Abascal responde al Papa y califica de “invención” su preocupación por la deriva ultra en España.

 

 

El Papa León XIV advirtió a la Conferencia Episcopal de la “ideología de ultraderecha” en España.

 

 

 

El presidente de Vox, Santiago Abascal, atendiendo a los medios de comunicación en los pasillos del Congreso de los Diputados.

 

Las palabras cruzadas entre Santiago Abascal y el entorno del Papa León XIV han vuelto a colocar en el centro del debate la relación entre política y religión en España. Lo que comenzó como una información publicada en prensa sobre la supuesta preocupación del Pontífice por el auge de la ultraderecha en nuestro país ha terminado convirtiéndose en un nuevo frente dialéctico que refleja una fractura más profunda: quién representa realmente a los católicos españoles y hasta qué punto la fe puede —o debe— entrelazarse con la batalla partidista.

 

 

En un acto celebrado en el Palacio de Congresos de Salamanca, Abascal fue tajante. Calificó de “invención” que el Papa esté inquieto por la “ideología de ultraderecha” en España y reprochó que este tipo de asuntos ocupen portadas y tertulias cuando, según él, no forman parte de las preocupaciones reales de los ciudadanos en su día a día. El líder de Vox insistió en que los problemas auténticos son otros: la economía doméstica, la inseguridad, la inmigración irregular y la pérdida de poder adquisitivo.

 

 

Sin embargo, el trasfondo del debate no surge de la nada. El pasado 17 de noviembre, la Conferencia Episcopal Española mantuvo un encuentro con el Papa en el Vaticano. En esa reunión, según diversas informaciones publicadas en medios nacionales, León XIV habría advertido a la cúpula episcopal sobre el crecimiento de movimientos ultra en España y sobre el riesgo de que determinados sectores intenten “instrumentalizar la Iglesia” para ganar el voto católico.

 

 

Estas advertencias se enmarcan en un contexto de tensiones acumuladas. La Iglesia española ya había mostrado en los últimos meses su desacuerdo con algunas posiciones defendidas por Vox, especialmente en materia migratoria. El episodio que marcó un antes y un después fue la aprobación en Jumilla (Murcia) de una enmienda impulsada por PP y Vox para prohibir la celebración de fiestas de la comunidad musulmana en espacios municipales. La Conferencia Episcopal calificó aquella medida como una “discriminación que no puede darse en sociedades democráticas”, un posicionamiento que generó malestar en sectores de la derecha más dura.

 

 

Desde entonces, el cruce de declaraciones no ha cesado. Obispos españoles han condenado públicamente el discurso antiinmigración, mientras que desde Vox se ha acusado a parte de la jerarquía eclesiástica de alinearse con el Gobierno de Pedro Sánchez. Las tensiones se trasladaron incluso a la calle, con manifestaciones frente a la sede de la Conferencia Episcopal en Madrid en las que se pudieron leer pancartas acusando a los obispos de “traidores”.

 

En este contexto, la supuesta advertencia del Papa adquiere una dimensión simbólica relevante. La Iglesia católica, como institución global, ha mantenido tradicionalmente una postura crítica frente a los nacionalismos excluyentes y los discursos que fomentan la división social. León XIV, siguiendo esa línea, habría subrayado su inquietud ante la posibilidad de que ciertos movimientos utilicen la identidad religiosa como herramienta electoral.

 

 

Abascal, por su parte, niega que exista tal preocupación y sostiene que se trata de una interpretación interesada. En su intervención en Salamanca también arremetió contra encuestas que pronostican un descenso electoral de Vox en Castilla y León, calificándolas de “falsas” y defendiendo que su partido continúa creciendo gracias al contacto directo con la ciudadanía.

 

 

Más allá de las versiones enfrentadas, los datos electorales recientes muestran que la derecha radical ha consolidado posiciones en varias comunidades autónomas, como Extremadura o Aragón. Ese crecimiento es percibido tanto dentro como fuera de España, lo que explica que la cuestión haya llegado hasta el Vaticano.

 

El debate, sin embargo, no es únicamente político. También es cultural y social. España es un país con profundas raíces católicas, pero también con una sociedad cada vez más plural y diversa. La inmigración, la convivencia interreligiosa y el papel de la Iglesia en el espacio público son asuntos que generan tensiones y obligan a posicionamientos claros.

 

 

La Conferencia Episcopal ha defendido en repetidas ocasiones la dignidad de las personas migrantes y la necesidad de evitar discursos que estigmaticen. Desde Vox, en cambio, se insiste en que sus planteamientos no son xenófobos, sino una defensa de la soberanía nacional y del orden legal.

 

 

En medio de esta pugna, el Papa aparece como una figura moral cuya opinión tiene peso simbólico, aunque no intervenga directamente en la política nacional. Su advertencia —si se confirma en los términos publicados— no sería tanto un ataque a un partido concreto como una llamada de atención ante cualquier intento de apropiación partidista de la fe.

 

El choque entre Abascal y la Iglesia refleja una tensión más amplia en Europa, donde distintos movimientos conservadores buscan conectar con el electorado creyente reivindicando valores tradicionales. La cuestión es si esa estrategia fortalece o debilita la autonomía de las instituciones religiosas.

 

Para muchos analistas, el verdadero debate no es si el Papa está o no preocupado por la ultraderecha, sino cómo debe posicionarse la Iglesia ante fenómenos políticos que apelan explícitamente a la identidad cristiana. ¿Debe mantenerse neutral? ¿Debe denunciar lo que considere injusto? ¿O debe limitarse al ámbito espiritual?

 

 

Mientras tanto, el intercambio de declaraciones continúa alimentando titulares y conversaciones en redes sociales. La política española, siempre intensa, suma así un nuevo capítulo en el que religión y poder vuelven a entrelazarse.

 

Lo que parece claro es que la relación entre Vox y la jerarquía eclesiástica atraviesa uno de sus momentos más delicados. Y aunque Abascal insista en que estos debates no preocupan a la ciudadanía, la discusión sobre el papel de la Iglesia y la utilización del voto católico seguirá marcando la agenda pública en los próximos meses.

 

 

Porque, en el fondo, lo que está en juego no es solo una polémica puntual, sino la definición de los límites entre fe y política en una España que continúa redefiniendo su identidad en pleno siglo XXI.