Benjamín Prado tumba el relato catastrofista del PP con un titular económico: “En Feijóolandia…”.
El conocido escritor recogió datos macroeconómicos para reflejar la evolución económica de nuestro país y contraponerlo con el argumentario del principal partido de la oposición.

El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, y el escritor Benjamín Prado. Elaboración propia.
“La situación actual de nuestro país es muy grave”. Con esa frase, pronunciada desde la sede nacional del Partido Popular en la calle Génova, Alberto Núñez Feijóo quiso marcar el tono de su balance político de final de año y, al mismo tiempo, reforzar su papel como principal líder de la oposición al Gobierno de Pedro Sánchez.
Un diagnóstico sombrío que, sin embargo, ha chocado frontalmente con otro relato muy distinto: el que dibujan los principales indicadores económicos y numerosos informes publicados por medios y organismos de referencia en los últimos meses.
La distancia entre ambos discursos no ha pasado desapercibida.
Al contrario, ha encendido un intenso debate político y social que se ha trasladado con rapidez a las redes sociales, donde periodistas, economistas, analistas y ciudadanos han confrontado datos, titulares y percepciones.
En ese contexto, una reacción concreta se ha viralizado con fuerza y se ha convertido en uno de los comentarios más compartidos de las últimas horas: la del escritor y colaborador televisivo Benjamín Prado.
Prado recurrió a un titular publicado meses atrás por el diario La Razón para cuestionar el relato catastrofista del líder del PP.
“España se reafirma como motor económico en Europa: mercado laboral robusto e inflación controlada según el PMI”, rezaba la noticia rescatada por el escritor.
Junto a ella, añadió un comentario irónico que no dejó indiferente a nadie en X, la antigua Twitter: “En Feijóolandia puede que sí, pero el resto del planeta dice lo contrario…”.
La frase, breve pero contundente, se propagó con rapidez y se convirtió en un símbolo del choque de narrativas que atraviesa la política española a las puertas de 2026.
El artículo citado destacaba que, pese a un contexto internacional marcado por la guerra en Ucrania, la desaceleración de algunas economías europeas y la persistencia de tensiones geopolíticas, España había logrado mantener un crecimiento sólido.
Sectores clave como el turismo, las exportaciones y la inversión extranjera directa mostraban un dinamismo notable, permitiendo al país consolidar su posición dentro del conjunto europeo.
Además, subrayaba la estabilidad financiera y la capacidad de adaptación de la economía española ante los cambios del entorno global, dos factores que, según el análisis, reforzaban su papel como uno de los motores de crecimiento en un escenario de incertidumbre generalizada.
Este contraste entre datos y discurso político es el telón de fondo del balance que Feijóo ofreció este lunes 29 de diciembre, apenas unos días después del tradicional mensaje de fin de año del presidente del Gobierno desde el Palacio de la Moncloa.
Mientras Pedro Sánchez optó por un tono institucional y por poner en valor la evolución económica, social y laboral del país, el líder del PP eligió una estrategia claramente opuesta: enumerar los que, a su juicio, son los grandes fracasos del Ejecutivo y presentarse como la alternativa necesaria para revertir lo que definió como una deriva preocupante.
“El colapso total de este Gobierno en 2025 se resume en varios hechos incontestables”, afirmó Feijóo, antes de desgranar una larga lista de reproches.
Habló de debilidad parlamentaria, de la incapacidad para ofrecer soluciones al problema de la vivienda, de un apagón impropio de un país desarrollado, de una política migratoria que calificó de irresponsable, de la pérdida de confianza internacional, de una gestión deficiente de los fondos europeos, de la precariedad vital de los jóvenes, de la pérdida de poder adquisitivo de las familias, de la desprotección de las mujeres y de los casos de corrupción que, según él, cercan al Gobierno.
La intervención estuvo cargada de un tono grave y de una retórica orientada a subrayar la idea de decadencia.
“La situación actual de España es muy grave”, insistió, antes de lanzar un mensaje que buscaba apelar a la autoestima colectiva de los ciudadanos. “Transitamos la decadencia.
Como representante público y como líder del primer partido político del país, pero sobre todo como español, quiero hacer un llamamiento a mis compatriotas: nada ni nadie nos va a arrebatar la autoestima colectiva.
Que nadie asuma un fracaso que no es el suyo. Quien está fracasando es el Gobierno, no la nación”.
Estas palabras, pronunciadas con solemnidad, fueron recibidas de forma muy distinta según el espacio ideológico desde el que se mirasen. Para los sectores más críticos con el Ejecutivo, el discurso de Feijóo reflejaba un malestar real que sienten muchos ciudadanos, especialmente en cuestiones como el acceso a la vivienda, el encarecimiento de la vida o la incertidumbre laboral.
Para otros, en cambio, el líder del PP construyó un relato excesivamente negativo que ignora o minimiza avances objetivos en materia económica y social.
Los datos macroeconómicos han sido, precisamente, uno de los principales puntos de fricción.
En 2025, España ha registrado un crecimiento económico superior al de la media de la zona euro, según diversos informes de instituciones nacionales e internacionales.
El mercado laboral ha mostrado una fortaleza notable, con cifras de empleo en máximos históricos y una reducción significativa de la temporalidad tras la reforma laboral.
La inflación, aunque fue un problema central en años anteriores, ha mostrado una tendencia a la moderación, situándose por debajo de los picos alcanzados en plena crisis energética.
El turismo ha vuelto a ser uno de los grandes motores del crecimiento, con récords tanto en número de visitantes como en ingresos, mientras que las exportaciones han mantenido un comportamiento sólido en mercados clave.
A ello se suma el atractivo de España para la inversión extranjera, especialmente en sectores vinculados a las energías renovables, la automoción eléctrica y la tecnología.
Este conjunto de factores ha llevado a varios medios internacionales a destacar el desempeño económico del país en comparación con otras grandes economías europeas.
Sin embargo, la existencia de buenos indicadores macroeconómicos no elimina los problemas estructurales ni las desigualdades que persisten.
El acceso a la vivienda se ha convertido en una de las principales preocupaciones sociales, especialmente entre los jóvenes y las familias con rentas medias y bajas.
Los precios del alquiler y de la compra han aumentado de forma notable en muchas ciudades, generando una sensación de asfixia que alimenta el malestar social.
En este punto, incluso analistas favorables al Gobierno reconocen que las medidas adoptadas hasta ahora han sido insuficientes para contener la escalada de precios.
La precariedad juvenil es otro de los elementos que Feijóo puso sobre la mesa y que conecta con una realidad palpable para una parte importante de la población.
Aunque el empleo ha crecido, muchos jóvenes encadenan trabajos con salarios bajos y tienen dificultades para emanciparse.
La mejora de los datos globales no siempre se traduce en una percepción de bienestar en el día a día, y ahí es donde el discurso político encuentra terreno fértil.
El choque de relatos se ha visto amplificado por las redes sociales, convertidas en un espacio donde titulares, gráficos y frases contundentes compiten por imponer una interpretación de la realidad.
El comentario de Benjamín Prado es solo un ejemplo de cómo una intervención puntual puede sintetizar un debate mucho más amplio.
Para unos, su mensaje refleja una defensa de los datos frente a la retórica alarmista.
Para otros, es una muestra de complacencia con un Gobierno que, según critican, se apoya en cifras macroeconómicas para ocultar problemas reales.
En el fondo, la discusión trasciende a Feijóo y a Sánchez. Se trata de una batalla por el marco interpretativo desde el que se analiza la situación del país.
¿Está España al borde de la decadencia, como sostiene el líder del PP, o vive una etapa de crecimiento y estabilidad relativa en un contexto internacional complejo, como defienden el Gobierno y parte de la prensa económica? La respuesta no es sencilla y depende, en gran medida, del prisma desde el que se mire.
Los expertos suelen advertir de los riesgos de simplificar una realidad compleja.
Un país puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, arrastrar problemas profundos de desigualdad, acceso a servicios básicos o cohesión social.
Del mismo modo, un discurso excesivamente negativo puede generar desafección y desconfianza, incluso cuando existen razones objetivas para el optimismo moderado.
El balance político de 2025 se produce, además, en un momento de alta polarización.
Cada intervención pública es analizada, amplificada y reinterpretada en clave partidista.
Feijóo, consciente de ello, optó por un mensaje duro que busca movilizar a su electorado y consolidar su imagen como alternativa.
Sánchez, por su parte, insiste en un relato de estabilidad y progreso que le permita defender la gestión del Ejecutivo frente a las críticas.
En este contexto, la viralización de reacciones como la de Benjamín Prado no es anecdótica.
Refleja una sociedad atenta, crítica y profundamente dividida en la forma de percibir su propia realidad.
Mientras algunos se aferran a los datos macroeconómicos como prueba de que España avanza, otros ponen el foco en las dificultades cotidianas que sienten en su bolsillo y en su proyecto de vida.
Lo cierto es que la situación del país no puede reducirse a un único titular, ni optimista ni catastrofista.
España ha demostrado una capacidad notable de resistencia y adaptación en los últimos años, pero también enfrenta desafíos que exigen respuestas ambiciosas y consensos amplios.
La vivienda, la calidad del empleo, la sostenibilidad del crecimiento y la cohesión social seguirán siendo ejes centrales del debate político en los próximos meses.
El discurso de Feijóo y las reacciones que ha generado son una muestra de que la batalla política no se libra solo en el Parlamento o en los mítines, sino también en el terreno simbólico de la percepción pública.
En ese espacio, los datos importan, pero también las emociones, las experiencias personales y la credibilidad de quienes los interpretan.
A las puertas de un nuevo año, España se mira al espejo entre la autocrítica y la autoconfianza.
La pregunta no es solo quién tiene razón en este cruce de declaraciones, sino cómo transformar el crecimiento económico en bienestar real y compartido.
Porque, más allá de Génova o de la Moncloa, lo que está en juego es la capacidad del país para ofrecer un futuro con certezas a una ciudadanía cansada de relatos enfrentados y deseosa de soluciones concretas.
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