Santiago Segura responde a la actriz Mariona Terés tras su feo en ‘La Revuelta’: “No la conozco de nada”

Santiago Segura ha contestado a la actriz Mariona Terés tras su sonada negativa a saludarle durante el último programa de ‘La Revuelta’

La escena duró apenas unos segundos, pero dejó una sensación rara, como cuando alguien cierra una puerta sin dar un portazo… y aun así suena en toda la casa.

 

En un programa donde lo normal es que todo pase rápido —el chiste, la réplica, el aplauso, el corte—, hubo un instante que se quedó pegado a la conversación pública: una actriz que se niega a mandar un saludo a un director famosísimo, y un país entero decidiendo si eso fue valentía, descortesía o simplemente una frase lanzada con cansancio.

 

Lo curioso no es solo el gesto. Lo realmente magnético es lo que vino después: la respuesta de Santiago Segura en “La Revuelta”, su cara entre incredulidad y resignación, y esa pregunta que, sin querer, retrata bastante bien cómo consumimos todo hoy: “¿No ha habido nada más interesante que eso?”

 

Porque, si uno se lo piensa, “La Revuelta” no es precisamente un lugar donde falten cosas. David Broncano ha convertido el plató de TVE en una máquina de generar clips, frases y momentos que saltan de la tele al móvil con una facilidad pasmosa. Y sin embargo, de todo un programa, de toda una visita, de todo un día de televisión, lo que se impuso como titular fue el roce. El “no” seco. La negativa. El gesto que divide. El cebo perfecto para abrir redes y ver cómo se enciende el incendio.

 

Según lo que se comentó en el propio programa, el detonante fue sencillo: el equipo mencionó que Santiago Segura iba a ir al día siguiente y, como hacen a veces, pidieron a los invitados del día anterior que le dejaran un mensaje. Ahí Mariona Terés habría zanjado el asunto con una frase contundente: que “no tenía nada que decirle a ese señor”. No una broma, no un “paso”, no un “mejor no”. Una línea con filo. Y con eso bastó.

 

Al día siguiente, Segura llegó a “La Revuelta” con su promoción a cuestas —aparecía para hacer balance de “Torrente, Presidente”, casi un mes después del estreno— y se encontró con que su nombre venía precedido de “jaleillo”, tal como él mismo lo llamó. Un jaleo que, en realidad, dice mucho más de la conversación pública que de la relación entre dos personas que, por lo que él asegura, ni siquiera se conocen.

 

“Ha habido jaleillo”, reconoció de entrada, como quien entra en una habitación donde ya se ha hablado de ti. Y enseguida puso el foco donde él quería ponerlo: no tanto en el desplante en sí, sino en lo que hacemos con el desplante. “Es culpa mía, porque hablo de más”, dijo, admitiendo que a veces se deja llevar cuando le “tiran de la lengua”. No lo dijo con pose de víctima, sino con un punto de autocrítica que sonó a cansancio real. No a dramatización.

 

Ahí empezó a dibujarse el tema de fondo: Segura no estaba discutiendo con Mariona Terés (de hecho, insistió en que no la conoce), sino con el mecanismo. Con la dinámica en la que cualquier roce se convierte en evento, cualquier frase en sentencia, y cualquier gesto en un campo de batalla con dos bandos, memes y un contador de likes como árbitro.

 

El momento clave llegó cuando comentó lo que le había pasado por la cabeza al ver el titular que circulaba sobre el programa del día anterior. Dijo que lo que había leído era básicamente: “Mariona Terés niega el saludo a Santiago Segura”. Y soltó la pregunta que resume su queja: “¿No ha habido nada más interesante en el programa que eso?” En su boca sonó menos a reproche a ella y más a reproche al ecosistema que decide qué merece ser compartido.

 

No se quedó ahí. Reconoció algo que, por sincero, pinchó un poco: “Me ha dado un bajón de la hostia”. Y explicó por qué: “Porque he dicho: pero si no conozco a esta persona de nada, ¿cómo me odia?” Esa frase funcionó como gasolina para unos y como espejo para otros. Porque si es verdad que no se conocen, entonces el “no tengo nada que decirle a ese señor” ya no parece un simple “paso de mandar un saludo”, sino una declaración cargada de algo más. Y ahí es donde entra la interpretación, que es el deporte nacional de internet.

 

Broncano, en su papel de moderador con ironía y calma, aportó contexto: no es algo que hagan siempre, pero salió el tema de que Segura iba a ir, y cuando preguntaron si querían decirle algo, ella contestó eso. Y en un gesto que también es importante, añadió una frase que corta el impulso de demonizar: “Mariona está en su derecho de decir eso”. Es decir, en el programa no se planteó como “ella es mala”, sino como “ella ha decidido no hacerlo”. Punto. Derecho a no participar en el ritual.

 

Segura, sin embargo, volvía una y otra vez al mismo punto: no tanto si ella tiene derecho —que lo tiene— sino por qué a la gente le fascina lo desagradable. Lo llamó por su nombre: “Clickbait”. Señaló esa tendencia a sacar “siempre lo más chungo”, a esperar el momento incómodo como si fuera el premio mayor. Y ahí, aunque te caiga mejor o peor Segura, cuesta no reconocer algo de verdad incómoda: muchas veces consumimos entretenimiento como quien consume conflicto, porque el conflicto es más rápido, más simple y más compartible que un diálogo matizado.

 

En esa conversación, además, Segura enlazó el asunto con algo que venía arrastrando: el clima actual alrededor de lo que se dice y cómo se recibe. “No me gusta cómo se toman las cosas ahora”, comentó, y se describió como alguien que recula y pide perdón. También soltó otra frase que ayuda a entender su posición: “No me gusta que el tejido social se deteriore y que la conversación se agrie. No me gustan las cosas agrias”. Es una imagen potente: la conversación como un tejido, algo que se puede desgarrar con tirones repetidos.

 

A partir de ahí, el caso dejó de ser “Mariona vs Segura” y pasó a ser “la conversación pública vs el matiz”. Porque lo que el propio Segura estaba diciendo es: yo a veces hablo de más, me preguntan, contesto, y luego me pregunto “qué necesidad”. No como estrategia calculada, sino como reacción humana. Y remató con una idea que, de nuevo, suena más a autocrítica que a ataque: “Mi idea cuando hablo no es molestar”. Puede discutirse si lo consigue, pero ahí está el gesto: reconocer que a veces la palabra se va y el contexto la devora.

 

Mientras tanto, en el otro lado, el silencio de Mariona Terés (al menos en el material que circula de este episodio) alimenta la gran máquina de suposiciones. Y ese es otro punto clave de por qué esto funciona tan bien como contenido viral: cuando alguien no explica, el vacío se rellena. El público completa el relato con lo que ya piensa.

 

Los que no soportan a Segura lo leen como un “por fin alguien le para”. Los que lo defienden lo leen como un ataque injustificado. Y los que están en medio, que son muchos aunque hagan menos ruido, lo leen como un síntoma: la discusión cultural en España está tan tensada que un saludo se convierte en referéndum.

 

También hay un componente de “meta-promoción” que no se puede ignorar, porque el propio texto lo menciona: “Torrente, Presidente” ha recibido críticas por su campaña anti-promocional, sin tráiler ni pases de prensa antes del estreno.

 

Eso añade otra capa a la narrativa, porque en un mundo de promociones agresivas, una anti-promoción genera conversación… y la conversación, para bien o para mal, se alimenta de momentos como este. Aquí conviene ser justos: en lo que se comentó en el programa, Segura no dijo “esto me viene bien”, ni lo presentó como estrategia. Pero el efecto público existe: el foco aumenta, el nombre circula, la visita se comenta, y el clip se comparte.

 

Lo fascinante es que todo esto ocurre sin que se haya descrito un enfrentamiento real cara a cara. No hubo cruce en plató entre los dos. No hubo réplica directa de ella. Hubo una negativa a dejar un mensaje, y una respuesta posterior de él, centrada en el fenómeno. Y aun así, el relato se percibe como “choque”. Esa es la magia —y la trampa— del formato viral: convierte una anécdota en trama, una frase en bando, una incomodidad en guerra cultural.

 

En el corazón de este episodio hay una pregunta que no depende de Segura ni de Terés: ¿qué estamos premiando cuando compartimos un clip? ¿El contenido o el conflicto? Porque si el titular que triunfa es el del saludo negado, entonces se está diciendo, sin decirlo, que el resto del programa era menos valioso. Que el humor, la conversación, los matices, la promo o las reflexiones importan menos que un roce social.

 

Y eso, precisamente, fue lo que a Segura le pareció deprimente. No porque “le hayan hecho un feo” como si fuera una tragedia personal, sino porque ese feo se convirtió en la noticia. “¿No ha habido nada más interesante que eso?” repetía, como si no pudiera creer que ese fuera el resumen del día.

 

Ahora bien, conviene mirar el episodio con calma, porque la calma es el músculo que menos entrenamos en internet. Que Mariona Terés diga que no quiere mandar un mensaje no es un delito ni una obligación moral.

 

Puede deberse a razones personales, profesionales, ideológicas o simplemente a que no le apetecía entrar en ese juego. Y que Segura se sienta sorprendido o incluso tocado tampoco lo convierte automáticamente en víctima. Son dos gestos humanos: un límite y una reacción.

 

Lo que convierte esto en un “tema” es el tercer actor: la amplificación. Ese actor no tiene cara, pero tiene hábitos. Vive en titulares, en recortes de vídeo, en “esto es lo que ha pasado” sin contexto. Y se alimenta de lo mismo cada día: la frase más dura, el gesto más incómodo, el momento más tensable. Porque eso se abre, eso se comenta, eso genera rendimiento.

 

Si algo deja este episodio es una sensación incómoda: no estamos discutiendo solo sobre Segura y Terés. Estamos discutiendo sobre qué tipo de conversación estamos construyendo. Segura lo dijo con su estilo, mezclando humor, queja y autocrítica: no le gustan las cosas agrias, pero el sistema parece premiarlas. Broncano, por su parte, apuntó algo básico y necesario: ella está en su derecho. Y entre esos dos puntos se abre un espacio que en redes casi nunca se tolera: el espacio donde dos cosas pueden ser ciertas a la vez.

 

La pregunta final, entonces, no es “quién tiene razón”, porque esa respuesta fácil es precisamente el combustible del clickbait. La pregunta que queda flotando es otra: ¿qué hacemos nosotros con esto? Porque el ciclo es simple y brutal: alguien dice algo contundente, se recorta, se titula, se comparte, se elige un bando, se insulta, se hace meme, se agota, y mañana otra persona ocupa el lugar. Y mientras tanto, el “tejido” del que hablaba Segura se va llenando de nudos.

 

Este caso ha sido pequeño en duración, pero enorme en simbolismo. Un saludo que no se da. Un “bajón” confesado en televisión pública. Un presentador que recuerda el derecho a decir que no. Y una audiencia que, sin darse cuenta, vota cada día con sus clics qué tipo de titulares van a existir mañana.

 

Si esta historia te removió —por enfado, por risa o por hartazgo—, no hace falta convertirla en una guerra más. Basta con hacer algo más incómodo y más útil: compartir el contexto completo, no solo el recorte. Premiar la conversación que suma, no solo la que pica. Y recordar que, detrás de cada clip de diez segundos, hay personas y hay matices… aunque el algoritmo prefiera que se te olvide.