Carlos Bardem advierte de lo que ocurrirá ahora tras la captura de Maduro a manos de EEUU.
“Vuelve el Imperialismo del XIX”.

La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, tras una serie de ataques militares en territorio venezolano, ha abierto una grieta profunda en el debate internacional.
No es solo una cuestión de geopolítica o de alineamientos ideológicos. Es, sobre todo, un punto de inflexión que obliga a replantearse qué normas rigen hoy el mundo y quién decide cuándo pueden ser ignoradas.
En ese contexto, la reacción del actor y escritor Carlos Bardem ha resonado con una fuerza particular, precisamente porque combina formación histórica, mirada crítica y una capacidad poco común para traducir procesos complejos en mensajes comprensibles para el gran público.
Bardem no es un opinador ocasional. Licenciado en Historia y Premio de Novela Histórica de la Semana Negra de Gijón, lleva años reflexionando sobre el poder, la violencia y los ciclos que se repiten cuando las grandes potencias actúan sin contrapesos.
Por eso, su advertencia tras la operación estadounidense no suena a arrebato emocional, sino a diagnóstico.
Un diagnóstico incómodo, pero difícil de ignorar. Con ironía afilada, ha resumido la escena con una frase que ha corrido como la pólvora en redes sociales: el “premio de la paz de la FIFA”, en referencia al galardón concedido a Donald Trump, jaleado por una Premio Nobel de la Paz, bombardea, secuestra y se prepara para el saqueo de otro país.
Más allá de la provocación retórica, el mensaje apunta a una contradicción central.
En el discurso oficial, la intervención se presenta como una acción necesaria para restaurar la legalidad, combatir el narcotráfico o liberar a un pueblo oprimido.
En la práctica, lo que se ha visto son bombardeos, incursiones militares y la captura de un jefe de Estado extranjero sin un proceso internacional transparente.
Esa distancia entre relato y hechos es lo que Bardem pone sobre la mesa cuando afirma que “cualquier ficción de derecho internacional acaba aquí”.
La frase no es menor. Habla de una ruptura simbólica con el orden que, al menos sobre el papel, ha regido las relaciones internacionales desde mediados del siglo XX.
Un orden imperfecto, sin duda, lleno de dobles raseros, pero sostenido por la idea de que existen límites, normas y procedimientos compartidos.
Cuando una potencia decide cruzarlos de forma unilateral, el mensaje que se envía al resto del mundo es claro: la fuerza vuelve a estar por encima del derecho.
Ese diagnóstico coincide con el análisis de Eduardo Saldaña, codirector de El Orden Mundial en el Siglo XXI y graduado en Relaciones Internacionales.
Saldaña lleva tiempo advirtiendo de que el sistema internacional se está desplazando hacia una lógica que muchos creían superada.
Según su lectura, lo ocurrido en Venezuela confirma que “estamos más cerca del siglo XIX que del XXI”, un mundo de esferas de influencia donde las grandes potencias actúan en su entorno inmediato sin demasiada preocupación por las reacciones externas.
Desde esta perspectiva, Venezuela no sería un caso aislado ni un simple ajuste de cuentas con el chavismo.
Sería el primer paso de una estrategia más amplia. Saldaña señala que el objetivo último no se limitaría a Caracas, sino que apuntaría directamente a Cuba, el otro gran símbolo de resistencia a la hegemonía estadounidense en el Caribe.
La operación contra Maduro serviría así como advertencia y como ensayo general de un giro estratégico más profundo.
El siguiente movimiento, según este análisis, sería sentar a Maduro en el banquillo, no solo en sentido judicial, sino también político y simbólico.
La idea de un gobierno de transición en Venezuela aparece como pieza clave de este plan, con el objetivo final de entregar el poder a una figura claramente alineada con Washington, como María Corina Machado.
No se trata únicamente de un cambio de liderazgo, sino de una reconfiguración completa del equilibrio político en el país y, por extensión, en la región.
Este enfoque refuerza la noción de esferas de influencia. Estados Unidos estaría replegando parte de su atención hacia su hemisferio, dejando en segundo plano su papel tradicional como actor global omnipresente.
Pero ese repliegue no implica moderación, sino todo lo contrario: una afirmación más dura de su dominio en el espacio que considera vital para su seguridad e intereses.
Y ahí es donde surge una de las advertencias más inquietantes de Saldaña: otras potencias pueden tomar nota.
Si Washington actúa así en Venezuela, ¿qué mensaje recibe China respecto a Taiwán? ¿Qué conclusión extrae Rusia sobre su entorno inmediato? ¿Cómo interpreta Irán este precedente en su área de influencia? La normalización del uso de la fuerza para resolver conflictos políticos abre la puerta a una cascada de decisiones similares en otros puntos del planeta.
No porque los contextos sean idénticos, sino porque el argumento de fondo se vuelve intercambiable: si el fuerte puede, el fuerte hace.
Carlos Bardem lo resume con una frase que parece sacada de un manual de historia, pero que describe con precisión el momento actual: “Vuelve el imperialismo del XIX. Lo que sigue está en los libros de historia”.
Esa referencia no es retórica. El siglo XIX estuvo marcado por intervenciones, anexiones y guerras justificadas en nombre de la civilización, el progreso o la seguridad. Hoy, los términos han cambiado, pero la lógica subyacente resulta inquietantemente familiar.
Uno de los puntos más relevantes del análisis de Saldaña es la llamada a la prudencia frente a lecturas simplistas que equiparan esta intervención con la Doctrina Monroe clásica. Según el experto, asumir que el intervencionismo actual es una mera reedición de aquella doctrina es un error.
El mundo en el que nació la Doctrina Monroe era distinto. Estados Unidos era entonces un actor en expansión, pero todavía no había asumido el papel global que desempeñó durante gran parte del siglo XX.
La Doctrina Monroe, recuerda Saldaña, es esencialmente hemisferista. No busca intervenir en todo el planeta, sino asegurar una zona de influencia clara en América.
El problema es que, en el contexto actual, ese enfoque choca con un mundo interconectado, donde cualquier movimiento de una gran potencia tiene repercusiones globales.
De ahí que el retorno a una lógica de esferas resulte tan peligroso: rompe equilibrios frágiles y debilita los mecanismos de contención.
La operación militar en Venezuela no surgió de la nada. Es la culminación de una escalada que comenzó hace aproximadamente 28 semanas, cuando desde Washington se lanzaron las primeras amenazas explícitas.
El argumento oficial fue la lucha contra el narcotráfico, un marco discursivo que ha servido históricamente para justificar intervenciones en América Latina. Sin embargo, desde el inicio quedó claro que el objetivo real iba más allá: un cambio de régimen.
A lo largo de esos meses, las tensiones se tradujeron en sanciones, presiones diplomáticas y movimientos militares cada vez más visibles.
El punto culminante fue el mayor despliegue militar visto jamás en el mar Caribe, encabezado por el portaaviones USS Gerald Ford, el más grande y avanzado de la Armada estadounidense.
La presencia de este buque no era solo un mensaje a Venezuela, sino a toda la región: Estados Unidos estaba dispuesto a usar toda su capacidad militar si lo consideraba necesario.
Ese despliegue masivo también tenía una dimensión psicológica. Mostrar músculo militar no solo busca disuadir al adversario, sino moldear la percepción de inevitabilidad.
Cuando la fuerza se presenta como aplastante, se reduce el espacio para la negociación y se empuja a los actores locales a asumir que no hay alternativa real.
Es una estrategia conocida, utilizada en otros escenarios, con resultados desiguales y, a menudo, consecuencias a largo plazo difíciles de controlar.
En este punto, las palabras de Bardem adquieren una resonancia especial. Al hablar de saqueo, no se refiere únicamente a recursos materiales, aunque Venezuela, con sus enormes reservas energéticas, siempre ha sido un objetivo estratégico.
Habla también de un saqueo político y simbólico: la apropiación del derecho a decidir el futuro de un país desde fuera, sin un proceso soberano y sin garantías reales para su población.
El debate que se abre no es sencillo. Hay quienes celebran la caída de Maduro como una liberación necesaria tras años de autoritarismo y crisis.
Otros temen que la intervención militar agrave el sufrimiento de la población y deje un país aún más fragmentado.
Entre ambas posiciones, la advertencia de historiadores, analistas y voces culturales apunta a un riesgo mayor: normalizar que los cambios políticos se impongan a golpe de misil.
Cuando Carlos Bardem afirma que “cualquier ficción de derecho internacional acaba aquí”, no está negando que esas normas existan sobre el papel.
Está señalando que su credibilidad depende de que se apliquen también cuando resulta incómodo hacerlo.
Si no, dejan de ser reglas y se convierten en simples herramientas retóricas, útiles solo para legitimar decisiones ya tomadas.
El escenario que se abre tras la captura de Maduro es incierto. Habrá negociaciones, presiones, reacciones internas y externas. Pero el precedente ya está fijado.
Y es ahí donde la advertencia de Bardem y el análisis de Saldaña se cruzan: el mundo que emerge de este episodio puede ser menos previsible, más brutal y más parecido a aquellos periodos históricos que muchos creían definitivamente superados.
En última instancia, la pregunta que queda flotando no es solo qué ocurrirá en Venezuela, sino qué consecuencias tendrá este giro para el conjunto del sistema internacional.
La historia enseña que cuando las reglas se rompen en un lugar, rara vez se quedan allí. Y esa es, quizá, la lección más inquietante que deja este episodio y que voces como la de Carlos Bardem han decidido subrayar sin rodeos.
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