La UNIÓN EUROPEA ATACA DURAMENTE a SÁNCHEZ por REGULARIZAR MEDIO MILLÓN de INMIGRANTES.

 

 

La noticia no llegó como un decreto frío ni como una nota técnica perdida en el BOE. Llegó envuelta en ruido, en indignación, en aplausos y en una sensación incómoda que recorría bares, tertulias y redes sociales: algo grande estaba pasando y nadie parecía tener el control total del relato.

 

La regularización masiva de más de 500.000 inmigrantes impulsada por el Gobierno de Pedro Sánchez no solo abrió un debate político, abrió una grieta emocional en la sociedad española. Una de esas grietas que no se cierran con estadísticas rápidas ni con consignas de mitin.

 

Mientras unos hablaban de derechos humanos y justicia social, otros veían un salto al vacío. Y en medio, una pregunta que lo contaminaba todo: ¿qué pasa con los antecedentes penales?

 

España despertó de pronto con la idea de que medio millón de personas podrían pasar de la irregularidad a la legalidad administrativa en cuestión de meses. Para algunos era una medida necesaria, casi humanitaria.

 

Para otros, una irresponsabilidad histórica. Y el detonante de la polémica fue un detalle que, al conocerse, hizo saltar todas las alarmas: si los países de origen no emiten el certificado de antecedentes penales en un plazo de 30 días, bastará con una declaración responsable del propio solicitante asegurando que no ha cometido delitos.

 

Así, negro sobre blanco. Sin matices técnicos que suavizaran el impacto.

 

La escena es fácil de imaginar y por eso genera tanto rechazo en parte de la opinión pública. El Estado pregunta: “¿Ha cometido usted algún delito?”.

 

Y el solicitante responde: “No”. Y con eso, el trámite sigue adelante. Para muchos ciudadanos, esto no es integración, es ingenuidad institucional.

 

Para otros, es la única vía realista en un mundo donde muchos países simplemente no cooperan o carecen de registros fiables.

 

La discusión no tardó en saltar a los platós y a los canales de YouTube, donde el tono se volvió más crudo, más visceral.

 

Se habló de coladero, de amnistía encubierta, de chantaje electoral. Se citó una y otra vez un dato que cayó como una losa: según encuestas recientes, más del 55% de los españoles se muestra en contra de esta regularización masiva pactada entre el PSOE y sus socios de izquierda.

 

No es un rechazo marginal. Es mayoritario.

 

Y sin embargo, desde el Gobierno y desde figuras como Yolanda Díaz o Irene Montero, el mensaje fue otro muy distinto. La regularización no solo se defendía, se celebraba.

 

Se presentaba como un logro político, casi como una conquista moral frente a una derecha caricaturizada como insensible y reaccionaria. “Regularizar personas”, repetían. No cifras, no expedientes: personas.

 

Pero el discurso no se quedó ahí. En algunos actos y declaraciones, el relato fue más lejos. Se habló abiertamente de avanzar después hacia la nacionalidad o incluso de modificar leyes para facilitar el derecho al voto.

 

Fue entonces cuando la sospecha, que muchos ya tenían, se verbalizó sin tapujos desde el otro lado del espectro político: ¿estamos ante una operación demográfica con fines electorales?

 

Isabel Díaz Ayuso lo dijo sin rodeos: utilización electoralista de la inmigración, modificación de censos, cálculo a medio plazo.

 

Palabras duras que durante meses se tacharon de bulo o de conspiración ultraderechista… hasta que algunas afirmaciones desde la propia izquierda parecieron confirmar que, al menos, el debate existía.

 

Mientras tanto, Europa miraba con creciente incomodidad.

 

Porque este no es un asunto que se quede dentro de las fronteras españolas. Regularizar en España implica, automáticamente, otorgar libertad de movimiento dentro del espacio Schengen.

 

Y ahí es donde países como Francia, Alemania o incluso los gobiernos socialdemócratas del norte de Europa comenzaron a fruncir el ceño.

 

Durante años, la tendencia europea ha sido clara: endurecer políticas migratorias, reducir flujos, incentivar retornos.

 

Suecia y Dinamarca llegaron incluso a ofrecer incentivos económicos para que los inmigrantes regresaran a sus países de origen.

 

En ese contexto, la decisión española sonó a disonancia. A ruptura de consenso. A gesto unilateral con consecuencias colectivas.

 

“No es tu problema si se quedan en España”, venía a ser el mensaje implícito desde Bruselas. “El problema es que pueden venir aquí”.

 

Desde el Gobierno, Pedro Sánchez respondió con un discurso de defensa cerrada de la inmigración, buscando también una proyección internacional.

 

No pasó desapercibido que esta postura coincidía con un momento de confrontación ideológica global, con figuras como Donald Trump o Elon Musk en el centro del debate sobre fronteras, soberanía y globalización. España quería presentarse como el faro moral frente al repliegue identitario.

 

Pero el relato épico chocaba con la realidad cotidiana.

 

En barrios saturados, en servicios públicos al límite, en ayuntamientos que ya advertían de que no podían absorber más presión sin recursos adicionales.

 

Alcaldes y concejales, de todos los signos políticos, empezaron a levantar la voz: el colapso no lo gestiona el Gobierno central, lo gestionan ellos. Y cuando algo falla, la responsabilidad también cae sobre ellos.

 

El debate sobre la inseguridad añadió más gasolina al fuego. Informes policiales, como uno de la Policía Foral de Navarra, comenzaron a circular con datos estremecedores: porcentajes muy elevados de delitos graves cometidos por extranjeros en determinadas tipologías delictivas. Datos que unos calificaron de racistas por su uso político y otros de imprescindibles para un debate honesto.

 

 

A esto se sumó la imagen simbólica, potente, casi cinematográfica: intentos de entrada masiva en Ceuta tras el anuncio de la regularización. Para algunos, prueba evidente del llamado “efecto llamada”. Para otros, simple coincidencia amplificada por redes sociales y titulares interesados.

 

 

Aquí el choque fue frontal: estudios académicos frente a percepción social. Investigaciones de universidades como Cambridge o Stanford señalando que no existe evidencia empírica de que las regularizaciones provoquen aumentos significativos de flujos migratorios, frente a policías y guardias civiles afirmando que sobre el terreno la sensación es otra muy distinta.

 

La ciencia decía una cosa. La frontera parecía decir otra.

 

Y en medio de este ruido ensordecedor, la política volvió a convertirse en espectáculo. Interrupciones, gritos, ironías, descalificaciones personales.

 

El debate dejó de ser técnico hace tiempo y se transformó en una guerra cultural. “Fascistas” contra “ingenuos”, “humanistas” contra “xenófobos”. Nadie escucha. Todos gritan.

 

Lo más inquietante de todo es que, en esta batalla, los protagonistas reales —las personas migrantes— se diluyen. Se convierten en argumento, en cifra, en arma arrojadiza. Se habla de ellos, rara vez con ellos. Se les promete esperanza mientras se les utiliza como símbolo.

 

España se encuentra así ante una de las decisiones más delicadas de su historia reciente. No solo por el impacto inmediato, sino por lo que revela: una sociedad fracturada, una Europa descoordinada y una política que ha sustituido la gestión por el relato.

 

La regularización masiva ya no es solo una medida administrativa. Es un espejo incómodo. Un espejo que obliga a preguntarse qué país queremos ser, cómo gestionamos la solidaridad sin sacrificar la cohesión y hasta qué punto estamos dispuestos a asumir las consecuencias de decisiones tomadas más con el corazón —o con la calculadora electoral— que con un plan realista a largo plazo.

 

El debate no ha terminado. Acaba de empezar. Y lo que está en juego no es solo el futuro de 500.000 personas, sino la credibilidad de un sistema que parece caminar, cada vez más, al filo de sus propias contradicciones.