Lo que ha dicho Tellado sobre Vito Quiles ha provocado el debate inmediato: lo compara con Wyoming.

 

 

“Atentos a la deriva ultra del PP…”

 

 

 

Hay frases que se lanzan en un acto político y parecen destinadas a morir ahí, entre aplausos de compromiso y vídeos cortos para redes.

 

Y luego están las otras. Las que, sin previo aviso, activan una tormenta. Una comparación inesperada, un nombre propio colocado en el lugar equivocado, una referencia que despierta memorias colectivas.

 

Eso es exactamente lo que ocurrió cuando Miguel Tellado, secretario general del Partido Popular, decidió pronunciar en voz alta un paralelismo que nadie había pedido: poner a Vito Quiles en el mismo plano que el Gran Wyoming.

 

El escenario no era menor. Jornadas de Nuevas Generaciones del PP de Madrid, bajo un título tan ambicioso como provocador: La Generación Z no está perdida.

 

Jóvenes militantes, discursos pensados para viralizar, un clima de autoafirmación ideológica y una audiencia digital siempre dispuesta a capturar el momento exacto en el que algo se descarrila. Y ocurrió.

 

Tellado tomó la palabra para defender a Vito Quiles, agitador de ultraderecha y figura cada vez más omnipresente en actos políticos conservadores, tras su fichaje para el cierre de campaña del PP en Aragón.

 

Hasta ahí, la escena era previsible. Lo inesperado llegó cuando intentó legitimar su figura comparándolo con el Gran Wyoming de Caiga quien caiga, el programa que marcó a toda una generación con sátira, irreverencia y crítica al poder.

 

 

“Le acusan de perseguir a la gente con un micrófono para conocer su opinión, pero eso no es nada nuevo”, dijo Tellado.

 

“Se lo hemos visto al Gran Wyoming hace años”. Bastaron esos segundos para que la frase empezara a circular, descontextualizada para algunos, clarísima para muchos otros.

 

Porque no todas las comparaciones son inocentes, y no todos los silencios posteriores pesan lo mismo.

 

La reacción fue casi inmediata. En redes sociales, el comentario se interpretó como algo más que una defensa puntual.

 

Para muchos usuarios, fue la confirmación de un giro ideológico que venían denunciando desde hace tiempo: la normalización de perfiles ultras dentro del discurso y la estrategia del Partido Popular.

 

Y la comparación con Wyoming, un símbolo de la crítica al poder desde el humor, actuó como detonante emocional.

 

Uno de los mensajes más compartidos fue el del usuario @josevico4, que no solo rechazó la analogía, sino que desmontó punto por punto lo que consideraba una manipulación peligrosa.

 

“Atentos a la deriva ultra del PP”, comenzaba su publicación. Y a partir de ahí, la disección fue quirúrgica. Wyoming, recordaba, jamás persiguió a nadie a la puerta de su casa.

 

Nunca señaló a personas para que otros actuaran contra ellas. Nunca difundió bulos desde escenarios de emergencia ni fue financiado con dinero público para provocar.

 

El mensaje no se quedó en la crítica individual. Fue más allá. Apuntó a lo que muchos interpretan como una estrategia: presentarse como “periodista incómodo” mientras se actúa como agitador ideológico con agenda clara.

 

“Es absolutamente desolador ver que la oposición está en manos del neofascismo”, remataba el tuit.

 

En pocas horas, superó las 30.000 reproducciones, los mil ‘me gusta’ y cientos de comentarios. No era una reacción aislada. Era un síntoma.

 

 

 

Porque Vito Quiles no es un personaje neutro. Su trayectoria está marcada por la provocación constante, la confrontación directa y una forma de “periodismo” que muchos medios y profesionales han cuestionado abiertamente.

 

No por incomodar al poder, sino por el método: persecuciones, grabaciones forzadas, preguntas diseñadas para generar conflicto y una narrativa sistemática contra determinados colectivos y figuras políticas.

 

Su presencia en actos del PP no es anecdótica. Tampoco su paso por otras formaciones.

 

Quiles estuvo en listas electorales de Se acabó la fiesta (SALF), el partido liderado por Alvise Pérez, y no ha ocultado su simpatía por Vox.

 

De hecho, él mismo reconoció recientemente en la red social X que no tendría ningún problema en participar en un acto del partido de Santiago Abascal si lo invitan.

 

“Yo no he participado ni he apoyado ninguna campaña del PP”, escribió, intentando marcar distancia.

 

“Asistí encantado a un acto con jóvenes al que me invitaron, igual que haría si me invitan los de Vox o cualquier movimiento contrario a este gobierno”.

 

Sin embargo, los hechos matizan el relato. Estuvo presente en el cierre de campaña del PP en Aragón, fue parte del ambiente festivo, se dejó ver de cañas con simpatizantes y, según se ha confirmado, fue remunerado por ello.

 

 

 

Ese matiz es clave. Porque ya no se trata solo de asistir como invitado, sino de formar parte activa de una estrategia de comunicación.

 

De ser utilizado —o utilizarse— como símbolo de cercanía con una generación que consume política en clips, confrontación y mensajes simples. La pregunta de fondo es incómoda: ¿a qué precio?

 

La comparación con el Gran Wyoming no solo enfadó por lo que decía de Quiles, sino por lo que implicaba sobre la memoria colectiva.

 

Caiga quien caiga fue un programa que incomodó a gobiernos de distinto signo, que utilizó el humor como herramienta de crítica transversal y que jamás se alineó con una agenda partidista cerrada.

 

Equiparar ese legado con prácticas que muchos consideran acoso no es una anécdota semántica: es una declaración de intenciones.

 

El silencio posterior también habla. Wyoming, por ahora, no se ha pronunciado. Y quizá no lo haga. Pero el debate ya está servido.

 

En un contexto político marcado por la polarización, cada gesto cuenta. Cada defensa pública, cada fichaje simbólico, cada frase lanzada al aire se interpreta como un movimiento más en un tablero cada vez más tenso.

 

Lo que preocupa a una parte de la ciudadanía no es solo Vito Quiles como individuo, sino lo que representa su blanqueamiento.

 

La idea de que todo vale en nombre de la batalla cultural. Que el fin —movilizar, provocar, viralizar— justifica los medios. Y que el lenguaje de la ultraderecha puede integrarse sin coste en estructuras políticas tradicionales.

 

El Partido Popular, históricamente situado en el centro-derecha, se enfrenta a un dilema evidente: competir con Vox por el electorado más radicalizado o marcar una línea clara de distinción.

 

Gestos como el de Tellado son leídos, por muchos, como una renuncia a esa frontera. No es una cuestión de percepción aislada, sino de acumulación de señales.

 

En paralelo, el papel de las redes sociales amplifica todo. Un comentario en un acto local se convierte en tendencia nacional.

 

Una comparación improvisada se analiza durante días. Y la indignación se multiplica porque conecta con miedos más profundos: el deterioro del debate público, la confusión entre información y propaganda, la banalización del acoso como “pregunta incómoda”.

 

No es casual que el título de las jornadas fuera La Generación Z no está perdida. El mensaje implícito es que hay que conquistarla, hablar su idioma, estar donde están.

 

Pero quizá la cuestión no sea si la Generación Z está perdida, sino qué modelo de discurso se le está ofreciendo como alternativa. Porque los jóvenes no solo consumen provocación; también detectan la incoherencia con una rapidez brutal.

 

La viralidad no siempre juega a favor. A veces expone. A veces deja al descubierto lo que se quería normalizar en silencio.

 

Y en este caso, la comparación entre Quiles y Wyoming ha servido para abrir un debate que va más allá de un nombre propio. Habla de límites, de responsabilidad política y de la línea cada vez más difusa entre informar, agitar y señalar.

 

El eco de esta polémica no se apagará rápido. Porque toca nervios sensibles. Porque interpela tanto a quienes aplauden como a quienes se alarman.

 

Y porque, en el fondo, obliga a hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de oposición quiere ser el PP en la España actual?

 

 

La respuesta no está solo en los discursos oficiales, sino en a quién se da micrófono, a quién se legitima con comparaciones históricas y a quién se presenta como referente para las nuevas generaciones.

 

En política, como en comunicación, nada es casual. Y cuando una frase genera más ruido que el acto entero, conviene escuchar lo que ese ruido está diciendo.

 

Quizá por eso esta historia no se cerró el sábado. Sigue viva en cada comentario, en cada debate, en cada compartido.

 

Porque no va solo de Vito Quiles. Ni siquiera va solo del PP. Va de hacia dónde se está desplazando el centro de gravedad del discurso público en España. Y esa es una conversación que, le guste o no a algunos, apenas acaba de empezar.