cuando un contenido parece excesivamente edulcorado.

 

La segunda, que el humor político sigue siendo un terreno sensible, pero necesario.

 

Y la tercera, que la credibilidad de una televisión pública se construye también a través de su capacidad para reírse de sí misma y del poder que la rodea.

 

El balance final para muchos espectadores ha sido claro. El especial de José Mota ha pasado sin pena ni gloria en términos de impacto humorístico, pero ha abierto un debate profundo sobre los límites de la sátira en RTVE.

 

Una Nochevieja que, en lugar de cerrar el año con risas liberadoras, ha dejado un poso de desconfianza y la sensación de que algo esencial se ha quedado fuera del guion.

 

La pregunta que queda en el aire es inevitable: ¿puede una televisión pública permitirse un humor sin riesgo en un momento de máxima tensión política? Para una parte creciente de la audiencia, la respuesta es no.

 

 

Y esa conclusión, más allá de gustos personales, debería servir como llamada de atención para quienes deciden qué se dice y qué no en los espacios que pertenecen a todos.