FEIJÓO IMPLICADO TRAMA PROSTITUCIÓN “GÉNOVA ENTRA EN PÁNICO AL RECORDARSE LA NOTICIA CASO GÜRTEL”.

Hay momentos en la política española en los que basta con rebuscar unos minutos en la hemeroteca para que el discurso actual empiece a crujir. No hace falta interpretar, ni añadir adjetivos: las propias palabras, colocadas una junto a la otra, se encargan de construir el relato.
Eso es exactamente lo que ha vuelto a ocurrir con Alberto Núñez Feijóo. Un ejercicio de memoria colectiva que, en pleno ruido político, ha rescatado declaraciones pasadas para confrontarlas con su posición presente. Y el contraste no ha pasado desapercibido.
La escena es casi cinematográfica. Por un lado, Feijóo hablando con dureza sobre los casos que afectan al Partido Socialista, apelando directamente a la “responsabilidad penal”, a la hipocresía, a conductas que califica como punibles.
Un tono severo, sin matices, que da por sentadas intenciones, conocimientos previos y encubrimientos.
Por otro, el mismo Feijóo, años después, cuando los focos apuntan al Partido Popular, invocando la prudencia, el respeto escrupuloso a la vía judicial, la diferencia entre juicio y prejuicio, y la necesidad de esperar a resoluciones firmes.
No es una caricatura. Es hemeroteca pura.
Cuando se trata del adversario político, el discurso se acelera. Las palabras se cargan de contundencia moral. Se habla de gobiernos hipócritas, de responsabilidades claras, de culpabilidades implícitas.
En ese marco, Feijóo no duda en afirmar que determinados comportamientos no solo son reprobables, sino que deberían tener consecuencias penales. El mensaje es directo y busca generar una reacción emocional inmediata: indignación, rechazo, hartazgo.
Sin embargo, cuando el foco gira y apunta hacia dentro, hacia el propio partido, el lenguaje cambia.
Se vuelve técnico, pausado, casi pedagógico. Se recuerda que un informe policial no es una sentencia, que las decisiones judiciales deben respetarse, que la política no debe interferir en los tiempos de la justicia.
Aparecen conceptos como la independencia judicial, la tranquilidad procesal y la necesidad de no confundir acusaciones con hechos probados.
Ese doble registro no es nuevo en la política española, pero cuando se expone con tanta claridad, el efecto es demoledor.
El propio Feijóo ha llegado a verbalizar que, cuando hay un problema en una comunidad autónoma gobernada por el Partido Popular, debe ser el dirigente de esa comunidad quien asuma la responsabilidad y adopte decisiones.
Una defensa cerrada de la descentralización interna que, leída con perspectiva, funciona también como un escudo frente a responsabilidades nacionales.
Cada barco que aguante su vela. Cada cual en su ámbito. Una lógica que, curiosamente, no siempre se aplica cuando el problema estalla en la acera de enfrente.
El contraste se vuelve aún más incómodo cuando la conversación deriva hacia casos históricos como Gürtel.
Un nombre que, por mucho que pasen los años, sigue pesando como una losa en la memoria colectiva.
Las grabaciones, los sumarios, los testimonios judiciales y las imágenes que acompañaron aquel escándalo no forman parte de una opinión, sino de una realidad documentada que marcó un antes y un después.
La trama Gürtel no fue solo una red de corrupción económica. Fue, tal y como quedó reflejado en las investigaciones judiciales y en los propios sumarios, un sistema de favores, regalos y prebendas que incluía relojes, viajes, coches y también prostitución de lujo como moneda de cambio para ganar influencia y contratos.
Los audios de Francisco Correa y de Álvaro Pérez, “El Bigotes”, describiendo con crudeza la organización de fiestas y encuentros, siguen estremeciendo por su naturalidad y su impunidad.
Las conversaciones grabadas hablan de mujeres seleccionadas por su apariencia, su “elegancia” y su capacidad para agradar a “gente importante”.
No son rumores ni exageraciones: forman parte de autos judiciales, de declaraciones testificales y de investigaciones que llegaron hasta las más altas instancias. Y todo eso convivió durante años con discursos públicos sobre ejemplaridad, responsabilidad y ética.
En ese contexto, escuchar a líderes políticos reclamar prudencia, silencio y respeto institucional cuando los escándalos rozan su propio espacio ideológico resulta, como mínimo, difícil de digerir para una parte importante de la ciudadanía.
El problema no es solo la contradicción. Es la sensación de doble vara de medir. De que la exigencia máxima se reserva para el adversario, mientras que la comprensión y la cautela se aplican en casa.
Esa percepción erosiona algo mucho más profundo que la imagen de un dirigente concreto: mina la confianza en el sistema político en su conjunto.
Cuando Feijóo afirma que los políticos deben hablar poco cuando se trata de justicia, muchos recuerdan automáticamente declaraciones pasadas en las que él mismo hablaba mucho y muy alto.
Cuando insiste en que no se deben hacer juicios paralelos, resuenan en la memoria frases en las que la culpabilidad parecía clara antes de cualquier resolución judicial.
Y cuando apela a la independencia de los territorios para gestionar crisis internas, surge la pregunta inevitable: ¿esa lógica vale siempre o solo cuando conviene?
El uso selectivo del discurso jurídico es una de las grandes trampas de la política contemporánea.
Convertir la presunción de inocencia en un valor sagrado cuando afecta a los propios, y en un obstáculo molesto cuando protege al rival, genera una incoherencia difícil de justificar. No porque la prudencia sea incorrecta, sino porque debería ser universal.
La hemeroteca no entiende de estrategias. No olvida. No contextualiza en función del interés del momento. Simplemente muestra.
Y lo que muestra en este caso es un líder político que ha transitado del dedo acusador a la mano templada según el color del escándalo.
El impacto de estos contrastes no se limita al debate parlamentario o a las tertulias televisivas. Llega a la calle. A la conversación cotidiana.
A esa sensación de hartazgo que se instala cuando el ciudadano percibe que las reglas cambian según quién esté bajo sospecha. Y ahí es donde el daño se vuelve estructural.
Porque más allá de Feijóo, del PP o del PSOE, lo que queda en el aire es una pregunta incómoda: ¿se aplica el mismo listón ético a todos? ¿O la moral política es flexible, moldeable, oportunista?
El caso Gürtel, con todo su peso simbólico, funciona como recordatorio permanente de lo que ocurre cuando esa flexibilidad se convierte en norma. No fue un accidente aislado, ni una manzana podrida.
Fue una trama sistemática que operó durante años, alimentada por una cultura de impunidad y silencio.
Y aunque hubo condenas, sentencias y responsabilidades, la sensación de que nunca se asumió del todo el daño causado sigue presente.
Por eso, cada vez que un dirigente habla de ejemplaridad, de responsabilidad penal o de ética pública, la memoria colectiva vuelve a activarse. No por rencor, sino por supervivencia democrática. Porque una sociedad que olvida está condenada a repetir.
El ejercicio de confrontar declaraciones no busca destruir a una persona concreta, sino evidenciar un patrón.
Un patrón que atraviesa partidos, ideologías y épocas, pero que se vuelve especialmente visible cuando se repite con tanta claridad.
La política necesita coherencia para ser creíble. Y la coherencia empieza por aplicar los mismos principios, incluso —o sobre todo— cuando resultan incómodos.
Hoy, en un clima de polarización extrema, estos contrastes se viralizan porque conectan con una intuición compartida: algo no encaja.
Y cuando la ciudadanía detecta esa grieta, la confianza se resiente. No basta con apelar a la justicia cuando conviene y a la prudencia cuando aprieta. No basta con pedir silencio ajeno y justificar el propio ruido.
El reto para quienes aspiran a gobernar no es solo ganar elecciones, sino sostener un discurso que resista el paso del tiempo y el escrutinio de la hemeroteca. Porque tarde o temprano, las palabras regresan. Y cuando lo hacen, ya no hay estrategia que valga.
Quizá por eso este tipo de ejercicios generan tanto impacto. No necesitan exageración. No requieren adornos.
Solo muestran lo que fue dicho, lo que se dice ahora y dejan que cada cual saque sus conclusiones. En una época saturada de opinión, ese contraste desnudo resulta más elocuente que cualquier editorial.
La pregunta final no es si Feijóo se contradijo. La pregunta es si la política española está dispuesta, de una vez por todas, a abandonar la lógica del “y tú más” y asumir una ética coherente, sin apellidos ni excepciones.
Porque mientras eso no ocurra, la hemeroteca seguirá hablando. Y lo hará cada vez más alto.
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